guillermo pérez villalta. artista

"Acabar con los toros sería como destruir el Partenón de Atenas"

  • El tarifeño es uno de los pintores españoles más importantes del último tercio del siglo XX Su permanente diálogo con la tradición le da a su obra una personalidad única

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-Ese mundo mediterráneo y clásico al que remite buena parte de su obra, ¿tiene que ver con su vinculación con Tarifa?

-Tiene que ver, sobre todo, con mi autoeducación. Siempre he sido muy moderno y he estado al tanto de la vanguardia, no sólo del arte, sino de todo lo que ocurría en el mundo. Ya era hippie en el año 66 y sabía perfectamente que el punk iba a surgir, porque Bowie había hecho Rebel Rebel... Pero a partir de un cierto momento empecé a descubrir lo que podemos llamar el mundo clásico, que no es la antigüedad, sino una forma de ver el mundo. Me he educado en ese universo y me siento identificado con la tradición humanística que empezó en Grecia... Con lo que no me siento identificado es con la tecnología.

-¿Y eso?

-No es que no me interese, es que realmente me molesta. No tengo ni móvil ni ordenador. Es una postura que tomé en el año 90, cuando analicé lo que podía ocurrir con esas nuevas tecnologías y comprendí que, para mí, tenían más inconvenientes que ventajas. Yo estimo mi libertad, mi aislamiento, mi yo... No quiero tener un aparato que continuamente me está bombardeando con cosas que no me interesan y con gente que me molesta en los momentos más inoportunos. No tengo ningún interés en estar informado automáticamente de las cosas.

-¿Y Sevilla, la ciudad donde lleva años pasando los inviernos, le ha influido en algo?

-Sí, claro, pero la tengo agotada. Soy una persona que absorbe los lugares muy rápido, sobre todo a nivel artístico. La única ciudad que me ha superado es Roma, la que más me gusta, porque tiene veinte mil capas, mientras más hurgas en ella más salen. Sin embargo, Florencia se me agota, porque se reduce a un periodo muy corto. Ya no voy. Conozco Sevilla mejor que la mayoría de los sevillanos. Es difícil entrar en la sociedad sevillana. He estado viviendo aquí veinte años y me sigo sintiendo invitado. Cada vez paso más tiempo en Tarifa, sobre todo porque adoro el mar. Me encanta levantarme y desayunar contemplando el Estrecho.

-Su huella, sin embargo, ya está en algunas partes de la ciudad, como en la sede de la Cámara de Comercio, en cuyo proyecto de rehabilitación usted participó.

-Fue una experiencia muy bonita y, desgraciadamente, puntual. El que una serie de artistas participásemos juntos en un proyecto me pareció algo muy bello que, desgraciadamente, no se ha repetido. Yo esperaba que, cuando la restauración del Palacio de San Telmo, nos llamasen a los principales artistas andaluces, pero, quitando a Carmen Laffón, no se llamó a nadie más.

-Sin embargo, la crisis frustró el proyecto que le encargó la Cámara de Comercio para la Plaza de Contratación.

-Es uno de los proyectos que más he sufrido y gustado en mi vida. Era una pequeña fuente que estaba pensada perfectamente para evitar actos vandálicos. Era un proyecto bellísimo. Ni se hizo ni me dieron las gracias. Guardo el proyecto en mi estudio y, de vez en cuando, me recreo en él. Era exquisita, un término que ya cuesta entender en la actualidad. Las cosas ahora ni son bellas, ni son exquisitas, ni son profundas; son todas banales, livianas...

-Realizó estudios de arquitectura en su momento...

-Estudié prácticamente la carrera entera, pero había asignaturas que no me interesaban en absoluto y sabía que dedicarme a ellas era perder el tiempo. En esos momentos ya tenía un contrato con una de las mejores galerías de España, era reconocido artísticamente, y veía que el ejercicio de la profesión de arquitecto era un horror: cinco por ciento de creatividad y, lo demás, burocracia y lucha contra las constructoras, las administraciones... un horror. Renuncié a la vocación de mi vida, porque yo me siento arquitecto, pero no de esos que hacen casas subvencionadas, sino entendiendo la arquitectura como arte con mayúsculas.

-Su firma está en el Kursaal de Tarifa.

-Ahora se llama edificio Pérez Villalta. Tengo otros proyectos arquitectónicos, como una torre que está en un pueblo de Málaga que se llama Carratraca o una fuente que, aunque la diseñé para Tarifa, está en La Línea... Eso de que nadie es profeta en su tierra es cierto. Desgraciadamente apenas he tenido encargos de arquitectura.

