Arte
El cartapacio de Antonio Raphael Mengs
Rodaje Los sevillanos demostraron engrase y conexión con el público
Unos setenta asistentes se congregaron en la Sala Supersonic para recibir el nuevo disco de Pony Bravo, Un gramo de fe, con religiosa devoción. Los escasos huecos que quedaron en la sala se llenaron con entusiasmo y entrega. El público sabía a lo que iba, recitaba con precisión las letras y pedía una y otra vez El pony bravo y Mangosta.
Empezaron un poco tarde, a eso de las doce, lo que en realidad terminó favoreciendo ostensiblemente el desarrollo del espectáculo: la concurrencia se fue dejando caer por el Supersonic con cuentagotas, y para cuando los Pony se subieron al escenario quedaban ya pocas calvas en la sala.
El de Cádiz era el último concierto del año del grupo sevillano. Y se notó. Llegaron rodados, engrasados, conjuntados. Con esa inercia y ese dinamismo del que viene de muy lejos y ya se las sabe todas. Sólo tuvieron que enlazar el primer acorde con el segundo para que lo demás fuese saliendo con una naturalidad sobrecogedora. De hecho, abrieron con la proteica La voz del hacha (que "siempre dice la verdad"), un tema atropellado y contundente, demasiado exigente para arrancar, como si ya llevasen una hora de concierto.
Grata sorpresa el sonido de la sala. El bajo de Pablo Peña, obsesivo y potente, no se comió las melodías vocales ni se alió con las esquinas de la Supersonic para generar esa bola de graves indiferentes que suele arruinar los conciertos en locales pequeños. La voz de Dani Alonso se escuchaba con claridad, así como la guitarra de Darío del Moral y la batería de Javier Rivera.
A La voz del hacha siguieron El piloto, la sarcástica y extrañamente embaucadora Superbroker y luego una remozada Fingers, que retrotrajo a los asistentes a los primeros tiempos de Pony Bravo. Y es que en la noche del viernes hubo tiempo para todo.
Los sevillanos supieron barajar con precisión lo más representativo de su repertorio con los temas de su nuevo trabajo sin que nada desentonase. Fue una buena noticia: lo que los discos parecían separar el directo lo conciliaba. La distancia entre El guardabosques y Salmo 52:8 no es tan grande como puede parecer sobre el vinilo. Se trata en definitiva de la misma filosofía sonora.
Hacia Noche de setas y La niña de fuego (o Ninja de fuego), la conjunción entre público e intérpretes era absoluta, así que empezaron las peticiones.
Desde los rincones más oscuros de la sala varias gargantas clamaban por la Mangosta, el que es, casi con toda seguridad, el tema más extraño de Un gramo de fe. Pero los Pony siguieron impertérritos a lo suyo, cerrando el primer pase de la actuación con El campo fui yo.
Tras una breve retirada al camerino, el inclasificable grupo volvió con otro tema de su primer trabajo, Sunset, para, a continuación, contentar a los asistentes con una fantástica versión (ahora sí) de Mangosta ("el mejor animal"), esa breve joya que juega con el son cubano sin desentonar con el resto del repertorio.
Finalmente, Trinchera y China da miedo cerraron un magnífico concierto de media hora larga en la que los Pony Bravo demostraron tablas sobre el escenario y un genio singular para componer una música genuina que genera auténticos devotos.
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