arte

Pulcra, bella y sensible

No es una novedad afirmar que Simón Zábell, además de un pintor con mucho acierto plástico y gran trascendencia creativa, está poseído por unos criterios estéticos llenos de intensidad poética y suma sensibilidad. Lo ha demostrado en muchas ocasiones y hemos tenido la oportunidad de comprobarlo en varias de sus comparecencias, siempre de absoluta importancia. El proyecto La casa de Hong Kong, patrocinado por aquel Espacio Iniciarte que tantas buenas cosas llevó a cabo y que, como todo lo bueno, fue demasiado efímero, constituyó todo un hito expositivo que fue una especie de punto de inflexión en la carrera de este artista y la constatación absoluta de lo que de él venimos pensando. Asimismo, Simón Zábell pertenece a una de las generaciones artísticas más importantes que han aparecido últimamente en el universo artístico y compartir, con los Zurita, Ydáñez, Pomet, Zorrilla, Piñar, Agrela, Gámez, Peña-Toro, Aires, Mancilla, Acuyo, Monteagudo…, escenario creativo es algo que, no cabe la menor duda, imprime carácter y permite tener una referencia clara para seguir caminando sabiendo lo que se tiene alrededor y a qué atenerse. Una serie de aportaciones, circunstancias y desarrollos que, estoy seguro de ello, inciden positivamente en la carrera, ya segura, de este artista, en quien confiamos desde un principio y del que, por tanto, nos sentimos tremendamente orgullosos.

La exposición de Simón Zábell en Sandunga, su galería y su ubicación natural, nos pone en ese camino donde la sutileza y la más sublime sensibilidad encuentran acomodo y tienen un lugar en el que anida una experiencia artística de mucha personalidad y sapiencia creativa.

Una historia, con muchos visos de rozar la leyenda, sirve de base sustentante para organizar un entramado pictórico sutilmente interpretado. La familia real de Hawai, poco antes de ser derogada la monarquía que ellos representaban para ser asumida por los Estados Unidos, compuso una serie de piezas musicales en las que se presentían los malos momentos por los que estaba pasando y se promovían, junto a la melancolía y el drama, ciertos estados de suma emoción. Esta marca referencial da pie a Simón Zábell para crear una serie de obras donde se plasman, con su pulcritud característica, toda una bella sinfonía con la realidad musical patrocinadora bien latente. Son obras, de diverso formato, de gran exquisitez, en las que se atisba una realidad apenas esbozada que sirve de aporte metafórico a un registro pictórico muy bien ideado y mejor desarrollado. Unas piezas llenas de rigor, de esmero compositivo, de lucidez pictórica que plantean relatos ilustrativos donde hay una referencia sugerida, una interpretación feliz de un acontecimiento, un hecho que se sublima y magnifica bellamente.

De nuevo, Simón Zábell alcanza grandes cotas de sutileza artística, ideario poético del que sabe conjugar a la perfección pintura, poesía y música; testimonio absoluto de una pintura donde se posiciona estamentos emocionales, casi espirituales, bellamente transmitidos y altamente evocadores.

Emilio Almagro vuelve a situarnos ante las magnificencias de uno de los suyos; un artista importante transmisor de una pintura con mucha emoción y sentido; un inventor de esencial metafóricas en las se adivina una realidad superior que engancha y emociona. Pintura para ver, escuchar y pensar desde los espacios que el pintor hace bellos, pulcros y sensibles.

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