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Gallos sin cabeza

Galería del crimen

Bernardo Carro, un apacible jubilado que cumplía su sueño de vivir en el campo, apareció muerto con un cuchillo en la garganta l El crimen se resolvió, pero nunca se conocieron los motivos

14 de marzo 2009 - 05:01

HAY crímenes que tienen su qué, su dónde, su cómo y su quién, pero no tienen su por qué. A cambio, tienen otras cosas. Por ejemplo, un reguero de gallinas decapitadas, decapitadas a mano. No suelen morir así las gallinas y no es tan fácil encontrar quien les arranque el pescuezo de cuajo. Tronchan el cuello y lo arrancan. Eso llevó precisamente a la resolución del crimen del Berrueco. A falta de un por qué, de un móvil, estaban las gallinas y el hombre que les arrancaba la cabeza sin necesidad de un cuchillo.

Esta es la historia de un crimen donde muere un hombre y siete pollos, que es el qué. El dónde necesita alguna explicación más. Chiclana es el mayor disparate urbanístico entre los disparates urbanísticos de la provincia. Alrededor de un núcleo interior, se dispersa hacia la playa, al campo, a los antiguos viñedos, a los polígonos. No hay nada compacto. Y así Chiclana se va difuminando en el mapa sobre el término de Medina Sidonia a lo largo de cientos de campitos con cabañas de autoconstrucción. El dónde es El Berrueco, donde se diseminan los corrales, las cochineras, las vallas artesanas. Subiendo hacia Medina, los campitos. El dónde es Los 13 Carros, un campito al que da nombre el apellido de su apacible propietario, Bernardo Carro, y sus 11 hijos.

El cómo está en la noche del 17 de noviembre de 1999, en unas puñaladas, en una estocada mortal en la garganta con un cuchillo de cocina, en un vendaval de desorden sobre la víctima, en las herramientas tiradas en cualquier sitio, en los cochinos en una caótica libertad, en una sepultura de ropa y en cinco gallinas muertas y dos más sin cabeza en el sendero. Ese es el escenario que se encuentra un vecino a la mañana siguiente, que no quiere mirar más, que llama a la familia y encuentra a la víctima, Bernardo, con el cuchillo aún clavado bajo la cordillera de ropa. Tenía las manos atadas con un grueso rosario de cuentas que hasta la noche anterior decoraba las paredes.

El quién lleva por nombre Juan Eusebio Moreno Aragonés, ex militar en la cincuentena, un veterano del Sáhara, de los que lo entregaron a la Marcha Verde a mediados de los 70. Acabó en El Berrueco como podía acabar en cualquier otro sitio. Bebedor incombustible, conoció a su víctima en la venta que operaba como club social de los campitos de la zona. El día del crimen, según su confesión, empezó a la una y media de la tarde a trasegar vermú. Dos botellas se pimpló. Luego se pasó al moscatel y terminó con el anís. Dando camballás llegó a su casa, donde vivía con su compañera, a la que habitualmente gritaba, amenazaba y zurraba. Ella le dio ese día la cena en la cama y le soltó unos tranquilizantes. KO. Durante meses esa fue su coartada.

Bernardo Carro, de 75 años, era todo lo contrario. Había llevado una vida sosegada con un trabajo fijo en los muelles de Cádiz en la empresa Mapor como oficial primero de albañil. Tras su jubilación compró 7.000 metros en ese enclave donde todo lo construido era ilegal y se dedicó a lo que siempre había soñado. Allí pasaba la mayor parte del tiempo, rodeado de animales y de su huerto. Campechano y generoso, dos días antes había regalado un pollo a Moreno Aragonés. Ahí parecía que se acababa la relación.

Esto es todo lo que tenían los investigadores. Y empezaron a darle vuelta a lo de los pollos. La familia de la víctima ya adelantó que su padre era incapaz de matar a un bicho. "Cuando había que matar a un gallo, se lo llevaba a la vecina para que lo hiciera". La vecina, que los mataba con cuchillo, lo confirmó. ¿Cómo matan aquí a los pollos? "Pues cómo los vamos a matar -contestaron en la venta- cortándoles el cuello con un cuchillo".

Moreno Aragonés era un sospechoso más. Tras la indiferencia inicial del primer día, paso a beberse, con el resto de la dieta habitual, todos los días el periódico. Cuando se publicó que había huellas en la casa de Carro, apareció al día siguiente con las yemas de los dedos quemadas. "Me quemé con el horno".

La clave estaría en su compañera. Hay coartadas que uno debe cuidar y en eso el veterano del Sáhara no estuvo listo. Una zurra a destiempo y su compañera cantó. En su declaración a la Policía reveló el hecho al que ellos habían estado dando vueltas. "¿Saben quién mató al pollo que le regaló Bernardo? Fue Eusebio. Lo cogió y le arrancó la cabeza con sus propias manos. Bernardo y yo miramos para otro lado". El resto de la declaración era confusa. ¿Cómo iba a haber sido Eusebio el asesino si ese día llegó tajado a casa? Todo el mundo vio cómo ella se lo llevaba a casa arrastrando. El se despertó, contó ella, y dijo que se iba a dar una vueltecita. Volvió horas después empapado en sangre y dijo "he matado a un hombre". Ella, entonces, no se creyó la historia.

La confesión podía ser despecho, pero uno de los investigadores quiso insistir en lo de los pollos. Preguntó, estudió. ¿Vosotros sabéis cómo matan a los pollos en el Sáhara? Curioso dato. Nadie se había planteado nunca en la brigada los diferentes modos de matar a un pollo. Arracándoles la cabeza. No retorciéndoles el pescuezo, que podría darse en cualquier sitio. No. Les arrancan la cabeza.

Cuando Moreno Aragonés fue detenido y se le incidió sobre ese asunto, pareció mostrarse sorprendido. "En la pedanía todo el mundo mata así a los pollos". "No, Eusebio, eso no es cierto". "El pollo que me regaló lo mató el propio Bernardo". "No, Eusebio, sería la primera vez. Tú mataste a los pollos y tú mataste a Bernardo".

En el juicio el ex militar jamás reconoció el crimen, pese a que su ex pareja le señalaba. La última sentencia del caso dice: "Con intención de acabar con la vida de su vecino, entró en la vivienda, cuya puerta estaba abierta, y ya en el dormitorio en el que Carro se encontraba durmiendo en la cama, le asestó una primera puñalada en el cuello con un cuchillo que portaba, lo que causó una herida mortal de necesidad. La víctima se despertó e intentó defenderse cogiendo el cuchillo con su mano izquierda. Entonces hubo un forcejeo y el acusado le asestó varias puñaladas. Ya muerto Carro, Moreno Aragonés cogió un cuchillo de cocina, se lo clavó al fallecido en la garganta y dejó el arma sujeta con la mano derecha de la víctima, que yacía en el suelo del dormitorio. Y después, para simular un intento de robo en la casa, esparció objetos y enseres de la vivienda por el suelo de todas las dependencias. También arrojó por la finca herramientas que había en un taller o almacén. Y del gallinero cogió siete gallinas y las mató: a cinco les retorció el pescuezo y las esparció por las inmediaciones. A las otras dos les arrancó la cabeza y las colocó en el surco del carril de acceso a la finca".

No acudió a robar, no había enemistad reconocida, se despertó de una borrachera expresamente para matar. ¿Por qué? No todas las historias, aunque tengan un final, son completas.

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