Acierto de 'La historia del soldado'
Director: Juan Luis Pérez. Narrador: José Maestro Carrión Obras: José Ramón Hernández Bellido y Stravinski. Lugar y fecha: Sala Central Lechera. Día: Viernes, 19 de Noviembre de 2010. Asistencia: Aforo completo.
El VIII Festival de Música Española de Cádiz sorprendió muy gratamente el pasado viernes a sus incondicionales con la puesta en escena de La historia del soldado, de Stravinski, en la versión libre que, en su parte literaria, escribió por encargo Rafael Alberti en 1923; supongo que esto último, las aleluyas del poeta, han justificado la inserción de la obra entre la "música española"; o quizá su indudable influencia en El retablo de Maese Pedro, de nuestro Falla: en cualquier caso, todo un acierto; a estos efectos sería interesantísimo un amplio debate sobre qué debemos entender por música española.
Que Stravinski es con toda probabilidad el compositor más importante del siglo XX constituye una de las afirmaciones más repetidas y probablemente más cargadas de razón; sus innovaciones armónicas, tímbricas y, particularmente, rítmicas, su acertada y afilada reinterpretación (¿deconstrucción?) de la música precedente, incluso arcaica, sus aportaciones al mundo de la orquestación, al universo sonoro de los grupos instrumentales, y, sobre todo, la manera cautivadora, envolvente, atractiva con que lo llevó a cabo, han hecho del ruso la figura musical más influyente hasta nuestros días; usando la dialéctica al uso, hay un antes y un después de Stravinski.
La representación se inició con el estreno de Pequeña marcha de introducción a la Historia de un soldado, encargada al jerezano José Ramón Hernández Bellido. Se trata de una obra de carácter sinfónico con un solo tema recurrente desarrollado y muy bien orquestada para la formación. Otra cosa es si resulta adecuado añadirle una introducción a la historia principal: yo lo dudo. En cualquier caso, la composición me parece muy correcta.
La historia del soldado, estrenada en 1918, es, en palabras de su autor, una obra "para ser leída, tocada y bailada" que nace como consecuencia de la situación económicamente crítica, sin medios de subsistencia en que se encontraba el compositor, ya exiliado en Suiza, la misma época de su Piano rag music y la Fantasía bética, de Falla, ambas de idéntico y curioso origen. Compuesta para una plantilla instrumental muy reducida y cercana a una banda de jazz o de circo (trombón, fagot, clarinete, contrabajo, corneta, violín y percusión) con la presencia obligada de un director y un narrador, constituirían un teatro ambulante donde el trabajo de todos formaría parte de la representación. La obra, con textos de Charles Ferdinand Ramuz, está pensada y desarrollada por su contenido pedagógico, esto es, distrae y enseña. Musicalmente presenta una absoluta ruptura con las anteriores orquestaciones de Stravinski y no solo por la escasez de recursos; aquí el lenguaje musical es directo, sintético, hasta áspero y agresivo, sin ninguna concesión pero extraordinariamente asequible; hay ya abandonos de la tonalidad, abundancia de disonancias no resueltas, contrapuntos deformados, polifonías entre timbres dispares, profusión de síncopas de sabor jazzístico, instrumentaciones insospechas, innovadoras, osadas. Capítulo aparte merecen sus ritmos irregulares, asimétricos, la compleja polirritmia y los tempi variables. Una obra, en definitiva, sin precedentes y fundamental, por sí misma y por sus enormes consecuencias.
Como representación teatral la versión del viernes tuvo sus limitaciones; el texto de Alberti puede resultar racial y pintoresco, pero desvirtúa algunos de los presupuestos del original; el narrador ejecutó admirablemente su papel, pero los músicos, en su cometido teatral, resultaron tan hieráticos como en un concierto sinfónico normal y no es eso lo que pedía el compositor: tendrían que haber contribuido más intensamente, con sus gestos, con los movimientos naturales de un músico, al resultado teatral del conjunto: deberían inducir la risa del público. Desde el punto de vista musical, el resultado fue impecable. Las importantes dificultades de la partitura, resueltas limpia y artísticamente, color orquestal e integración notabilísimos, recursos técnicos más que suficientes; si buenos fueron los solos, dúos y tríos, el tutti, de un logrado equilibrio instrumental, sonaba espléndidamente en una sala, tan incómoda (incluso cruel) con los espectadores como de sorprendente buena acústica. Si hemos de juzgar a la Orquesta Manuel de Falla por los siete profesores del presente espectáculo, hemos de inferir alborozados que tenemos una magnífica orquesta en nuestra decadente ciudad.
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