Cultura

La Tauromaquia de Arniz: máximo respeto

A lo largo de la historia de nuestro Arte, la pintura taurina ha ocupado muchas páginas con muy irregular trascendencia. Ha sido un tema iconográfico a los que muchos han llegado pero, no todos han conseguido imponer planteamientos con algún rigor e interés. Casi todo ha sido repetición incesante de los mismos esquemas compositivos, plásticos y estéticos. Los autores de esta temática - salvo muy honrosísimas excepciones- se han mostrado poco arriesgados a la hora de conceder un tratamiento distinto a aquel que no sea la fidelidad absoluta a los múltiples modelos que la Tauromaquia plantea. Por eso existe un adocenamiento tan patente en esta práctica artística tan saturada de mediocridades.

Los aficionados a la pintura, cuando nos enfrentamos a obras taurinas, ansiamos que, al menos, lo que se nos ofrezca tenga una mínima calidad artística y, si fuera posible y la estética adoptada respondiese a postulados realistas, que lo ilustrado desarrolle una fidelidad - de verdad - a lo que es el auténtico universo taurino.

Hemos sido testigos, en infinidad de ocasiones, de retratos de conocidos toreros que no tenían absoluto parecido con el modelo que se indicaba. Además, también, es algo habitual enfrentarse a obras de filiación taurina que sólo manifiestan, si a eso se le puede llamar así, burdas imágenes de mantazos -claro que es lo que los aficionados, casi siempre, encontramos en las plazas- realizados por las pseudofiguras, o lo que sean, sin tener absolutamente nada que ver con lo que son las suertes del toreo, ni siquiera con los gestos de expresividad ni plasticidad que tales episodios artísticos llevan consigo. Así, se nos venden infinidad de obras absolutamente alejadas de lo que supone el sublime universo de la Tauromaquia.

La pintura de Francisco Arniz, afortunadamente, está al margen de todas estas premisas que tanto perjudican a este medio artístico. Por un lado, lo encontramos un buen pintor, capaz de afrontar cualquier situación, lo que le permite tener un trecho importante andado con solvencia artística; pero, al mismo tiempo, se muestra como un sobrado aficionado a los toros y conocedor del medio. Dos poderosas razones para saber cómo afrontar una temática compleja cuyos desenlaces artísticos necesitan de muy buenos compromisos tanto plásticos como de suficiencia en el conocimiento taurino.

Arniz sabe lo que hace y cómo hacerlo. Le extrae al apasionante mundo del toro sus exactas posiciones, sus excelencias visuales, su suprema expresividad y su determinante plasticidad. Rehuye de las exuberancias cromáticas y las falsas poses de modernistas. Conoce sus armas de pintor y sabe cómo hacerlas funcionar. Sabe que su medio natural es el dibujo a tinta y plantea, desde su impactante naturaleza ilustrativa, los infinitos desenlaces de la realidad taurina; sobre todo, las distintas fases de la lidia y el retrato de las máximas figuras del toreo.

Pero la exposición de Francisco Arniz no sólo nos muestra las excelencias de su dibujo a través de la dificultad estructural de la tinta, también ofrece una sabia posición de otras técnicas, especialmente el gouache, que proporciona una nueva visión interpretativa del mundo del toro y del caballo, principalmente.

Muy esclarecedora y convincente nos parece esta exposición en la que la Tauromaquia es tratada con el máximo respeto por alguien que es un buen pintor y, además, entiende de toros.

Hotel Monasterio El Puerto

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios