Antonio Morillo 'desclasifica' sus recuerdos del 23-F

“Sufrimos angustia, temor y vergüenza”, recuerda 45 años después del golpe de Estado el veterano político centrista

Morillo cree que ese día “se consiguió superar el rescoldo troglodita de la vieja España”

Un reencuentro 'de golpe' 40 años después

Antonio Morillo, junto a una reproducción de la primera página de Diario de Cádiz del 24 de febrero de 1981. / Lourdes de Vicente

Nunca ha dejado de hablar de aquello. Han pasado 45 años, una eternidad, pero en su retina y en su corazón Antonio Morillo guarda como si fuera ayer unas imágenes, unos sonidos y un miedo que los tiene latentes siempre, porque nunca desaparecen, pero que resurgen sin pedir permiso cada vez que el calendario anuncia la llegada de un nuevo 23 de febrero.

Mientras el Gobierno desclasificaba ayer documentos del intento de golpe de estado de 1981 que jamás hasta ahora habían visto la luz, Antonio Morillo, que en esa jornada histórica compatibilizaba sus responsabilidades como alcalde de Vejer y como diputado de la UCD por la provincia de Cádiz, también desclasifica de su memoria los recuerdos de aquel día en el Congreso. Y lo hace para defender a ultranza a esa Transición que tan denostada está siendo ahora por algunos, para ensalzar con un convencimiento absoluto el papel que en esa angustiosa jornada desempeñó el entonces Rey Juan Carlos I y, sobre todo, para mimar a una democracia que en ese 1981 estaba aún en pañales pero que, afirma rotundo, al resistir aquella asonada liderada por el teniente coronel Antonio Tejero “consiguió superar el rescoldo troglodita de la vieja España”.

Para Antonio Morillo, que hoy tiene 91 años de edad, el 23-F conforma un compendio de anécdotas impagables que ahora recuerda hasta con jocosidad pero que en aquel momento estaban impregnadas de desconcierto primero y de angustia y mucho miedo después. Y recuerda que quizás le salvó la vida al diputado canario Fernando Sagaseta, del Partido Comunista, al que, como bueno farmacéutico, dispensó una pastilla de cafinitrina tras sufrir un infarto; o las confesiones con su compañero de bancada, el también centrista Faustino Muñoz, de Cáceres, con quien acordó primero cómo huir de España si el golpe triunfaba antes de conjurarse mutuamente para cuidar a sus familias si uno perdía la vida esa noche interminable; o su miedo a ser “fusilado al amanecer” si los golpìstas se salían con la suya, porque sigue defendiendo que para ellos los grandes traidores no eran los partidos de izquierdas sino los de la UCD que, desde el Gobierno presidido por Adolfo Suárez, legalizaron al Partido Comunista y no lograban acabar con la banda criminal ETA; o el control férreo que durante sus horas de secuestro en el Congreso le hizo un guardia civil desde una escalera del hemiciclo. Morillo creía que ese agente quería acabar con él hasta que descubrió que lo único que pretendía era protegerlo en la medida de lo posible en señal de agradecimiento por lo bien que le trató desde su farmacia de Vejer en los dos años en los que estuvo destinado en esa localidad jandeña.

Antonio Morillo fotografiado en 2021 en Vejer junto al guardia civil Emilio Hinojosa, que le custodió en el Congreso dirante el golpe de Estado. / D.C.

El que fuera alcalde de Vejer entre 1979 y 1991 y diputado nacional entre 1979 y 1982, situado siempre en el centro político, dice que los diputados que vivieron ese golpe de Estado “sufrimos angustia, temor y vergüenza”. Y complementa esa sensación con la valentía que, por ejemplo, demostró ese mismo 23 de febrero de 1981 la Corporación Municipal de Vejer que, bajo la presidencia del primer teniente de alcalde, Manuel Rendón, se reunió por la tarde para dictar un bando que condenaba aquel asalto al Congreso y en el que se solidarizaba con la democracia, con todos los diputados, con el propio Antonio Morillo, que era su alcalde, y con su familiares.

Morillo se aferra a sus recuerdos del 23-F para arremeter contra quienes “ahora con el babero quitado y sus ínfulas de profesores vanguardistas” critican una Transición de la que él elogia “el espíritu que avivaba a la clase política, la cortesía parlamentaria, la primacía del interés público sobre las divergencias de partido o la concordia para elaborar leyes y proyectos entre todos salvando las diferencias ideológicas”.

El veterano político gaditano dice que aquella “tejerada”, como él la denomina, “fue trágica aunque milagrosamente no corrió la sangre”. Y rechaza que aún haya quienes “ven fantasmas y colaboraciones ocultas” en aquel golpe de Estado. En especial ensalza al Rey Juan Carlos I “que fue decisivo para abortar lo que pudo ser una tragedia en la España reciente”.

Sí, porque Antonio Morillo sigue defendiendo que aquel 23-F no fue más que “una conjunción de intereses y de nostalgias mal digeridas” pero que “la democracia triunfó y gracias a ello hoy vivimos en una sociedad libre y solidaria”.

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