Cultura

Para acortar mucha distancia

El año del centenario de José Guerrero va a servir para que, definitivamente, el pintor granadino se convierta, hoy por hoy, en el máximo referente de los artistas plásticos modernos de la ciudad de Granada y de su entorno. Conmemoración que va a suponer todo un espaldarazo a la figura de un pintor que, ya, forma parte del imaginario ciudadano. José Guerrero ha entrado en el escueto olimpo de los dioses granadinos; un paraíso eterno que sólo se asume como tal cuando el colectivo popular lo hace suyo. Y a Guerrero, como ocurrió con tantos otros, el tiempo -y el trabajo de mucha gente como las que se encuentran detrás de estas exposiciones, con Yolanda Romero y Paco Baena, a la cabeza- lo ha acercado al pueblo y lo han rescatado de una parcela de elitismo oscurantista para hacerlo inmediato y grande a los ojos unánimes.

Las posibles dificultades estructurales y conceptuales -que es evidente que las tiene -, aunque, todavía, puedan causar rechazo a una parte importante de las miradas que contemplen la pintura de este artista, ya, parece como si se hubiese conquistado esa parcela de respeto absoluto que obras dificultosas, por no responder a los epidérmicos gustos de la mayoría, acostumbrados a abrumadoras concreciones, posibilitan. ¡Lástima que en los colegios no se hayan dado cuenta, todavía a estas alturas, del potencial didáctico que muestras como estas patrocinan y de las infinitas posibilidades académicas que el arte contemporáneo posee para los que son los mejores entendedores y potenciales consumidores de la plástica más abierta y menos mediatizada por los sempiternos valores de la arbitraria fidelidad a los modelos: los alumnos y, de estos, los más jóvenes!

La Granada del 2014 ha sido, más que nunca, la ciudad de José Guerrero. Muchas exposiciones se han sucedido a lo largo del año del centenario. Muestras con obras del propio artista y, también, comparecencias de artistas rindiendo su particular homenaje - de estas, todavía, se pueden contemplar, Poéticas del color y del límite, organizada por la Universidad de Granada en el Palacio de la Madraza y la que tiene lugar en el Palacio de los Condes de Gabia, con el título de La bolsa y la vida-. La memoria de Guerrero no se ha dejado en el olvido, ni mucho menos, en este año que conmemora aquel 29 de octubre de 1914, cuando Gracia Guerrero Padial, daba a luz un niño en el número 1 de la granadina calle Horno de Haza. Y para terminarlo por todo lo alto, dos espléndidas exposiciones que, sobre todo, nos hacen transitar por un artista que, en aquellos momentos de principios de los cincuenta, comienza un camino al que podemos considerar absolutamente iniciático. Era el tiempo que llega a Nueva York y se topa con un universo creativo en plena efervescencia. Aquel Guerrero, alumno de don Gabriel Morcillo del que pronto abandonara sus enseñanzas, por claros enfrentamientos artísticos, su paso por Madrid donde adquiriría una mayor libertad creativa y su estancia en Roma, nada de esto tenia que ver con lo que se iba a encontrar en América donde el expresionismo abstracto comenzaba unas rutas de diáfanas perspectivas. A su llegada a Nueva York pintó su última obra figurativa: un autorretrato. Después abrazaría para siempre la fe abstracta.

Todavía en la muestra del Carlos V nos encontramos una serie de obras -Las lavanderas, La aparición, El autorretrato - en las que la esencialidad de la representación anuncia lo que habría de llegar poco tiempo después y en las que se augura, tras el reduccionismo ilustrativo, la fortaleza colorista y la gestualidad formal. Pero en las estancias renacentistas llama poderosamente la atención un ramillete de piezas. Se trata de obras en las que el artista pinta sobre un soporte mural, él los llamaría Murales portátiles, la abstracción asume su potencial colorista y matérico, primeros postulados de su posterior producción, ya dentro de ese absoluto expresionismo abstracto marcado por la influencia poderosa de aquellos 'monstruos' americanos con quienes tan pronto llegó a identificarse -Rothko, Reinhardt, Motherwell, Still, Newman, Kline...-. Hay que comentar la presencia de una magnífica serie de grabados que ponen de manifiesto la inteligencia creativa de José Guerrero en toda suerte de soportes y técnicas. Obras que difieren de las habituales maneras que parecen formar la personalidad pictórica del pintor granadino pero que enfatizan la ingente realidad artística de este autor.

La obra biomórfica generó un nuevo momento dentro de este tiempo americano, las fórmulas del action-painting se hacen presentes en la obra de José Guerrero, ya, sin solución de continuidad, inmerso en la vorágine expresionista abstracta que marcó un tiempo y un espacio muy bien determinado en las obras que componen la exposición, ahora, en los espacios expositivos del Centro de la calle Oficios. Por último, la muestra conmemorativa culmina con las obras que podíamos decir más nuestras. Pareciera como, si de repente, el artista sintiera una profunda nostalgia de su patria, de la grande y de la chica y su posición abstracta se llenara de un profundo sentimiento evocador. Obras con títulos tan significativos como Sacromonte, Andalucía o Albaicín.

Estas piezas parecen anunciar la vuelta del artista a España; lo que se realiza en 1965. La visita a donde se supone está enterrado Federico García Lorca, le impulsa a pintar, en 1966, una de sus obras emblemáticas, La brecha de Víznar, culminación de esta importantísima exposición del gran artista granadino que moría en Barcelona el día antes de la Nochebuena de 1991.

Estamos, pues, ante la gran exposición de José Guerrero; una exposición que va a servir para hacer inmediata a todas las miradas el expresionismo abstracto de un artista, creo que ahora más que nunca, muy cercano a todos.

Palacio de Carlos V y Centro José Guerrero. GRANADA

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