La voluntad de poder
Mi vida y yo
Manuel Pérez Celdrán (Jerez, 1932). Nací en una casa muy modesta del barrio de Santiago. Me aficioné a la lectura pero no tenía dinero ni para un diccionario y un día me puse a copiar uno en la biblioteca Empecé a trabajar con 16 años y a estudiar Comercio en el tiempo libre. Ganaba 280 pesetas al mes y a un profesor le daba 75. Fui uno de los fundadores de la Cátedra de Flamencología. Me jubilé como director de Personal en González Byass.
Cuando tenía unos 13 años, Manuel escribió un cuento y lo envió a un concurso de la revista Chicos. Era la historia de un niño que iba a comprar esa misma revista al quiosco pese a que nevaba, que caminaba sobre la nieve pensando en cómo se resolvería el continuará de una historieta de la semana anterior. El muchacho regresaba a casa feliz, con su ejemplar resguardado con primor en una carpeta, y luego se lo leía a sus hermanos. A los editores de Chicos les encantó el relato, claro. Y lo premiaron: se lo publicaron en la misma revista y le remitieron a Manuel un libro de aventuras. No supieron nunca que el autor del cuento que les llegó desde Jerez de la Frontera no podía salir de casa, jamás había visto nevar, no podía caminar y era hijo único.
Eran los años cuarenta del siglo pasado. Manuel Pérez Celdrán permaneció en cama desde los 12 a los 15 años: un problema con la columna vertebral lo llevó a esa convalecencia extrema, aprisionado en un aparato ortopédico. Pasaba el tiempo leyendo, pintando y escuchando la radio. El cuento premiado expresaba los deseos de un chaval sometido al calvario de la inmovilidad. Quería salir de nuevo a la calle, caminar; quería vivir aventuras aunque ocurriesen en su propio barrio: enfrentarse a una nevada, a lo desconocido; quería tener hermanos con los que jugar, una familia amplia; y como estaba descubriendo el paraíso de la lectura, quería compartir ese disfrute.
El premio y ver publicado su cuento le mostraron a Manuel varias cosas acerca de la superación personal. Un poco más adelante, ya con 15 años y recuperado, Manuel había regresado al colegio, se había puesto a estudiar con verdadera pasión y era un joven con una voluntad de hierro. Y sin dinero. Tenía tan poco, que quería un diccionario y ni siquiera podía comprar uno. Entonces se le ocurrió algo que acabó por enseñarle una cuestión principal: que disponía de una fuerza interna y que ese motor vital podía conducirle por caminos muy interesantes. Un jueves por la tarde, Manuel se fue a la biblioteca municipal con unos cuadernos y un lápiz y comenzó el trabajo que se había propuesto. Estaba en plena tarea cuando pasó a su lado un señor que lo conocía. Hombre, Manolito, ¿qué estás haciendo? Pues aquí, copiando un diccionario porque no tengo dinero para comprar uno. Pues nada, adelante, lo animó el hombre. El domingo siguiente, al regresar a casa de jugar en la calle, Manuel se encontró con un paquete. Se lo enviaban de la librería Papel y Tinta. Era un ejemplar del diccionario de José Alemany. "Me lo envió el señor que me vio en la biblioteca. Lo conservo en mi casa con mucha estima".
Manuel no quiere desvelar quién era el señor que le regaló el diccionario. "Él no quería que se supiese que hacía esas cosas", argumenta mientras charlamos en el archivo histórico de las bodegas González Byass. En esta empresa entró a trabajar Manuel muy joven, el 12 de febrero de 1951, y permaneció hasta que se jubiló, en 1994. Volvemos a su niñez.
Manuel nació la Nochebuena de 1932 en la calle Muro, en el jerezano barrio de Santiago. La familia, muy modesta, se mudó al poco a la cercana Cantarería. "A la casa en la que nació el Paula, en una de las calles más flamencas del barrio". Suena a premonición. Con cuatro años, llegó a la calle Rendona. Había comenzado la Guerra Civil. A Manuel le vienen imágenes y sonidos: la puerta de la iglesia de las Reparadoras ennegrecida por el fuego; los toques de campana de las iglesias cuando los nacionalistas tomaban una ciudad; y por las mañanas, muy temprano, los tiros que oía desde su casa cuando fusilaban a los republicanos cerca de la Plaza de Toros, en los jardines de Santo Domingo. Hasta los 12 años, cuando comenzó su larga convalecencia, Manuel fue un niño que jugaba muy bien al trompo y al fútbol, un alumno del colegio San José. "En nuestra época era todo muy sencillo".
De esa actividad infantil, Manuel pasó a una inmovilidad tal, que era como un niño chico: le daban de comer, lo limpiaban, le hacían compañía los vecinos, lo cuidaban, le acercaban agua si tenía sed; sus compañeros del colegio le llevaban los trofeos que ganaban en el fútbol; un vecino zapatero se sentaba en su banquilla a trabajar a su lado. Era Cabeza, un cantaor de flamenco muy bueno. "Siento que mi afición llegase más tarde, porque le hubiese preguntado muchas cosas: él vivió todos los momentos importantes del flamenco". Tumbado boca arriba, con un tablero que le permitía pintar y escribir, Manuel se aficionó tanto a la lectura que hoy es su mejor recuerdo de aquella experiencia.
Cuando por fin pudo ponerse en pie, Manuel regresó al colegio San José y en un curso y medio acabó los estudios con las mejores notas y un premio: le dieron a escoger entre una pluma estilográfica y una pluma atómica, que así llamaban a la novedad del momento: los bolígrafos. Era una oportunidad. Pero Manuel ya sabía que los recambios para los bolígrafos había que comprarlos en Gibraltar. "Yo prefiero una pluma corriente", respondió sin dudar.
