Del infierno de las cabezas cortadas a Jerez

Un refugiado sirio cuenta la odisea que vivió para salvar a su familia de la guerra, 14 días después de llegar a la provincia, donde intenta reiniciar su vida gracias a una ONG

Pablo Fdez. Quintanilla Jerez

04 de mayo 2016 - 07:00

No quiere que aparezca su rostro. Tampoco su nombre. No importa. Este refugiado sirio llegado a un rincón de Europa, a Jerez, habla por los millones que han abandonado sus casas. Antes de que el infierno en la tierra se llamase Siria, vivía tranquilamente con su esposa y sus cuatro hijos, dos niñas y dos niños, en la ciudad más importante del extremo nororiental del país, Hasaka. Le costó reunir dinero para construirse una casa en las afueras. Trabajó como chófer y como electricista. Y abrió pozos de agua en pequeñas poblaciones.

Es un hombre flaco y no muy alto, a la vez que imponente, de facciones angulosas. A sus brazos delgados afloran músculos marcados, propios de quien se ha ganado la vida en tareas físicas. Sus manos encallecidas también lo delatan. Las deja caer serenamente sobre la mesa mientras explica pausadamente su experiencia. Antes de que el intérprete, Ahmed, traduzca sus palabras, en los ojos se distingue el pánico de algún pasaje traumático. Como cuando presenció en las calles de Raqqa la huella del Estado Islámico: un paisaje tétrico de cabezas cortadas. Bajo una sonrisa cortés se vislumbra una tristeza infinita. Lo peor ha pasado para él y su familia, pero sus ojos continúan extenuados. Al pasear por Jerez se ha vuelto a sentir un ser humano. "Por la piel, cualquiera podría decir de él que es gitano", señala Ahmed. Durante la entrevista también está Rodrigo Gómez, responsable de Accem en Cádiz, la organización no gubernamental que le ha acogido en Jerez.

Las cosas marchaban bien hasta que llegó la Primavera Árabe a comienzos del 2011, un movimiento popular cuyo fin era desplazar a los gobernantes que se eternizaban en el poder. En Siria, el régimen de Al-Asad resistió ante la pasividad internacional. La situación se enquistó. Los opositores marcharon contra el presidente, que llegó a responder con armas químicas. En esas, el extremismo encontró hueco y apareció el Estado Islámico, un potente grupo terrorista multimillonario y aún más cruel de lo que ya era Al Qaeda. "Los primeros años de guerra manteníamos la esperanza de que las cosas mejorarían", cuenta. Pero fueron a peor. "El camino se hacía cada vez más oscuro", lamenta. Siria había sido un país floreciente, culto, que desde los 70, bajo la dictadura de Al-Asad padre, ahondó en el laicismo. "Culturalmente, nos parecemos", cuenta. Una de las escasas veces en las que se le ilumina el rostro es cuando relata que en Jerez se ha vuelto a sentir persona. La sociedad en la que vivió hasta mediados del año pasado se regía bajo la 'Ley de la selva': los propios vecinos se enrolaban en uno u otro bando. Era imposible vivir. "Los refugiados sólo venimos buscando paz, no tener más dinero o comodidades. Allí no quedan ni vida ni soluciones", dice. Sólo el desamparo, bajo la fuerza de los que empuñan la metralleta.

Tuvo que vivir experiencias horribles -de esas que le dejan a uno arrebatado de su humanidad- para convencerse de que se tenía que marchar. Un grupo de mafiosos le extorsionó para que pagara unos 800.000 libras sirias -unos 3.000 euros- si no quería que su familia y su socio fueran asesinados. Pagó. Luego, casi lo perdieron todo cuando otro grupo armado conformado por quienes podían haber sido sus vecinos, los encerró a él y a toda su familia en una cueva durante 24 horas exigiéndole que entregara todas sus posesiones y dinero. El refugiado sin nombre cuenta que pagó a uno de ellos para que les dejara escapar. Luego, guiado por su instinto, marchó a la ciudad de Raqqa, sin saber que la situación allí era aún peor. Raqqa es uno de los más tristes frentes de batalla en el que colisionaron las fuerzas de Al Asad y los yihadistas del Frente Al Nusra. Al menos, agradece que sus hijos no presenciaran el horror de las cabezas separadas de sus cuerpos, de seres humanos ahorcados en las calles, pudriéndose bajo el sol. "Sólo vengo para darle paz a los míos", vuelve a decir.

