"A la hora del terremoto es cuando venía aquí a dar de comer a los gatos"

tiembla la tierra entre la sierra y la janda

A Rosa aún le quedan siete vidas después de que el seísmo desplomase la gañanía de la huerta familiar en San José del Valle a la que iba a diario. Un grupo de personas vivió un momento de pánico en la farmacia durante el temblor: querían salir, pero la puerta no se abría.

Rocío señala la construcción derrumbada por el seísmo en su huerta, situada a la salida de la localidad. El techo pudo caerle encima en la tarde del martes. /Fito Carreto
Rocío señala la construcción derrumbada por el seísmo en su huerta, situada a la salida de la localidad. El techo pudo caerle encima en la tarde del martes. /Fito Carreto
Juan Marqués

12 de mayo 2016 - 05:01

Aquí mismo, doce kilómetros entrañas tierra abajo de donde nos encontramos, al sureste de la pedanía arcense de Junta de los Ríos y al sur de La Pedrosa, sitúa la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional el epicentro del terremoto que el martes, a las 19:18 hora local, sacudió San José del Valle, buena parte de Arcos y Paterna de Ribera. Pese a su magnitud 4.1 no se observa a simple vista ni rastro del seísmo. Tampoco lo esperábamos. Los baches y las grietas que nos encontramos son los que padecen desde hace décadas estas carreteras olvidadas del sur de la Sierra y el norte de la Janda. Y todo el mundo sabe que los terremotos suelen dejar una huella creciente y concéntrica a partir del epicentro, conforme se extiende la onda expansiva. Pero el epicentro es el epicentro. Y si hay que localizarlo, se localiza.

Muy cerca, en la Venta Junta de los Ríos, algunos lugareños comparten barra con varios turistas de interior en una mañana de temporal de lluvia y viento sur casi tropical. Los turistas toman café. Los lugareños van ya por el aperitivo. Sin embargo, pocos son los que aquella tarde sintieron cómo temblaba la tierra. "En La Pedrosa, sí que lo sintieron. Me lo contó mi mujer, que le cogió en una reunión en el centro social. La llamé y estaban todas chillando", cuenta uno de ellos. En la pedanía arcense, no tarda en aparecer una vecina que lo vivió en primera persona. "Yo si lo sentí, sería a eso de las siete o las siete y pico. Estaba con unas cuantas vecinas. Lo escuché y dije: ¡Oi, una tormenta!, pero estará por ahí, lejana, porque no se escuchaba muy reciente aquí. Y de buenas a primeras se meneó el banco donde estábamos sentadas. Me temblaron hasta la piernas". El banco al que se refiere Isabel Garrucho es el de la parada de autobús, hecho de mampostería bajo una pérgola del mismo material. Aquí, el seísmo hizo temblar el cemento. A pocos metros, Rocío Jiménez asegura haber visto cómo se movía el sofá de su vecina, mientras estudiaban en su casa. No tarda en aparecer otro pedrense que relata su experiencia: "Yo escuché como un trueno, pero nada más", dice Cristóbal Barrios. Su mujer, Manuela Sánchez, compartía charla con Isabel en la parada de autobús. "Fue como una tormenta, buuuuuu [cuenta levantando las manos], una cosa muy rara, y enseguida dije: ¡Ay, un terremoto! Duró segundos, pero se me pusieron los pelos de punta", dice Manuela. De salida de la población, Paco García, sin ninguna prisa y con muchas ganas de pegar la hebra, insiste amablemente en apuntarnos una lista de vecinos que sintieron el terremoto, él, que no sintió nada. Y nos señala con la punta del paraguas el lugar de donde,a su juicio, llegó el temblor. Pero tenemos que irnos a San José del Valle, que es donde el seísmo dejó más huella.

A la entrada de El Valle, que así llaman a su localidad los vallenses, detrás del mostrador de la Venta La Arenosa, Jesús Buzón disfruta de un oloroso y de la conversación con Antonio, uno de sus clientes. "Fue en torno a las 19:15 horas. Sentimos un temblor y oímos un crac-crac. Había siete u ocho personas. Inmediatamente salimos fuera. Esto es una construcción antigua, con unos 60 ó 70 años y todas las vigas y toda la estructura son de madera. Duró cuatro o cinco segundos", relata con acento castellano. "En el pueblo, la gente salió toda a la calle. Luego sé que hubo un pequeño movimiento, pero ese ya no le noté. Sólo llevo aquí cuatro años, pero los que llevan toda su vida dicen que no recuerdan nada igual", apunta.

