Cultura

Laskut, el refugio creativo de Romero D. Fran, en Santa Catalina

  • La fortaleza gaditana acoge una muestra retrospectiva del desaparecido artista de Alcalá de los Gazules, articulada en las distintas fases de su imaginario creativo

El sonido del golpe seco contra la madera y el olor a barniz y viruta que cada día le llegaba desde la carpintería enclavada en la misma calle de Alcalá de los Gazules donde vivió y se crió el desaparecido artista Francisco Díaz Romero, marcó en cierto modo su vida. Y le marcó porque en su trayectoria artística ha trabajado este material profundamente. Explorando cada recoveco, cada rincón de maderas que normalmente prefería aromáticas, tallándolas, mimándolas, hasta crear sus escultopinturas y mandalas, dos de las facetas del imaginario artístico de este "creador nato" que desde ayer puede verse en la muestra Laskut Universo Imaginario. El sueño de un artista, que se exhibe en una completa retrospectiva en la sala alta de San Juan del Castillo de Santa Catalina.

Su hijo, José Antonio Díaz, da cuenta de una productiva trayectoria que dio mucho de sí. De un hombre trabajador hasta la médula e incansable creador de un universo refugiado en Laskut, ese espacio ficticio donde el artista se perdía y encontraba el sentido de su obra. Un paraíso artístico que toma nombre de un yacimiento romano cercano a su pueblo natal, y que también nomina al proyecto del Museo que su familia quiere poner en marcha en Alcalá como punto de encuentro de paisanos y otros artistas.

Así, la muestra abarca desde la pintura que acuñó en sus primeros años en Sao Paulo (Brasil), cuando comenzó a emerger como artista, pasando por sus escultopinturas, mandalas o bocetos de grandes murales que desarrolló a su regreso a Madrid, donde maduró su obra, sin llegar nunca a ser realmente conocido en el mundillo. "Se codeaba con algún artista, pero nunca quiso meterse del todo en aquel mundo bohemio... porque lo que realmente le gustaba era llegar a casa y trabajar en su taller. Siempre lo recuerdo trabajando", comenta su hijo, que no dejaba escapar detalle de los retoques del montaje de las piezas que en la mañana de ayer se ultimaban en la fortaleza gaditana.

En un recorrido ante la obra seleccionada por los hijos de Romero D. Fran, más de la mitad de cuanto atesoran sus descendientes, se distinguen los distintos estadios que experimentó su producción. "Algunos los abandonó, después los retomó e incluso las fusionó", explica.

En una primera estancia se puede observar su primer contacto con la pintura, con el acercamiento al expresionismo y figurativismo, que más tarde desemboca en el arte abstracto.

Pero no fue hasta que llegó a Brasil en el año 1955, cuando se creció en su pasión por el arte, pues era completamente autodidacta. De hecho, se trasladó allí junto a su familia por motivos laborales -conoció a su mujer y se casó en Sevilla-, pues era mecánico de barcos y aviones, profesión de la que vivió durante casi toda su vida.

En Brasil, enclave vanguardista en aquellos tiempos, se codeó con artistas hispanos. Y nueve años más tarde regresó a Madrid, "donde ya terminó de sentar las bases conceptuales y artísticas que desarrolló el resto de su carrera", relata José Antonio Díaz.

Eran conceptos influenciados por la tímida vanguardia que asomaba por la capital, en los que desarrolló su escultopintura y depuró su estilo en formas sencillas colmadas de simbolismo.

La madera, en este viaje de ida y vuelta a su infancia, se hizo entonces un lugar de honor en su carrera, a la que incorpora otros materiales como metal, siempre marcado por su formación de mecánico. Con ella construye al principio estas esculturas policromadas que luego depura hasta dejarla en madera limpia. De madera también construye las maquetas de los grandes murales que siempre quiso proyectar, "pero que finalmente no salieron". Un gran mural de varios metros ejemplifica este sueño ideado en numerosas formas con una gran carga simbólica que hablan de la mujer, la fertilidad, la agricultura, las deidades, las religiones, o la agricultura..., a su vez descifradas en un gran panel explicativo.

Finalmente el artista regresó a la pintura, "por imposibilidad física de continuar con sus mandalas", donde se cobijó en nuevos matices de luz y color, y que finalmente fue depurando de accesorios hasta dejarla en la esencia creativa.

Una serie de collages autobiográficos, así como paneles y vinilos recogen los puntos neurálgicos de esta completa exposición, que se complementa con el documental que Oliva Acosta realizó sobre el artista nacido en Alcalá. En una calle con olor a viruta y madera recién cortada.

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