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Valeria Correa Fiz: “El mérito de que la gente no pueda dejar de leer mis historias es de la poesía”

  • La argentina participa en el Festival Iberoamericano de Poesía donde el jueves presentó su último libro de relatos, ‘Hubo un jardín’, y al que este viernes regresa para formar parte de un recital poético

La escritora argentina Valeria Correa Fiz, en la Casa de Iberoamérica de Cádiz.

La escritora argentina Valeria Correa Fiz, en la Casa de Iberoamérica de Cádiz. / Lourdes de Vicente

Desde su habitación en Cádiz Valeria Correa Fiz alcanza a ver las copas de los árboles del Parque Genovés y, al fondo, el mar. "Es una visión exuberante que me recuerda a muchas ciudades sudamericanas, comparte Cádiz con Sudamérica esa suerte, esa belleza a veces tan salvaje y tan ligada a la naturaleza", se maravilla la escritora argentina que estos días está en la ciudad para participar en el Festival Iberoamericano de Poesía con su último libro de relatos bajo el brazo, Hubo un jardín.

–Sorprende un libro de relatos en un festival de poesía, ¿es la Valeria poeta tan totalizadora que invade todo lo escribe?

–Por suerte, la gente del festival me ha invitado tanto a presentar Hubo un jardín como a un recital de poesía que se celebra mañana (este viernes). Pero contestando a tu pregunta, yo tengo muchísima vocación narrativa, me encanta contar historias, pero la poesía se filtra en mi narrativa a través del lenguaje y del ritmo. Mucha gente me ha dicho que no puede parar de leer mis historias y yo creo que eso es mérito de la poesía, que le deja a la prosa narrativa una cadencia y una música que, más allá de lo que se está contando, también engancha sonoramente.

–También se filtra en los ambientes que crea

–El gusto por las atmósferas oscuras, que la crítica ha ubicado mis historias en el género del terror o de lo oscuro, también tiene que ver con el uso del lenguaje a la hora de creación de atmósferas más opresivas, de situaciones más angustiante, y también al hablar de esa naturaleza desbordante que está presente en Hubo un jardín.

–Hablando de esa naturaleza, y haciendo también un guiño a su libro ‘La condición animal’, ¿dónde se siente más a gusto nuestra especie en el caos de la selva o en el orden del jardín?

–Creo que eso que nosotros llamamos la condición humana está también integrada por la condición animal que nos gusta un poco separar esos deseos y esas pulsiones oscuras. Yo creo que somos individuos que estamos hechos de razón, de sentimientos y de pulsiones y, a veces, predominan nuestras pulsiones más oscuras y nos vemos metidos en unos jardines, no en vano está la frase popular...

–Ese jardín también es Rosario. ¿Este libro es un homenaje a su adolescencia?

–No yo trabajo específicamente con la autoficción o con material biográfico pero sí es verdad que estas historias es un homenaje a mi adolescencia en Argentina o a la Argentina de mi adolescencia, aunque también hay mucho de mis vivencias en España, porque yo vivo en Madrid desde hace seis años. Pero, sobre todo, los espacios, incluso cuando no se nombran, tienen de esa cosa salvaje que tiene Sudamérica.

–¿Tiene nostalgia del pasado?

–Todos la tenemos. Hay un proverbio hindú que dice que la vejez empieza cuando los recuerdos pesan más que el presente. ¡Aunque no estoy en la vejez todavía! (ríe). Lo que quería mostrar con en estas historias es un punto de hibridación, de encuentro, entre la cultura europea y la cultura local. Ahí está una historia que se produce en un matadero de capitales irlandeses, otra en el Parque España de Rosario, hay un hotel construido por alemanes... Quería mostrar espacios que pertenecen a inicio del siglo XX y a esos orígenes de la sociedad argentina vinculados con esa inmigración que vino de Europa. También para ellos hubo un jardín, ¿no es cierto? Hacerse la América, que se decía.

–¿Su madre es española?

–Sí y mi abuela, con toda su familia, junto a sus hermanas, se fueron a Rosario y vivían en una calle que abrieron ellos, una calle que no estaba urbanizada, y que hoy se llama Pasaje Español.

–Decía hibridación y, sumo, también la trabaja para mostrar ese choque que nos tiene imantados a los humanos entre la violencia y belleza.

–Absolutamente. Es que no existen categorías puras. Eso que nosotros llamamos la fugacidad de los momentos felices es porque queremos que la felicidad sea perfecta y cuando se cruza algo que no nos gusta perdemos esa sensación de felicidad. Pero es importante saber que en la vida hay de todo, y en los momentos dolorosos hay destellos de ternura y belleza, y viceversa. Y como esa es mi visión, lo reflejo en la literatura.

–Pues será por inseguridad, pero parece que el ser humano se quiere agarrar a esas categorías, a las etiquetas, al compartimento, para que el mundo no se tambalee. Tendemos al jardín...

–Es verdad, es verdad. Y me preguntabas antes cómo influye la poesía en el resto de mi obra y es que también influye en mi visión porque se me vienen a la mente los versos del maravilloso Antonio Gamoneda: “todo es presagio, la luz es médula de sombra...” Ahí está todo.

–No sé si esta visión de ‘Hubo un jardín’ que estamos comentando tiene que ver con todo lo que hemos pasado con la pandemia. Los momentos buenos truncados y los gestos maravillosos en medio del apocalipsis...

–Te diré algo, en mi libro de relatos anterior, que escribí en 2014 y se publicó en 2016, el último relato es en una pandemia. Narra la pérdida de un hijo pero por otras circunstancias. Y me acuerdo que cuando iba a los clubes de lectura, los lectores me preguntaban que para qué necesitábamos la pandemia en esa historia. Y entonces se me ocurre que la literatura a veces funciona como una antena misteriosa que detecta cosas que están ahí en el ambiente y que no vemos de una manera racional. Así que contestando a tu pregunta, te podría decir que estas historias no son deudoras de la pandemia, pero a lo mejor sí, quién sabe...

–En ‘Hubo un jardín’ y en ‘La condición animal’ explora esas características que nos hace humanos ¿Es la curiosidad lo que nos define?

–Yo creo que sí, mucho más que eso que se dice de la risa. La curiosidad, por supuesto que nos puede meter en peligro, pero también es la madre de las cosas buenas. Y, particularmente, en este libro quería retratar la curiosidad femenina que ha sido tan maltratada a lo largo de la ficción, desde Pandora, que por su curiosidad abrió una caja y trajo la tragedia para la humanidad, a Eva que alguna manera reescribe ese mismo mito porque su curiosidad nos expulsa del jardín del Edén. Y en cambio los hombres son retratados como buenos curiosos, Ulises, en sus viajes, es un curioso que descubre mundo y cuando se equivoca hace capital de sus errores, hace experiencias, no desatan tragedias para la humanidad. Por eso quería retratar en algunas de esas historias la curiosidad femenina que sirve para atesorar experiencias y, además, eso que nosotros aprendemos podemos contárselo a nuestros hijos. Las madres curiosas engendran hijas curiosas, y la curiosidad trae algún peligro pero sobre todo libertad y muchísima alegría.

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