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Instalaciones militares de la Bahía de Cádiz

Recuerda España

  • La Carraca quiere celebrar el año próximo el Tricentenario de su fundación El Arsenal es uno de los mejores ejemplos de recinto militar del siglo XVIII

El almirante segundo jefe del Arsenal de La Carraca, Alfonso Gómez Fernández de Córdoba, al filo de ese mediodía, pierde breve y alegremente la compostura militar, para confesar que "se viene arriba", que se pone "hot" cada vez que mira la Puerta del Mar de la casi tricentenaria instalación militar isleña. Le ocurre cuando lee el rótulo en latín que preside la evocadora portada: "TV REGERE YMPERIO FLUCTUS, HISPANE, MEMENTO", es decir, "Recuerda España que tú registe el Imperio de los Mares". Tenía sentido cuando se escribió, a finales del siglo XVIII, un tiempo en el que efectivamente España casi sólo tenía ya grandes recuerdos de su gran dominio sobre las aguas, y estaba a pocos años de empezar a perder sus colonias en América. Pero aún le daría tiempo a construir uno de los recintos ilustrados más importantes del momento, el Arsenal que se asienta sobre una isla rodeada de marismas, allí en el extremo norte donde San Fernando se hace más marinero. Su misión era proveer a la Armada de buques modernos.

Ahora, hace apenas unos días, casi todo olía a recuerdo en La Carraca, un impresionante conjunto en el que se acumulan las huellas del esplendor pasado en forma de fachadas neoclásicas, detalles barrocos y elementos marinos como argollas de amarre y viejas campanas de bronce más que bicentenarios. "Yo tengo una esperanza en que esto cambie en poco tiempo -hablaba el almirante Gómez-, si se confirma, por ejemplo, el contrato de Navantia con Arabia Saudí para venderles cinco barcos de guerra". Eso decía, y tal vez sabía ya pero no podía decir que en cuestión de meses un pequeño movimiento puede cambiar la deriva negativa del Arsenal en las últimas décadas. Después de mucho andado en sentido contrario, la histórica instalación puede empezar a recuperar importancia cuando se traslade a sus instalaciones el Grupo Naval de Playa desde la base de Puntales en Cádiz. Un importante aporte de hombres, armas y bagaje para el que fue primer Arsenal de España, fruto de la Ilustración que trajeron los Borbones desde Francia. Quién sabe, a lo mejor esa España a la que se pedía memoria ha empezado a actuar en La Carraca, a la vez que cumple el mandamiento de recordar.

El almirante segundo recibe a los periodistas en las dependencias del mando, flanqueado por Agustín Jiménez, alférez de navío isleño encargado de las relaciones públicas del Arsenal, y de Luis Roseti, gaditano arquitecto de la Jefatura de Infraestructuras, es decir, el que cuida por el buen estado de las instalaciones, y se presta a explicar la historia del recinto. Hablan y en su charla manejan como material la pura Historia. Esa Historia que ha hecho que las necesidades estratégicas, la evolución de la concepción militar, hayan aumentado la importancia de la Base de Rota a la vez que disminuía la de La Carraca.

Las cosas bien contadas requieren comenzar por el principio. Una teoría hermosa atribuye el nombre de La Carraca a que la isla se formó como un acúmulo de lodos alrededor de una embarcación de esa clase varada en el lugar. Las carracas eran unos navíos de origen portugués, vigentes entre los siglos XII y XVI, los mayores de su época en capacidad de carga. Sea como sea, allí estaba la isla cuando en 1717 José Patiño, jefe precisamente de la Casa de Contratación de Cádiz, ordenó la construcción del Arsenal en el lugar, más por razones estratégicas, protegido al fondo de una ensenada y rodeado de caños, que por la calidad del terreno. Y el pensamiento ilustrado del siglo XVIII empezó a trabajar en una planificación y construcción tan ordenada que aún hoy se mantiene la estructura básica.

Tanto el almirante Gómezcomo Roseti coinciden en que la fecha de 1717 no está muy clara para marcar una conmemoración, pero a la vez piensan que es una excusa estupenda para celebrar el año que viene un sonado Tricentenario del Arsenal. La ocasión sería un excelente acompañamiento para el deseado y más que posible renacimiento de la instalación en una mayor actividad, y el almirante Gómez Fernández de Córdoba espera que desde el Ministerio se apruebe la celebración.

