Sueños de la Noche de San Juan
Ballet Nacional de España. Dirección: Antonio Najarro. Intérpretes: Elena Algado, Miguel A. Corbacho, Jessica de Diego, Cristina Gómez, Sergio García y Eduardo Martínez, entre otros. 'Danza y tronío': Coreografía: Mariemma. Música: Antonio Soler, Luigi Boccherini y Antón García Abril. 'Suite Sevilla': Idea original, coreografía, vestuario y puesta en escena: Antonio Najarro. Textos: Gerardo Diego. Cantaores: Argentina, Momi de Cai y Sebastián Cruz. Día: 23 de junio. Lugar: Gran Teatro Falla.
La vida es sueño y los sueños lo son más, si se bailan. Si además, todo sucede en el preludio de la noche de San Juan, todo se llena de magia. Finalmente, si el público aletea sus abanicos para aliviar los calores que siempre nos trae el solsticio de verano y las hogueras, todo es perfecto para homenajear a la danza española. La propuesta presentada en el Falla, a través de dos coreografías muy diferenciadas, desarrolla dos capítulos importantes en la historia de nuestra baile. En primer lugar, Danza y tronío, estrenada en 1984 en el Teatro de la Zarzuela y recuperada quizás por su relación con el contexto que vio nacer a nuestra primera constitución, puesto que sigue los cánones de la llamada escuela bolera. Conocida también como "baile de palillos" o "goyescas", esta fusión entre el ballet y las danzas populares españolas en el siglo XIX constituye hoy en día uno de los estilos más complejos de ejecutar. En honor a sus rasgos esenciales, esta pieza está concebida al servicio del baile, sin escenografías superfluas que distraigan de la danza que combina las zapatillas con el abanico, las evoluciones en puntas con castañuelas y panderetas, además de transformar el tu-tú en volantes. A pesar de la ausencia de decorados podemos imaginar calles, plazas y tabernas, gracias a la evolución del baile, donde los intérpretes hacen gala de un disciplinado academicismo así como de una refinada sensibilidad barnizada de casticismo. El maravilloso vestuario, además -que nos muestra majas como rosas, elegantes manolas de encaje y bandoleros de terciopelo- nos transporta al mundo de cafés-cantantes y teatros que posiblemente conocieron los actores principales y secundarios de las cortes de Cádiz, pero también a la imagen exótica con la que suspiraron los viajeros escritores románticos.
La siguiente coreografía, Suite Sevilla, se centra más en torno a nuestro ya patrimonio de la humanidad, el flamenco, aunque no pierde la estilización de la llamada danza española, y -como su nombre indica- es un homenaje a esa ciudad con la se sigue identificando toda la identidad española, fuera de nuestras fronteras. Música y cante se interpretan en directo, con una sencilla escenografía, que gracias a la iluminación y diversas proyecciones se transforma tanto en plano disco solar como en oronda esfera, para matizar cada uno de los fragmentos. Destaca en sobre manera, además del soberbio vestuario, la disciplina casi militar del cuerpo de baile, perfecto y espectacular en todo momento, que arranca el aplauso espontáneo de manera que los solos se convierten en aliviados reposos. Aunque hubiera sido de desear el intercambio algunos números, dejando el denominado Feria para el final, no se puede más que halagar la ejecución técnica y artística del espectáculo. Sin embargo, está plagado de los mismos tópicos de siempre de esta España cañí de la que parece que no nos guarda a los españolitos que venimos la mundo, ni el espíritu de La Pepa, ni los autores del 98, ni los triunfos de la roja. Ni siquiera el mismísimo San Juan Bautista con su fuego purificador.
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