Olvera-Alcalá del Valle
Coste: 1,30 euros; Número de viajeros: tres
Sé que voy a un sitio sin retorno. El autobús llegará a las 18,15 y dormirá en Alcalá hasta las 6,15. Juego con trampas, Fito Carreto, fotógrafo y amigo, me sigue con el coche.
El primer tramo es una carretera infernal. Al pasar por una de las curvas uno de los pasajeros habituales recuerda que “fue aquí donde se encalló hace unos días el de Los Amarillos. Quiso esquivar a un coche y se comió el quitamiedos”. Miro el quitamiedos, que a mi vista se transforma en un 'producemiedos'. La carretera es escarpada y desconozco leyes de la física que permitan meter dos volúmenes del tamaño de un autobús de Comes y un seiscientos en este espacio. Un rayo de sol rompe el manto de nubes negras y se refleja en el horizonte en un haz de luz como una llamada divina. Mal asunto. Ajeno a ello, el chófer habla animadamente con sus tertulianos diarios, compañeros de días en estas curvas, todos en la misma dirección, a la estación Termini de la provincia, al último lugar de esta benidta tierra, escondida por toneladas de piedra. El olivo primero es disperso y luwego adquiere formación militar y se uniforma sobre las lomas. Entre los olivos, Setenil se aparece, colgada de su risco, como una de las poblaciones más bellas que puedan contemplarse. Encajonada, milimétricamente construida en su particular cueva. Unos pocos kilómetros más y Alcalá del Valle. El chófer se va para su casa.
Primera parada en el bar Los Emigrantes. Más allá, la plaza del Emigrante. Tiene su sentido. De Alcalá del Valle parten cada mes de septiembre unas 1.200 personas para hacer la vendimia francesa. Siempre, con o sin crisis. Su monumento señero es un vendimiador cargando uva francesa. En Alcalá del Valle, el último municipio de la provincia, se diría que el Cristo lo encarna el Ché Guevara. Su figura aparece por todas partes. En un taller de empleo de la Junta se puede ver todavía el puño y la hoz del SOC, maoísta en sus orígenes, con tintes libertarios. La calle principal de Alcalá está partida por un río que es lodo, pero que se vuelve furioso con las arremetidas del agua. En los paneles se promete que se están invirtiendo 11 millones contra las inundaciones: Para nuestra protección. Media docena de puentes cruzan de un lado a otro y una decena larga de pubs y discotecas de coqueto diseño advierten al visitante que ellos también saben divertirse y algo de dinero hay para ello. Junto al limo del río, barras, cafés, luces nocturnas. Hay algo en Alcalá de desafío. Su vendimia francesa, su Ché, su SOC y sus bares modernos. Aislados y autosuficientes. Vosotros a lo vuestro y nosotros a lo nuestro. No lo sé, es una impresión.
Como dije, o se sale de Alcalá a las seis de la mañna o uno coge el coche. Cogemos el coche para alcanzar de nuevo Setenil, dejando al lado la ermita de San Sebastián. En el siglo XVI un ermitaño se subió allí y la levantó. Sitúense en esta sierra y conviértanse durante un momento en ese ermitaño en mitad del bosque. Haga usted una ermita. Entre Setenil y El Gastor botaremos sobre una carretera que es un Frankenstein de los más variados asfaltos superpuestos en distintos niveles. Hay que andarse con cuidado, máxime cuando una nube descarga su furia exclusivamente contra nosotros. En El Gastor, con la nube a las espaldas, se practica la milenaria afición por subir y bajar la carretera por parejas de mujeres. Hay un mirador en el que un hombre observa microscópicamente la tierra. Fija la mirada justo delante de su pie. No lanza sus ojos al majestuoso paisaje que se hunde en un valle profundo, un tajo de sierra como una puñalada. Pero él no, él mira aquí, en su pie, las moléculas mutantes. En el pueblo se produce el movimiento típico de cualquier ciudad, las madres van a buscar a los niños al polideportivo y los padres aprovechan para tomar una cerveza en el bar en compañía de los vecinos de siempre. Lo que antes, en tiempos ancestrales, se llamaba el vino hablado. Damos cuenta de un bocadillo inmenso de salchichón ibérico por un precio irrisorio en el bar Los Cuñados, donde nos tratan con esmero mientras los parroquianos se entretienen viendo en una gran pantalla las evoluciones futbolísticas entre un equipo ruso y un equipo bielorruso. Hay alborozo cuando marca un gol el equipo bielorruso.