-En Tarifa tiene, sin embargo, la pintura del Cristo de los Vientos, en la Puerta de Jerez.

-Cuando se restauró la Puerta de Jerez le propuse al Ayuntamiento usar el espacio donde, antiguamente, se pagaban los arbitrios al entrar en la ciudad. Quería recuperar la tradición de las capillas de tránsito, que aquí en Sevilla todavía se mantienen en las puertas de la muralla que quedan en pie. Es algo que se remonta a los romanos.

-En esa imagen se ve claramente la mezcla entre paganismo y cristianismo de parte de su pintura.

-Hay más simbología. Por ejemplo: el Cristo está señalando con las dos manos oriente y occidente, los vientos de levante y poniente, que son los dos mundos.

-Ese Cristo tiene una clara influencia grecorromana.

-Sí, yo he unido muchas veces la figura de Cristo y Dionisios, porque son dos figuras muy paralelas. El vino, la anulación del dolor...

-Usted formó parte de ese movimiento que se llamó la Nueva Figuración Madrileña y que se suele asociar a la 'Movida'. ¿Está de acuerdo con esa indentificación?

-En absoluto, la Movida es otra cosa. En primer lugar, porque la gente de la Movida era catorce años más joven. Nosotros planteábamos una nueva modernidad que huía de la estética del progre de izquierdas, que es algo que me repatea. Planteábamos un tipo de vida estética que no era ni la del progre ni la del facha. Por eso la generación de la Movida, los berlangas y las alaskas, se miró en nosotros. Sin embargo, uno de los problemas que tenía la Movida es que, en general, era muy superficial, mientras que nosotros teníamos una raíz muy intelectual, aunque detesto la idea del intelectual tópico, porque me parecen unos petardos. Soy hijo del pop y para mí no existe la diferencia entre la alta y la baja cultura, algo que me molesta tremendamente.

-¿Nunca le atrajo la abstracción?

-Yo soy completamente abstracto. La abstracción es el esqueleto de mi obra. A veces lo dejo desnudo y, otras, lo lleno de carne figurativa y de simbología. Mi mundo es la más pura geometría, que es completamente abstracta, que no representa nada. Yo intento que mi obra sea rica, que tenga muchas lecturas. Una de las cosas que no me gusta del arte actual oficial es que es muy memo; está lleno de ideologías político-sociales tópicas: de los emigrantes, del maltrato... El arte detesta las ideologías.

-Usted mantiene un fluido diálogo con la tradición. ¿Es eso lo que falta en la actualidad?

-Hay un auténtico desconocimiento. En el mundo actual pasan dos cosas terroríficas: la falta de cultura y la falta de sensibilidad. La gente no chilla cuando ve una cosa fea. La educación de hoy en día es para crear trabajadores consumistas. Sin memoria no se puede hacer nada, sólo descubrir lo que ya se ha descubierto.

-La tradición ha quebrado muy recientemente.

-Ha quebrado para algunas personas, pero no para mí. El llamado Movimiento Moderno es tremendamente dogmático y autoritario. Lo que no dicen papas como el Moma no está incluido en el arte. Yo al arte lo veo como un continuum. Por ejemplo, el Art Decó: fue verdaderamente la estética de la primera mitad del siglo XX, pero si ves los libros de arquitectura sobre esta época salen sobre todo Gropius, Mies van der Rohe... ni rastro del Art Decó... Pero mire usted, ¡si es un arte universal que está extendido desde Shanghái hasta Buenos Aires! Por mucho que algunos quieran no se puede partir de cero. Las señoritas de Avignon no es un nuevo arte, sino la continuación del clasicismo. Esa falta de memoria es terrible y nos lleva a un arte como el actual, que, como ya he dicho, es muy memo y culturalmente muy bajo.

-¿Tiene usted algún tipo de inquietud religiosa o metafísica?

-Soy materialista y ateo. No creo ni en Dios ni en los espíritus. El hombre ha inventado la idea de divinidad por el enorme miedo a su soledad y yo comparto esa inquietud. La idea de la trascendencia es inherente al ser humano, algo que nos diferencia de los animales. Durante 2.000 años el arte estuvo metido en las iglesias. A mí me importa un bledo la ideología de la Iglesia, pero no su belleza. El ser humano ha dado dos cosas increíbles: el conocimiento artístico y el conocimiento científico.

