Las heridas de la borrasca
Tribuna Libre
La alcaldesa de Olvera, Remedios Palma, pide recursos para los pueblos que viven del sector primario
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Somos doscientos setenta kilómetros de caminos rurales y vías pecuarias, que soportan la economía de este pueblo de 8.000 habitantes y más de 700 explotaciones agrícolas y ganaderas. No va a ser aventurado anunciarles que dependemos del sector primario para sobrevivir.
La lluvia no ha caído, se ha ensañado. Persistente, intensa, sin tregua. Hemos perdido todos los cultivos herbáceos y las fincas siguen inaccesibles, no podemos salvar lo que aún respira. El golpe al olivar y al pistacho ha sido desolador. Nos quedaban por recoger cerca de 21.000 toneladas de aceituna (900.000 garrafas de 5 litros de aceite de oliva), pero lo que queda en el árbol es todavía inalcanzable por el estado de los caminos.
Me duele ver la impotencia de F, un ganadero que suplicaba ayuda para poder alimentar a los 5.000 cerdos de su granja. La desesperación de J, que no llegaba a su finca para poder ordeñar a todo su ganado. La osadía de A, que decidía atravesar el río por una viga, con una mochila a la espalda, para llevar las medicinas a las cabras. Vallados arrasados, cruces de agua crecidos, leche que no puede recogerse, el pienso que no llega, el ganado que no puede comercializarse…
Los caminos rurales son las arterias por donde transita nuestra sangre, la que nos da el oxígeno. Pero el daño que han sufrido rompe el horizonte de la pervivencia de este lugar. Empezar, volver a empezar. Tramos intransitables, firmes arrastrados, cunetas colapsadas, materiales desplazados. Los maquinistas de las empresas que estos días han salido a despejar y abrir caminos, bajo la lluvia, incansables, peligrosamente profesionales, llevaban solo una misión: intentar conectar los accesos con las explotaciones. Hemos acudido a toda la maquinaria pesada de la localidad y hemos pedido ayuda, bien llegada, para sacar a nuestros tractores del fango, del lodo, del impulso de salvar el pan de sus casas.
Entiendo la normativa, la conozco. Las vías pecuarias tienen una función histórica y ambiental. Sé que el campo no es sólo producción, es paisaje, biodiversidad, memoria colectiva. Pero también sé dónde vivimos.
Vivimos en una tierra que no es decorado, sino sustento. En una sierra donde el campo no es postal, es el plato de comida. Donde cada camino rural no es una línea en un plano de un despacho, sino una vía única para llegar a una granja, a un rebaño, a una cosecha que sostiene a las familias que viven aquí.
Cuando defendemos arreglar un camino, no estamos pidiendo asfalto sin criterio, sólo que la normativa se interprete desde la realidad del territorio.
Cuando reclamamos recursos para firmes más resistentes no estamos negando la protección ambiental, más bien que la solución no sea zahorra para hoy y hambre para mañana.
Pido empatía y comprensión hacia los pueblos que vivimos del sector primario y que necesitamos infraestructuras adaptadas a la realidad climática actual.
Si el agricultor no puede acceder a sus fanegas, si el ganadero no puede sacar la leche, si cada temporal nos devuelve a la casilla de salida, entonces no estamos protegiendo el campo. Cuando lleguen las ayudas, que se interpreten desde esta realidad.
La pervivencia de este lugar depende de ello.
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