Dentro del barrio 'búnker'

Lugares degradados El lado más sucio de las drogas vuelve a estar en la calle

Recorrido por dos de los principales focos de venta de droga en la provincia: la barriada José Antonio, en El Puerto, y El Chicle, en Jerez · La crisis devuelve traficantes a la calle, según las coordinadoras antidroga

Johnny, José y El Largo, del grupo de rap DPC, ante uno de los grafitis de la zona sur de Jerez.
Johnny, José y El Largo, del grupo de rap DPC, ante uno de los grafitis de la zona sur de Jerez.
Pedro Ingelmo

18 de enero 2009 - 05:01

Observo desde un ventanuco un gorila, un mono gigante al fin y al cabo, pintado en un muro con ojos agresivos inyectados en sangre y largos colmillos. Es el rey de esta selva. Bajo este ventanuco, entre dos bloques de chabolismo vertical unidos por tendederos donde se airean ropas viejas, una cola de gente sucia, unos seis o siete, espera su turno ante un portal sin puerta. El 'aguador', un veinteañero malencarado con rasgos de anciano, pone orden. Su tarea es múltiple. Otea el exterior de esta guarida de traficantes por si aparece la pasma, capta clientela en los alrededores y da la vez a los yonquis, de los de antes, demacrados y mugrientos, ocultos bajo las capuchas de sus sudaderas. Bajo este ventanuco se encuentra la barriada José Antonio de El Puerto, un gueto de 96 viviendas a menos de diez minutos andando de la principal calle comercial. En estas 96 viviendas hay 19 puntos de venta de droga. El mejor es ese lugar donde hacen cola los desgraciados, un bajo en el epicentro de la calle Doctor Pasteur. Por comerciar en ese punto se pagan 500 euros a la semana. Hace apenas cinco años había 32 puntos de venta de droga y ese mismo inmueble se pagaba a 3.000 euros la semana, pero también es verdad que la afluencia crece con los días, que se ven nuevas caras, "los que entran con relativo buen aspecto, a hurtadillas, y al mes ya los ves como a todos, convertidos en habituales, abandonados en la ropa y el aseo". Me lo cuenta un espectador de esta degradación, alguien que vive en el ventanuco.

Tres bloques junto al cementerio parapetados en el muro trasero de una bodega, tres callejones infectos que la limpieza pública baldea una vez a la semana arrastrando orines, desperdicios y mierdas. Dentro de las casas, nidos de cucarachas. Las hay a miles, como comprobaron albañiles enviados por la Junta cuando parcheaban un techo que amenazaba derrumbe. El 'búnker' perfecto.

En el exterior, precisamente en la puerta del cementerio, ya se percibe que entrando por el callejón paralelo a la calle Cervantes que da acceso a la barriada, se entra en un mundo con sus propias reglas. Ese callejón es un agujero negro que se traga a drogadictos en grupos de tres y cuatro. Trankimazin, metadona, heroína, cocaína en polvo y en roca, ligaillo. Dentro se comercia con todo. Fuera, una dotación de la Cruz Roja con la puerta trasera abierta entrega bocadillos y café. "A mí no me han dado. Me han dicho que no me dan", se queja una chica con mil años en los ojos y las uñas roídas pintadas de rojo sin uniformidad, como a brochazos. "Anda, muchacho, dame para un café".

Es una excepción. El intruso es escrutado, vigilado por mil ojos, pero nadie se dirige a él. Afinan el olfato por si huelen miedo. Hoy hay silencio. Hace unas horas ha habido una reyerta, una más. La ambulancia se ha llevado a un hombre con tres cuchilladas. Ha pagado con ellas el cadenazo que el día anterior le pegó en la cara a un muchacho de otro clan. El arsenal es inmenso. La Policía ha llegado a encontrar una pistola desmontada en un retrete. Se la habían robado a un agente en una de las redadas. También hay catanas, cuentan los vecinos que sufren la situación en este lugar dejado de la mano de Dios, vecinos que no se identifican porque tienen el miedo como una segunda piel. "Es lo que llaman la 'ruta de la plata', aquí se farda de que está la mejor droga de la provincia y también la peor, la más barata". Las leyendas urbanas cuentan que, como en los años del caballo, se han vuelto a ver jeringuillas en las escaleras. En una esquina, ante un andrajoso que orina, se intuye el aroma dulzón de una papela que arde.