Son las ocho y todavía estamos lejos de Ubrique. Para llegar allí, bajo una fenomenal tormenta, buscaremos el embalse de Zahara para bordearlo y ganar el desvío entre Ronda y Grazalema. Ya se ha hecho de noche, noche de lobo, y en Radio 2 truena una apocalíptica aria. La carretera que nos conducirá a Grazalema tiene un cartrel que habla de una carretera cortada el día anterior por una prueba automovilística. Y esto va a ser un rally un poco más complicado en el bosque negro encantado. Las luces del coche iluminan troncos con formas de brazos como los que arañaban a Blanca Nieves. Es lúgubremente hermosa la seranía bandolera en una noche de tormenta, es el espíritu del bosque que azota su ley en el parabrisas. En todo lo inhóspito de esta muchedumbre vegetal, la naturaleza enseña sus armas de supervivencia. Suspiramos al ver las luces de Grazalema, rodearla y pasar por Villaluenga como quien pasa por un pueblo fantasma con olor a chimenea. La lluvia ha amainado. No vemos un alma. Juega el Madrid contra la juventus, no hay motivos para que Villaluenga, ni luego Benaocaz, por donde transita un gato, muestren ningún estatus de vida. Ubrique, el boquetito, es el refugio. Buenas noches, dos habitaciones, por favor.
Amanece. ¿Qué dijo mi compañero de viaje Alejandro? Que Ubrique era la Cataluña del sur, ¿no? Totalmente de acuerdo. La gente viste bien en Ubrique. De piel, claro. Su calle peatonal de tiendas, la avenida España, es un sinfín de lugares de moda que no envidian a ningún otro lugar de la provincia. Y con ellas todos los nombres de su industria en los carteles. En comaparación con otras poblaciones, Ubrique no puede negar que es rica. Será por ello que una mujer de cerca de setenta años se queja en la estación de autobuses de semejante lugar. La estación no es propiamente una estación, sino una cochera húmeda en la que las paredes están negras del hollín de los tubos de escape de Los Amarillos. “Antes había una estación bien bonita en el centro de la ciudad con azulejos sevillanos, como corresponde a una ciudad como ésta. Ahora tenemos esto”, dice la mujer, cargada con elegantes bolsas con marcas punteras del cuero ubriqueño. Ni que decir tiene que va elegantemente vestida para su viaje a Sevilla. No como una marquesa, sino humildemente bien vestida, lo que tiene más mérito.
Queremos ir a Algeciras, vía Jimena, dar el salto al Campo de Gibraltar. Un conductor de Los Amarillos nos enseña la fórmula. Consiste en ir a Jerez y de Jerez coger el autobús directo a Algeciras por la autovía a Los Barrios. A Algeciras hay 103 kilómetros, pero en autobús habría que hacer un total de 170 kilómetros. El tiempo estimado es de unas dos horas y pico a Jerez, ya que hace paradas en varios pueblos, y de hora y media hasta Algeciras. Cuatro horas sin contar la espera en Jerez. Ubrique, la sierra en general, no mira al Campo de Gibraltar, ni siquiera a jerez. No hay balcón en Ubrique en el que no cuelgue un paño azul que reivindica la presencia de especialistas médicos ya. Ubrique está cansada. Su referente está mas cerca de Ronda que de Cádiz, algo que les suena muy lejano si no fuera, una vez más, por el Cádiz Club de Fútbol, cuyas alineaciones figuran en algunos bares. No están claras las reglas de la apuesta. ¿Consiste en dar la vuelta en autobús o consiste en dar la vuelta a la provincia? Como la apuesta es mía, cambio de nuevo las reglas. Consiste en dar la vuelta a la provincia y para ello hay que bordear Los Alcornocales.
No existe en la provincia una carretera más sugerente que la que une Ubrique con Jimena, donde el alcornoque es el rey. Con sintonía de la milonga de Gardel en la que se recuerda que siempre se vuelve al primer amor y siguiendo los caprichos del río Hozgarganta cruzamos túneles de rocas pensadas para decorar el camino, garras de piedra en una erosión concienzuda, cincelada con esmero para el visitante. Ancianos extranjeros recorren bajo la lluvia con impermeables amarillos la senda de un verde rabioso. Una vaca retinta está ahí plantada. Fito la ametralla y ella regresa pacientemente con sus colegas, como diciéndoles ahí en ese coche hay un tipo raro que le gusta fotografiar vacas como si fuera yo la primera vaca que viera en su vida. En la mitad del recorrido aparece un gran cortijo en el que prohíben el paso perros muy pacíficos. Una mujer nos observa tras la cortinilla de la puerta, una mujer cuyo epicentro mundial son estos alcornoques, que tiene la mirada serena de quien cada día ve la misma belleza, hasta el punto que ni le parece belleza ni ni nada que se le parezca, simplemente su habitat. Me contó un día Manuel Barcell, que fue director del zoo de Jerez y que forma parte de las venas de Los Alcornocales, que hay gente en este bosque que se alimenta de su soledad, que genera un nuevo superhombre que crece hacia dentro. Gente de pocas palabras que puede pasar días, semanas, sin