En la gasolinera contigua temblaron los cristales. "Después de que respostase un cliente, me senté en la oficina para arreglar unos papeles y sentí un ruido que provocó una vibración muy fuerte en las cristaleras", cuenta David Gutiérrez. Ni él ni su padre, Francisco, temen que el temblor haya podido dañar los tanques subterráneos de combustible. "Duró muy poco tiempo y están forrados de arena y de hormigón. Además, ni siquiera se vio una grieta en el asfalto. Para que eso pase, tiene que ser un temblor mucho más grande", explica David.

Nada más entrar en San José del Valle se nota de lejos el revuelo que levantamos los periodistas en una población de apenas 4.500 habitantes que vivió momentos de miedo, horas de preocupación e incluso algún episodio de cierto pánico la tarde del martes. Las televisiones han sido las primeras en llegar. Gracias a unos amables vecinos logramos dar con el domicilio de los propietarios de la única construcción que se desplomó a causa del terremoto, la gañanía de un cortijillo con huerta, por suerte deshabitado, y situado a la salida del pueblo. La gañanía era el lugar donde comían y se refugiaban los hombres del campo. Nos atiende Rosa Jiménez, una encantadora profesora que ha vuelto a nacer después del terremoto. Quizá la única superviviente de un suceso que pudo costarle la vida. Porque a la hora que el temblor sacudió la tierra podía haber estado, como tantos otros días, bajo el techo ruinoso que se desplomó por completo en segundos. "A esa hora suelo ir a dar de comer a unos gatos que se han refugiado en la gañanía. Y ayer no fui. Menos mal que me quedé en el piso, que si no, me coge ahí debajo", dice señalando unos sacos de pienso aplastados, sin afectación, pero consciente de haber tenido mucha suerte. La misma que los propios gatos a los que alimenta: a Rosa no le consta que haya habido ninguna baja entre ellos. "Curiosamente, el terremoto me cogió justo antes de subir en el ascensor de mi casa. Le di al botón y estalló un estruendo que movió el suelo, que lo movió todo", cuenta. "En la farmacia hubo gente que hasta se desmayó". Luego Cristo García nos contará este episodio con más detalle. "La verdad es que todavía no estamos tranquilos porque ayer [por el martes] después del temblor mayor hubo otras tres réplicas, una de ellas en el pantano. Y la última ha sido esta misma mañana". La profesora se refiere al embalse de Guadalcacín, el mayor de la provincia, con una capacidad de 800 hectómetros cúbicos. "Imagínate que le pasa algo a la presa", comenta. No parece probable, pero lo cierto es que el asunto preocupa, y mucho, en esta población jandeña que se encuentra prácticamente a sus pies. "Nos faltan infraestructuras seguras, porque esto no es Japón, y, sobre todo, un protocolo de emergencia claro para que la población sepa cómo actuar", resume la profesora. "Lo peor es la incertidumbre sobre lo que puede volver a suceder", añade.

Rosa continúa con el relato de aquella tarde de tensión. "Después del primer temblor, aquello fue tan grande que todo el mundo salió a la calle. Y después del segundo, el cura pidió por megafonía que mantuviésemos la calma, que había sido un movimiento que ya se había disipado, y que buscásemos lugares seguros". Como es natural, este periódico recabó de primera mano, no sin dificultades, la versión del párroco de la localidad. Andrés González relata que fue el alcalde, Antonio García, quien le pidió que hiciese un llamamiento a la calma desde la parroquia, ya que el Ayuntamiento no disponía de medios para ello. Y que después de consultar con Protección Civil y de barajar la posibilidad de no hacerlo por no acrecentar la alarma, decidieron llevarlo a cabo. Andrés González es además miembro de la congregación del Colegio Salesiano de San José del Valle San Rafael y San Vicente. "Algunos de los niños pasaron bastante miedo, pero otros sólo querían que se suspendieran las clases para volver a sus casas", bromea por fin al cabo de una cortísima conversación. Allí, a la puerta del colegio, espera a sus hijos Cristo García, quien relata su experiencia como si la estuviese volviendo a vivir: "A mi me cogió en la farmacia. Sentimos como si un rodillo pasase bajo nuestros pies por dentro de la tierra. Éramos unas diez o quince personas y todas quisimos salir a la vez. Y, claro, la puerta no se abría. Una mujer incluso se desmayó y hubo quien, lógicamente, sufrió un ataque de ansiedad. Pero, afortunadamente ya todo pasó".

stats