Hay niños en esta barriada porque lo dice un triciclo desvencijado. Se ve gente en los portales que dan accesos a miserables y estrechas escaleras. Una mujer lleva su carro de la compra a la peor zona. "Esto es vivir en el fuego". Dicen que los servicios sociales apenas si aparecen por aquí, que se abandona a esta población a su suerte.

Tras estos muros de ventanas tapiadas, hay pisos insalubres de cincuenta metros. Los puntos de venta cuentan con puertas blindadas atravesadas por vías de tren robadas. Tras estos muros vigilados por el cráneo de un mono gigante se encuentra el gran supermercado de droga de la Bahía.

A pocos kilómetros, en la zona sur de Jerez, navegable cuando llueve, se encuentra otro de los barrios degradados, El Chicle. A la zona sur se baja por una empinada cuesta. La primera casa es un resto del viejo chaboleo de Estancia Barrera, núcleo derribado en su día para levantar una gran chabola metálica, un bloque de viviendas sociales que se bautizó como el Titanic, un hundimiento célebre. La casa superviviente tiene antena digital y en la puerta está aparcado un 4x4 de reciente matriculación y un deportivo con los bajos embarrados. Su fachada alterna un blanqueo que ya amarillea y ladrillos vistos chapuceramente colocados entre pegotones de yeso.

Quedamos, ya en el "boquete", con dos raperos: Johnny, un joven de 21 años con cara de niño avispado, y El Largo, de apropiado mote. Nos darán un paseo por su distrito, el 11408, un número que se ha convertido en un grito de guerra contra el abandono. Está en todas las paredes, pintado bien grande: 11408. Es eun rap y la crónica de un fracaso.

El Largo se fue cinco años a la Armada y volvió al barrio. "Me lo encontré igual", cuenta delante de una desangelada parroquia coronada con alambres de pinchos y cristales cortados. La puerta del templo es chapa azul con decenas de mensajes labrados a navaja. Junto a la parroquia, un campo de futbito con vallas arrancadas y un parque infantil con una casita de colores de madera. En ella, cuenta El Largo, se fuman las papelas. "¿Qué niño va a jugar aquí?".

El lugar estelar es la calle Z. Al llegar a ella reparamos en una espiral negra de neumático quemado. "Un chaval empezó a hacer ahí barbaridades con su BMW. ¿Cómo ese niño tiene un BMW?". En el camino hemos visto algunos buenos carros y motillos para las que no existen sentidos obligatorios ni en la calzada ni en la acera. Las reglas de tráfico se interpretan de manera laxa y no hay policías para hacerlas cumplir.

A la espalda de la calle Z se experimenta con una granja urbana. Entre varias casas hay un pequeñísimo solar donde las gallinas y los gansos dirimen sus diferencias ante un hábitat de escombros y piezas de coches desguazadas. Justo enfrente está la casa de Johnny, eternamente inacabada: "No puedo terminarla porque me roban los materiales". Otra casa cercana tiene la puerta tapiada y se ha abierto otra metálica, robusta, con una ventanilla. Nos miramos los unos a los otros: bien, vale, es para lo que es. "A veces te llevas sorpresas. Hay casas que cambian rápidamente de manos, pero otras veces te enteras que un vecino, del que ni sospechabas, ha sido detenido con tantos gramos de cocaína. Hay tan pocas oportunidades que muchos tiran por el camino fácil. Los billetes están ahí, sólo tienes que cogerlos. Lo contrario es esperar que te llegue un trabajo que ahora no llega nunca".

Sobre todo ello escribe Johnny desde su habitación, que da a esa espalda de la calle Z. También se ve una guardería, donde El Largo estuvo de chico. La guardería está rodeada de barrotes y sólo el color pastel del metal y dos resplandencientes niños pintados con cabellos amarillos y rojos que parecen de una galaxia distinta informan de que es un centro infantil.

Durante el largo paseo en el que los raperos nos cuentan que algún día saldrán del barrio, pero el barrio nunca saldrá de ellos, observamos grupos de adolescentes en las plazas haciendo aparentemente nada, jugando a que pelean, compartiendo litrona. En esas plazas consiguen posturas de hachís, es el menudeo. El gran negocio está en los 'búnker' de la calle Z. Es con lo que Johnny y El Largo han crecido. Johnny dice que se tatuará el 11408 en el vientre. "Como un tatuaje taleguero que vaya siempre conmigo. Yo estuve allí. Yo sobreviví al 11408".

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