El recorrido por lo que fue una población habitada en sus buenos años por miles de personas, civiles y militares, que contaba con más de un cine, instalaciones deportivas y decenas de familias viviendo permanentemente en su interior, lleva el ánimo en una montaña rusa de emociones entre el asombro y la desolación. La avenida principal, flanqueada por el Almacén General y las dependencias de la jefatura, conduce entre columnas y pilares hacia la monumental y hermosa Puerta del Mar, que alegra la vista con su arco flanqueado por dos torres en el día soleado, y demuestra por qué el XVIII fue llamado el Siglo de las Luces, al final del cual fue levantada.

La Puerta, que miraba a los muelles y a mediados del siglo pasado fue vuelta hacia el interior del recinto, era la opuesta a la de Tierra o de San Carlos, que en realidad daba también a un caño, cuando la isla de La Carraca sólo era accesible en barco o por un puente sobre apoyos flotantes, ese que los isleños siempre llamaron "los bombos". Esta última fue trasladada en los años 60 a la auténtica entrada terrestre, cuando ya se había construido la carretera, el Puente de Hierro, y el tranvía y el ferrocarril llegaron desde San Fernando. Y ahí sigue, aunque modificada en algo.

Pero sale uno de la calle reluciente, limpia, pintada, dobla por la esquina de la del Cine (sí, ahí estaba, y buenas películas que veían militares y civiles) y va dejando a la derecha las antiguas viviendas de los residentes, desvencijadas, desconchadas, sin la vida que mantiene a las casas habitadas. Y, pese a ser un bien protegido, aparentemente imposibles de arreglar, las rodea un cerco de cintas y vallas de seguridad. Cae el ánimo.

El camino triste desemboca en la visión tremenda del Penal de las Cuatro Torres, un gran edificio neoclásico cuadrado de tres plantas que no ayuda a sobrellevar la melancolía, solitario y enorme en su aislamiento, como corresponde a una prisión, que albergó (si se permite el generoso término) a muchos más presos de los que podía, durante siglos. Uno de sus presos más ilustres fue Francisco de Miranda, político, militar, ideólogo y escritor caraqueño considerado el precursor de las independencias americanas, un auténtico héroe en Venezuela, que murió preso en el Penal en 1816. Precisamente, el 14 de julio próximo se cumplen doscientos años de su muerte, y el inmueble no está precisamente para celebraciones.

La cárcel, a pesar de la sombría misión que cumplió en su momento, tiene una belleza arquitectónica notable, empañada de nuevo y de qué manera, por su lamentable estado, precintada y vallada por motivos de seguridad, con peligro cierto de desprendimientos. Es decir, no se puede entrar, para desgracia de visitantes. El almirante segundo jefe se lamenta ante su fachada por la confluencia de elementos contrarios, el alto coste de las obras sobre todo, y se atreve a esbozar una salida educada: "Quizá si una administración como la Junta se hiciera cargo de su arreglo, y luego de darle un uso..." Un deseo que merece verse cumplido. Al lado, el llamativo polvorín con cúpula recuerda a estampas americanas.

La montaña rusa anímica vuelve a subir tras pasar ante talleres que mantienen su plena actividad y desembocar en los muelles, donde amarran los buques con el trajín de sus dotaciones. Pisamos cantiles de piedras antiguas, y tornamos al interior por el túnel de la Puerta del Mar, con su inscripción y su remate, quién lo diría, también desaparecido o más bien trasladado como lo fue el submarino de Peral a Cartagena. Una réplica en poliéster sustituye al espléndido escudo de madera labrado por los afamados carpinteros del Arsenal, ahora en el Museo Naval de Madrid.

Aún en pie y pleno uso defienden el peso de su historia los edificios dieciochescos del Ramo de Ingenieros, la Enfermería y la clara iglesia del Rosario, de una sola nave y escenario de centenares de bodas de isleños militares y civiles. Y las altísimas naves de la gran Fábrica de Jarcias, donde se trabajaban las arboladuras de los navíos, las fragatas...

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