Crítica de teatro Otra flor de otoño

Los actores Kike Guaza y Nacho Guerreros durante la representación de Juguetes Rotos el pasado sábado en teatro municipal Pedro Muñoz Seca. Los actores Kike Guaza y Nacho Guerreros durante la representación de Juguetes Rotos el pasado sábado en teatro municipal Pedro Muñoz Seca.

Los actores Kike Guaza y Nacho Guerreros durante la representación de Juguetes Rotos el pasado sábado en teatro municipal Pedro Muñoz Seca. / Andrés Mora

Juguetes Rotos  

Teatro Municipal “Pedro Muñoz Seca” de El Puerto de Santa María. Día: Sábado 23 de Febrero de 2.019 Aforo: Lleno. Autora: Carolina Román. REPARTO Nacho Guerreros, Kike Guaza Dirección: Carolina Román. Ayudante de Dirección: Olga Margallo Diseño de Escenografía: Alessio Meloni (AAPEE) Luz: David Picazo Diseño sonoro: Nelson Dante Diseño de Vestuario: Cristina Rodríguez Ayudante de Vestuario: Unai Mateos Fotos: Bárbara Sánchez Palomero Fotografía Cartel: Sergio Parra Diseño de caracterización: Chema Noci Producción: Henar Hernández Director de Producción: Fabián Ojeda Producción: Producciones Rokamboleskas

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Al ver esta obra, a los que ya no somos jóvenes, se nos vino a la memoria una película del año 1978 dirigida por Pedro Olea y protagonizada por José Sacristán, “Un hombre llamado Flor de Otoñó”, pero también películas rompedoras, como “Ocaña, retrato intermitente”, “Pink Flamingos” o “Priscilla, reina del desierto”.

El protagonista de esta función que vimos ayer, trabaja en una oficina y una llamada telefónica hace que su vida cambie para siempre. A lo largo de la obra, le vemos vivir su infancia, su adolescencia y las dudas sobre su identidad sexual. Se siente prisionero en su propio cuerpo, un cuerpo que le pide ser otra cosa distinta a la que le obligan a ser en una sociedad incapaz de comprenderle, pero, a pesar de todo, decide enfrentarse a la realidad, sin saber si ello le dará la felicidad o le hará sufrir.

La historia se sitúa en los años 60 y 70, en una Barcelona que, aunque dominada por los tabús impuestos por el franquismo, contaba con travestis y transexuales famosos en la ciudad, pero vistos por la burguesía como elementos curiosos y anormales, como bufones para su divertimento.

Este proyecto, que nació también con enorme éxito en la Argentina de su autora, propone una reflexión sobre la identidad sexual, centrada particularmente en las décadas del 60 y 70, como contrapunto del presente; un período de cambio social que redefinió lo que la sociedad calificaba de normal.

El protagonista, Mario, Nacho Guerrero, que no abandona el escenario durante toda la función, va presentando su transformación progresiva, con sus dudas y sus anhelos y su encuentro con el personaje interpretado por Kike Guaza. Uno ha tenido la valentía de dar el paso, el otro no, pero ambos se comprenden y ayudan a vivir sus dudas en una sociedad que no les comprende.

A lo largo de la función, Kike Guaza va interpretando diversos personajes sacados de la vida real según relatos de personas reales llegados a oídos de la autora. Carolina Román fija su atención en el homosexual de pueblo, educado entre secretos y prejuicios, siempre con miedo a ser lo que realmente siente que es. Le vemos acariciar la ropa de su madre soñando con ser María. Le seguimos a lo largo de su infancia y juventud y asistimos a sus primeros encuentros sexuales, siempre secretos, siempre a escondidas, su miedo a ser descubierto por su familia y sus conocidos, hasta que incapaz de soportar por mas tiempo la angustiosa situación que vive, se va a la gran ciudad.

En Barcelona, conoce a una vedette transexual que lo acepta tal como es y lo introduce en la parte mas sórdida de la historia, haciéndole enfrentarse a la prostitución, al miedo al sida, al miedo a la policía.

La escenografía nos presenta un paisaje sucio y feo, un palomar en el que el protagonista se refugia y se enfrenta y sufre la brutalidad de su primo que representa la brutalidad del macho, escenografía diseñada por Alessio Meloni, con iluminación de David Picazo, no demasiado acertada para mi gusto. Esos tres personajes, el primo y el tío de Mario, primero, y Dorín, después, componen el universo en el que se mueve el protagonista, la brutalidad y la vitalidad desbordada.

La obra nacida en Argentina triunfó en el “Teatro Español” de Madrid y ahora es la favorita para los próximos premios Max de las Artes Escénicas, sin embargo, todos sabemos que ni los Óscar, ni los Goya, ni los Nobel, otorgan siempre sus premios a los mejores. En mi opinión la obra no está totalmente conseguida, no es una pieza “redonda”, adolece de muchos fallos, el sonido deja mucho que desear y hace que parte de la historia no llegue al espectador por fallos de audición. Tampoco está bien resuelta la parte en que se nos muestra la infancia del protagonista mostrándonoslo sobre un caballo de cartón, escena totalmente ridícula y la aparición en escena de la vedette de la que se hace amigo el protagonista, es forzada y sobreactuada.

En definitiva, una función que pudo haber sido mucho más de lo que es, un planteamiento brillante pero un desarrollo mediocre.

A pesar de todo, el público que llenó en Teatro Pedro Muñoz Seca, los numerosos aficionados al teatro de nuestra ciudad, que ya tenían hambre de teatro, disfrutaron de la función y premiaron a los intérpretes con una prolongada ovación al final de la obra.

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