-Además de pinturas y arquitecturas, ha diseñado muebles, joyas, navajas, objetos de todo tipo. Usted se ha definido, más que como artista, como artífice, una especie de hacedor. ¿Hay una nostalgia de lo artesano frente a ese arte prepotente y vacío del que hablábamos antes?

-Las cosas bien hechas son bellas. Yo echo en falta la belleza de la buena pintura. Hoy en día, la gente utiliza la pintura como si fuese un plotter, como un sistema sólo para representar. Sin embargo, la pintura en sí misma es bella, las cosas bien hechas son bellas. Muchas veces me sorprendo ante esos hermosos objetos del Renacimiento o del Japón hechos en marfil y me digo: ¿Dios mío, quién es el loco que ha hecho esto? Y me pregunto: ¿Por qué ese desprecio a las cosas bien hechas?

-Me llama la atención que haya escrito un tratado dedicado al Rococó, un arte no muy apreciado.

-Sí, es un arte despreciado. Un día, hace unos ocho años, tuve la revelación del Rococó y empecé a darme cuenta de que había sido un momento de gran refinamiento estético en Occidente, el único parangonable al del Japón. He llegado a la conclusión de que los pintores más exquisitos son gente como Chardin, que pinta esos bodegones tontos, un niño que hace pompas de jabón... Cuando vas al Louvre y ves su obra en directo te das cuenta que es una pintura nada untuosa, nada insistida... es justo la pintura que hace falta y nada más. Me gustan también esos saloncitos Rococó, esa unidad de los muebles, la alfombra, el suelo, los techos... todo. Es curioso, pero fue en ese momento cuando recibimos la herencia de Oriente, cuando llegan la chinoiserie y la japonaiserie. El problema del Rococó es que llegó la Revolución Francesa y lo arroja a los infiernos como arte del Antiguo Régimen, de la corrupción, de la decadencia... Podría haber escrito también de otro estilo arrojado a los infiernos, el kitsch, que es el exceso de lo bello. Llevo toda mi vida coleccionando objetos kitchs que son bellísimos fuera de ese estrecho margen que es el buen gusto, que es algo muy limitado.

-Fue el cartelista de la temporada taurina de Sevilla en el año 2000. Sorprendió con una curiosa perspectiva de la Real Maestranza.

-He trabajado toda mi vida con todo tipo de perspectivas (la renacentista, la caballera, la axonométrica...), incluso he inventado alguna mezclando diferentes técnicas, como es el caso del cartel que usted dice.

-¿Es usted aficionado a los toros?

-Soy un amante de lo que significan los toros, ahora puestos en duda por toda esa ideología buenista tan espantosa... Es muy fuerte que, en medio de la sangre y la muerte, de repente aparezca como una chispa la gracia. Esa idea del rito dentro del círculo es de una belleza tremenda. Es el último rito dionisiaco y prohibirlo sería como destruir el Partenón de Atenas.

-Usted llegó a un acuerdo con el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo para donar su colección particular. ¿Cómo va esa operación?

-Son cerca de 2.000 obras a las que les tengo mucho cariño y que he ido guardando a lo largo de mi vida. El CAAC lo tiene todo almacenado, pero quiero que parte de esa obra se vea, tanto en la Cartuja como en la planta baja de mi casa de Tarifa y en la iglesia mudéjar desacralizada de Santa María, que está dentro del castillo y que fue antigua mezquita... Pero me ponen todo tipo de inconvenientes. Ha habido cosas que me molestan mucho. Por ejemplo, cuando se hizo la exposición de este legado, Souvenir de vida, en 2013, no se hizo ni siquiera un catálogo... A una chica que está haciendo una tesis sobre mí no le dejaron ver mis cuadernos de dibujo... ¡Pero si yo he donado mi obra para que se pueda estudiar! Creo que mi obra molesta.

-Bueno... usted ya está en el olimpo de la pintura andaluza y española contemporánea...

-Pero para un estricto moderno yo no soy un artista relevante porque pinto, porque no soy conceptual, no uso la fotografía... Pintar bien es un pecado y soy un apestado. A ver si pasa ya de una vez el Movimiento Moderno, porque no se puede ser tan reaccionario, tan autoritario, tan dogmático. El Reina Sofía me debe una exposición, pero le da como repelús, porque no hago fotocopias ni arte político.

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