West Side Story | Crítica ¡María, María!

  • Conmovedor y tierno, deslumbrante y lleno de una energía contagiosa, el histórico musical escrito por Laurents-Sondheim-Bernstein cautiva al público del Teatro de la Maestranza

Un momento de la representación de 'West Side Story' en el Maestranza. Un momento de la representación de 'West Side Story' en el Maestranza.

Un momento de la representación de 'West Side Story' en el Maestranza. / Antonio Pizarro

Dos bandas hostiles que luchan por la supremacía en el barrio, entre las tiendas de la esquina y los puentes del West Side. Los Jets y los Sharks, unos Montescos y unos Capuletos de finales de la década de los 50, son los protagonistas de una historia muy poderosa que combina la imaginación y el virtuosismo de Arthur Laurents, el autor de la obra en que se basa el musical, con estas mismas virtudes de Stephen Sondheim y Leonard Bernstein, autores de letra y música de las canciones, con la fantástica puesta en escena de Federico Barrios en su adaptación española para la producción que nos ha hecho disfrutar de esta maravilla en el Teatro de la Maestranza. Un espectáculo conmovedor y tierno a la vez que deslumbrante; una obra incandescente que nos hace ver la belleza que hay, a veces demasiado escondida, entre la basura de la calle.

Una basura compuesta por la hostilidad y las sospechas entre las bandas, por el racismo y el machismo, pero incluso cuando las navajas destellan y proliferan las patadas en las costillas, los matones adolescentes que aparecen en este renacimiento de West Side Story son chavales de la calle que nos parecen incluso agradables, que se ven envueltos en una tragedia oscura y patética porque en realidad ninguno comprende lo que le está sucediendo.

La música y el movimiento de los bailes les dan pasión y profundidad, todo contribuye a mostrarnos lo salvaje del entorno y el éxtasis y la angustia de los personajes que se hallan en él, pero en cuanto Tony, de la banda de los Jets ve a María, de los Sharks, la magia de una historia inmortal se afianza. Javier Ariano y Talía del Val están perfectos en sus papeles: idealista él, virginal ella, brillantes los dos intentando cruzar la división étnica que les separa para perseguir juntos el sueño de la felicidad. Dos personajes con matices de carácter específicos y sorprendentes que les hacen responsables de su destino en lugar de víctimas pasivas.

María y Tony, los personajes protagonistas, durante el espectáculo. María y Tony, los personajes protagonistas, durante el espectáculo.

María y Tony, los personajes protagonistas, durante el espectáculo. / Antonio Pizarro

El motor de este musical siempre ha sido la juventud; la energía aterradora y llena de adrenalina de los jóvenes es lo que establece el tono y los ritmos del espectáculo. Y aunque todo el cuerpo de baile está a una altura celestial son las mujeres las que gobiernan aquí. La mayor sorpresa de la obra es Anita, un personaje muy desdibujado en la película que todos tenemos en mente, pero que aquí es una maravilla, llena de entusiasmo y de agudeza crítica. El papel lo encarna Silvia Álvarez y se apodera del escenario cada vez que aparece en él. Ella es puro regocijo físico y Talía es luz; y cuando están las dos juntas se produce una tormenta perfecta que te arrasa los ojos y te oprime el corazón.

Otro momento de la función. Otro momento de la función.

Otro momento de la función. / Antonio Pizarro

Talía posee una voz de soprano fuerte y emocionante que hace memorables las canciones que interpreta, ya de por sí formidables, pero que con ella exudan lirismo. Y Javier es el compañero perfecto para escenas como la del balcón en el paisaje de fuego de una triste vivienda, o la gloria de las nupcias. Cuando ellos juntos cantan Esta noche es difícil no derretirse en una dulce y empática agonía adolescente. El primer amor que sienten Talía y Javier, María y Tony, en última instancia, solo es una cuestión de impulsos programados, pero las emociones que inspira, como nos recuerda su hermoso dúo con tanta intensidad, puede transformar el erotismo, al que también se entregan, por supuesto, en una inocencia verdaderamente paradisíaca.

Un nuevo momento de este clásico del musical. Un nuevo momento de este clásico del musical.

Un nuevo momento de este clásico del musical. / Antonio Pizarro

Después llega el terror del rumor, el clímax devastador que convierte el humor sardónico de Silvia en la mentira oscura que todo lo cubre hasta el final, en el que la esperanza no tiene cabida. La colorida coreografía de las chicas latinas que habían estado cantando las excelencias de América choca frontalmente con la crudeza del ballet espasmódico de ahora durante la violación y el final no puede ser otro que la sombría quietud que acompaña la caída del telón.

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