cruzarse con un humano. Y entonces, la humanidad en ellos se inventa no en lo social, sino en lo individual. Bah, tú no lo entenderías, me dijo zanjando la conversación, hay que conocerlos para entender lo que te digo. El trayecto es interminable. Y así debería ser en la eternidad de cada alcornoque desnudado de corcho. Pero se acaba bruscamente en la inmensa roca de Puerto Galis. Se gira hacia Jimena, invadimos territorio de Málaga durante unos pocos kilómetros y nos topamos con el tren. Efectivamente, con Jimena. A partir de ese momento, el tren gira hacia Málaga. Jimena es un híbrido: la puerta del Campo de Gibraltar con toda la esencia de la Sierra. En uno de sus bares con olor a campo, el Vargas, parroquianos charlan a mediodía, se lanzan rentois. Un cartel de Asaja propone una reunión para las ayudas agrarias. Siguiendo la vía de ferrocarril y su vía verde para biciletas paralela, elegante,bien hecha, no como otras que aparecen en el muestrario político en cada época electoral y luego se solventan con cuatro rayas mal pintadas, alcanzaremos la estación de La Almoraima y luego la estación de mercancías de San Roque hasta llegar a la de pasajeros, frontera entre andalucía occidental y oriental, aunque aquí la gente se siente más oriental que occidental. Y es que una vez pasada La Línea, lo que queda de provincia es una prolongación de la fiebre inmobiliaria costasoleña con guiris en las vallas publicitarias hablando en guiri a los guiris para que compren sus casas, construidas a codazos en los restos que quedan libres del litoral.
Pero nosotros no vamos allí, vamos hacia Algeciras, que se levanta junto a las grandes estructuras azules del puerto, cortando el cielo como los artefactos marcianos de La guerra de los mundos. En su estación de autobuses, sin duda la más moderna y mejor organizada de la provincia, existe a las dos de la tarde una mayoría de clientela magrebí. No quiero entrar en el lagrimerío barato, pero observo, quizá sea el día lluvioso, semblante de tristeza en los hombres y mujeres con los que me cruzo, una percepción de agotamiento existencial. Los hombres caminan en grupo entre los andenes en silencio porque la estación es bulliciosa, pero nadie habla. Algeciras delimita sus preferencias. Hay una ruta permanente con su ciudad hermana de La Línea y numerosos autobuses a Tarifa. Cádiz, Málaga y Sevilla son sus miradas al exterior para un territorio que se siente gaditano sólo a medias porque durante años parecía que la provincia la dejaba a su suerte.
Hace sólo un par de años que el Campo de Gibraltar tiene una conexión de autovía con Jerez, pero hacia Cádiz permanece el obsoleto aglomerado asfáltico de un desastre llamado N-340, con diferencia la carretera con mayor siniestralidad de la provincia. Por ella avanzamos entre los primeros molinos eólicos del contienente que miran a África para llegar a Tarifa. Tarifa es otra cosa. A sólo dieciocho kilóemtros de Algeciras cómo cambian las cosas. Los extranjeros de aquí no son sospechosos de ser culeros, ni sin papeles, ni pertenecientes a mafias mugrientas. Los extranjeros de aquí son guays, como estas cuatro chicas alemanas que llevan hasta los topes bolsas con fotos de caucasianos bien parecidos que anuncian vaqueros raídos completamente nuevos. Mientras los jóvenes magrebíes que he visto en Algerciras intentan vestir bien con ropa barata, las jóvenes alemanas con las que hablo en Tarifa intentan vestir mal con ropa cara. “Estaremos en Cádiz cuatro meses”, dicen alegremente, “pero es para quedarse toda la vida” (traducción libre, por supuesto). Y claro que es para quedarse toda la vida en esta ciudad que parece una sucesión d e viñetas de comics. Paseo por su calle dedicada a Franco y me adentro en el 'tbo' entre tiendas donde leo Lifestyle, No Work Team, Cat Fun, Xtreme, Kite School. Sus bares están revestidos de madera de colores, siempre con las tablas de surf como denominador común y una marcada adoración a la piratería y su estética rebelde. Puede ser esa rebeldía como en una tienda de vestuario cool a la que se accede flanqueado por una bandera de España con el aguilucho y otra de la comunidad de Madrid, o esta otra en la que el símbolo es una DKV y las flores de los pelos de los hippies. Todo vale en la contraculturalidad tarifeña. ¿Lo ves, Guzmán el Bueno, como hay gestos que no son en balde? La invasión del punto más meridional de Europa no viene del sur, sino del acaudalado norte. Lo confirma un británico que de joven era clavado a Paul Newman, su mujer, y otra parejita de chavales holandeses con grandesmochilones a sus espaldas y que denotan su más reciente procedencia con una bolsa de Tío Pepe con dos botellas.
Penúltima etapa del viaje a las cinco de la tarde del tercer día. La estación, situada frente a la discoteca New, es una barraca de Comes muy concurrida.
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