Finalmente, se decidió a dejar atrás su tierra, su vida, su gente. Allá tiene aún a sus padres. Fue a mediados de 2014 cuando llegaron a Turquía en autobús. Desde allí, volaron hasta Argelia. Tuvo que pagar a una organización que se dedica al traslado ilegal de personas para alcanzar al fin Marruecos, última parada hasta Melilla, donde empezaba su sueño. Primero cruzó él para conocer de primera mano si era un tránsito seguro para su familia. Volvió a Marruecos. Consiguió que algunos de sus hijos cruzaran de la mano de porteadores. En Melilla dejó a sus hijas en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes al cuidado de una mujer para volver a Marruecos y culminar la llegada del resto de su familia. Pagó de nuevo a las mafias para hacerlo posible.

En verano de 2015 había pasado casi un año desde que salieron de Siria. Por pocas semanas no le tocó sufrir el embudo de desplazados en el Este de Europa, una emergencia humanitaria que meses después de que se produjera sigue sin solución. Cuando millones siguieron los pasos del refugiado sin nombre, las autoridades blindaron sus fronteras. En ese sentido, ha vivido cierta suerte. Sin ser un privilegiado, vive bajo un techo, duerme sobre un colchón, se alimenta adecuadamente y no pasa frío. Los refugiados de los campos del Este escaparon de la guerra pero no del gélido invierno.

Una vez reunidos en la ciudad autónoma, cruzaron a la península. En el puerto de Málaga, Accem tiene una red de personas colaborando para integrarlas en pequeñas comunidades. Buscan a los inmigrantes que llegan, desorientados, en los ferrys que conectan las dos orillas. De primeras, era reacio a quedarse en España. Soñaba con el norte de Europa. Se trasladó a Madrid para encontrar un medio de transporte. Su mujer voló de la capital de España a Suecia. Actualmente reside en Malmoë, junto a sus dos hijas. Se separaron porque en Barajas consiguió sólo tres billetes de avión. En teoría, al día siguiente de que volara su mujer y sus hijas, lo harían él y sus dos hijos varones. Aún no ha desvelado por qué se quedó en tierra, pero todo parece indicar que la persona a la que pagó para que adquiriera los billetes no cumplió su palabra y, sin perspectiva, retornó al Sur. Así acabó aquí. Primero, en unas instalaciones de las que Accem dispone en la Junta de los Ríos. Luego fue ubicado en Jerez, donde hoy convive en un piso junto a sus dos niños y otras tres personas inmigrantes de distintos orígenes. "En el Norte de Europa hay mucho racismo. Te maltratan, te insultan, te dicen por la calle que vuelvan a tu país. En Jerez la gente es amable".

Una de las voluntarias de Accem es psicóloga. Antes de iniciar la entrevista nos pidió que tuviéramos cuidado al hablar de su mujer y sus hijas, a las que hace meses que no ve, porque la separación le sigue haciendo sufrir terriblemente. Los que viven con él comenzarán a ir a un colegio público en los próximos días, después de que Accem haya gestionado su inscripción en tiempo récord. Cuando los voluntarios hablan sobre cómo van los trámites, se percatan de la mirada de los chavales, sentados en el sofá del salón sin prestar atención al televisor, en el que emiten dibujos animados. "¡Madrasa!" (la palabra árabe para escuela), les dice Rodrigo mientras les señala. "¡Madrasa!", responden ellos antes de volver a fijar sus miradas en un smartphone. En la pantalla se observa un precario videojuego de tiros. A partir de ahora, será el único formato en el que estos niños vivan la guerra.

stats