En 1949, Manuel se colocó en una pequeña bodega. Su familia no podía pagarle estudios. Y él tenía muy claro lo que quería: inmediatamente empezó a estudiar peritaje mercantil. De ocho a nueve de la mañana, antes de entrar a trabajar, iba a clase con un profesor al que le pagaba 75 pesetas al mes. Él ganaba 280. Al término de la jornada, más clases y más dinero. Cogía vacaciones para poder presentarse a los exámenes en la Escuela de Comercio. Dos años después ya trabajaba en González Byass con un primer sueldo de 480 pesetas que en pocos meses subió a 620. Le hicieron auxiliar administrativo y después preparó una prueba y pasó a oficial de primera. Ganaba unas 1.500 pesetas. Fue entonces, aprovechando un dinero de unos atrasos, cuando quiso conocer Madrid y allá que se fue con su amigo Juan de la Plata, en un viaje iniciático que los llevó del Museo del Prado al bar Los Gabrieles, de la casa de Cervantes en Alcalá al Café Gijón, del Lázaro Galdiano a La Venencia, el consulado jerezano en la capital. "Estuvimos viendo todo lo tópico típico".
A Juan de la Plata lo había conocido Manuel en el colegio. Compartía con él la afición por el flamenco desde un punto de vista intelectual. "Nos interesaba la vida de los flamencos, los estilos y el origen del cante". Les atraía todo eso que más adelante desembocó en la creación de la Cátedra de Flamencología, de la que ahora es vicepresidente. En Madrid se alojaron en una pensión de la calle Echegaray. Estuvieron una semana y no pararon. Incluso se entrevistaron con el Tordo, un cantaor flamenco de Jerez, el padre de la bailaora Rosa Durán. En el Teatro Español vieron a Manuel Dicenta en una obra que les encantó: Cyrano de Bergerac.
Por entonces Manuel ya era un lector que se entusiasmaba con los poemas de los hermanos Machado y de Lorca, con los textos de Azorín, González Ruano, Julio Camba... Y que escribía. Con Juan de la Plata y otros creó el Grupo Atalaya. "Pretenciosamente, decíamos: grupo de escritores y artistas jóvenes". Organizaban exposiciones, conferencias, una revista hablada... Y bregaban con la censura. Quisieron publicar una revista pero les pusieron demasiados impementos y renunciaron. Una tertulia que tenían en La Parra Vieja sucumbió ante el miedo con el que vivía la gente. El Gobierno Civil les autorizaba la tertulia pero enviaba a un policía a tomar nota de lo que decían. Cuando el policía comprobaba que aquella gente hablaba de poesía, que uno leía un poema y otro mostraba unos dibujos, se tomaba una copa y se despedía. Un día, el agente llegó al bar antes que los tertulianos, se puso a charlar con el dueño y éste se enteró de ese modo de que no era un tertuliano más sino un policía. Aquello era demasiado serio y peligroso. Yo no quiero líos, les dijo a los poetas y escritores en cuanto llegaron. Así se acabó la tertulia en La Parra Vieja y pasó a La Moderna. "Eso era lo que hacíamos nosotros cuando éramos jóvenes".
Manuel se casó en el 59 en la iglesia de los Descalzos con María del Carmen, su novia desde hacía seis años. La conoció por la calle Porvera, en la que coincidían cuando ambos se dirigían al trabajo. Celebraron la boda con un desayuno que compartieron con familiares y amigos y partieron de viaje de novios rumbo a Sevilla y Córdoba. Primero vivieron en La Constancia, donde les asignaron un piso en unas viviendas construidas por los bodegueros. Tuvieron ocho hijos (ahora tienen 17 nietos y un bisnieto). Compraron después dos viviendas unidas en Icovesa. Y más adelante, en la urbanización El Bosque.
En González Byass, Manuel pasó por el departamento de Extranjero y luego fue secretario de uno de los directores. Como estaba metido en cuestiones sociales, le propusieron ocuparse de las relaciones laborales y acabó de director de Personal. Antes, un día acudieron a la bodega unos señores a ver al gerente. "Cuando se fueron, me llamó mi jefe: son policías; han venido a decirme que tenga cuidado contigo, que eres comunista. Nos echamos a reír los dos".
Ya casado y con hijos, Manuel quiso seguir estudiando, se matriculó en Empresariales y aprobó alguna asignatura. Pero un día le dio un mareo y el médico le advirtió: o dejas de trabajar o dejas de estudiar. "Así que dejé de estudiar".
Ya jubilado, en González Byass le hicieron una propuesta: a ti que te gustan los papeles, ¿quieres echarle una mano a Juan en el archivo histórico de la bodega? "Pues encantado. Y aquí empezamos a dar idea a la Fundación, de la que soy patrono honorífico". Ahora, Manuel acude tres días a la semana al archivo. Un lugar excepcional en un sitio mítico. Da la impresión de que es un hombre satisfecho. "Cuando veo a mis hijos, unos, médicos; otro, veterinario; otro, economista; otro, protésico; otro, enfermero; otro, maestro... Mi madre murió cuando el mayor tenía 16 años. La alegría que le hubiese dado a ella verlos así. Pero bueno, su trabajo ahí está".
A estas alturas, ya no sorprende saber que Manuel dedica una hora cada tarde a estudiar inglés. Tampoco que todo el tiempo que tiene libre lo dedica a leer. Principalmente, biografías, memorias y ensayos. En las estanterías de su casa hay algunas joyas, como la primera edición de los poemas de Lorca que publicó Aguilar. "Fíjese: en mi casa sólo había un libro. Se lo habían regalado a mi madre. Hoy tengo unos 3.000. Mucha gente me ha dicho: tú te has gastado mucho dinero en libros. Y yo siempre respondo: sí, todo el que no me he gastado en tabaco".
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