Cultura

Adagio de actores y soledades de escena

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Autor: Daniel Colas. Dirección: José Carlos Plaza. Versión: Juan José Arteche. Reparto: José Sancho, Joaquín Kremel. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Vestuario: Pedro Romero. Dirección Musical: Mariano Díaz. Día: sábado 1 de agosto. Duración: 1 hora y 40 minutos sin descanso. Lugar: Patio porticado de San Luis Gonzaga en El Puerto. Aforo: Lleno.

Pepe Sancho y Joaquín Kremel son dos actores que crean expectativas con sus trabajos encima del escenario, como consecuencia de una trayectoria vital de cómicos que peinan canas sin disimulo alguno. El oficio se les supone.

A semejanza de dos artistas ambulantes enmascarados inician su última mojiganga envueltos en dichos y ademanes llenos de requiebros, afecto y camaradería. El resto lo pone la clarividencia teatral del francés Daniel Colas, seguro lector de Pirandello y Beckett, y del reciente Premio Corral de Comedias del Festival de Almagro José Carlos Plaza, intuitivo heredero escénico del gran maestro William Layton.

La obra se ambienta en un viejo teatro dónde dos veteranos actores con personalidades absolutamente discordantes generan un choque temperamental a la vez que entrañable, hablando de temas cotidianos o de más profundidad con el noble intento de supervivir reverdeciendo éxitos pasados. Las tiranteces y roces de vanidades dan paso a la exaltación de la amistad.

El duelo interpretativo entre Sancho y Kremel viene servido con ingenio y sutileza repartidos por igual entre ambos actores en una comedia que no deja de tener puntos amargos, y en donde la soledad asume un protagonismo ciertamente relevante, materiales estos que Plaza administra con sencillez y sabiduría. La música del chelo y el violín sirvió como nexo de unión de la trama versionada por J.J. Arteche.

Pulcro en su papel Joaquín Kremel (encarnaba al personaje más agradecido) y un poco bajo de tono y energía José Sancho, quizá influido por la figura antagónica más acusada que interpretaba dentro de la complejidad de una obra en la que, encima de hacer reír pretende que la gente reflexione un poco. La máscara del payaso le pudo al valenciano.

No es fácil asumir el rol de graciosos cuando se sacan las propias miserias de la entrañas, y ellos con su interpretación, consiguieron acercarnos a la sinceridad despiadada de los niños a través de unos personajes tan reales como la vida misma.

Una escenografía cuidada con un vestuario adecuado, hicieron junto con el trabajo actoral, que el público que llenó como es costumbre la totalidad del aforo del Patio Porticado de San Luis, saliera con cierto regusto tragicómico de la primera cita con el Festival de Teatro de Comedias de El Puerto.

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