Cultura

Cádiz para sonámbulos

  • El rompeolas rompió esquemas de Sol a Sol, bordeando la luz de una noche en la que lo que sobró no fue más que arte

Comentarios 3

Entre las diez y las once, Cádiz al fin tuvo los sonidos negros que le faltaban a su salero, en Santa Catalina. Fue justo cuando dejó de palpitar el corazón cubano de Habanalup, tras el crepúsculo del Castillo. Se reunieron cada vez más personas alrededor del gran Árbol del Mora para escucharle. Subió a una de sus ramas, como recién llegado de la mar, de blanco con su gorra y con su caña de pescar. Entonces el asiento fue un menguante de Luna que dibujaba el foco de luz, y allí, sentado sobre su falda comenzó Pedro del Valle su conversación con El Pericón de Cádiz, a pesar de que "la gorda no quería que viniera a pescar". Mil y una historias hechas crítica, amor y orgullo flamenco, para refrescar a las marmotas del pueblo de hoy, porque "en esta ciudad hay muy poca memoria. Será por la sal que cicatriza pronto las cosas". Fue sólo el principio de la noche del miércoles. Una noche De Sol a Sol, una iniciativa cultural para sonámbulos, que se celebró por primera vez en Cádiz.

Pedro desapareció con la Luna. Y la sal del recuerdo se hizo mujer; y bailó enredada entre estelas blancas por la memoria de esta playa, Gema García. Las acrobacias del tiempo hicieron emanar en la orilla de su Caleta, de nuevo, al flamenco. Todos perseguimos a la estela como a un Dios, para vivir el cante y el baile de la Candelá Flamenca. Bajo El Balneario blanco, los vestidos blancos se movían, a la par de las doradas palmeras que cubrían, en la balaustrada, a otra hilera de entusiasmados.

Continuaron las estrellas de músicos y artistas -que esta noche no fueron fugaces en aquel rincón- para adentrarse en el Parque Genovés. Por los pasillos anchos, la gente paseaba con una alegría calmada como nunca. No era más que magia. O tal vez no más que la heterogeneidad que caracteriza al arte, que nos hizo conocer lo más homogéneo que une a nuestra especie. Caminábamos como con la libertad en los talones.

El reloj rozaba las tres y media de la madrugada, cuando una luz verde se escapó de entre los arbustos y no tuvimos más remedio que acudir en masa hacia ella. En un rincón, el parque se hizo bosque y el blanco sólo fue tiniebla. Había vampiros disfrazados de carnaval; curioso carnaval, que se convirtió en espíritu en medio del verano. El grupo se mezcló con su público y bailaron y cantaron juntos bajo las antorchas, también los cuplés de 'Los Mendas'. Al fin y al cabo, y a estas horas, no éramos más que unos 'Trasnochadores'.

Nos dijeron que aún no había acabado y justo antes de llegar al Baluarte, nos sorprendió otro espectáculo. Cuatro trajes blancos, en danza contemporánea al más puro estilo clown. Con tal menú de arte variado que cargábamos en los estómagos, no costó entender a estos personajes. Incluso algunos bailaron con ellos.

Después de esto ya empezaban a deambular las sensaciones entre la realidad y la ficción. Cada vez quedábamos menos, pero aun así éramos todavía muchos, y algunos más que se reunían en el Baluarte de la Candelaria disfrutando de vídeos, artes plásticas y Djs en directo, con un codo sobre la barra y en la mano un elixir. Mientras tanto, el resto dormiría en sus casas, inocente de no saber lo que ahí fuera estaba ocurría.

Por último nos teletransportamos unos minutos al lejano Oriente, sobre lo dulce de la voz de Iman Kandousi. Despúes una danza de despedida a modo de Te o café con pastas, que contemplamos con la quietud más paciente, como cuando llega el amor casi al llegar la mañana.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios