Tribuna Libre

Las hermanas Comendadoras, un regalo de Dios para El Puerto

Las hermanas Comendadoras, un regalo de Dios para El Puerto. Las hermanas Comendadoras, un regalo de Dios para El Puerto.

Las hermanas Comendadoras, un regalo de Dios para El Puerto. / Arévalo

¿Se pueden cumplir 546 años en El Puerto y estar actuales, responder a las necesidades de la sociedad y vivir el Evangelio de forma radical siendo fieles a la raíz, al objetivo primero? Las Hermanas Comendadoras, con su tarea de amor y de entrega sin límites demuestran que sí es posible.

El confinamiento impuesto por la pandemia del Covid 19 ha llegado a todos los portuenses por sorpresa y con ello han surgido en numerosos hogares y personas con escasos recursos, la necesidad de acudir al torno situado en la calle del Espíritu Santo, donde hace más de quinientos años se le atiende a los más necesitados. El alma del fundador de la obra, Beato Guido de Montpellier, sigue aún hoy en día dando sus frutos aunque adaptándose a los nuevos tiempos.

Nacido en Francia, perteneció a una señorial familia, sin embargo tras la muerte de sus padres abandono la nobleza para hacerse servidor de los pobres. Aún teniendo su propia Regla, las prescripciones que aún contienen proceden de la Regla de San Agustín. La caridad es el fin supremo de la Orden del Espíritu Santo haciendo en su Regla un capitulo especial: “Que los hermanos – dice – practiquen la caridad con todos los hombres y se esfuercen en hacer reinar entre ellos la paz y la concordia”.

Así las Hermanas Comendadoras, 546 años después de su fundación en la ciudad, fieles al carisma del Instituto y continuando el camino marcado por el fundador siguen preparando comida para los necesitados. Si bien ya no existe el hospital donde se curaba a los enfermos o se recogían a los niños expósitos, si alivian las necesidades espirituales de todas las personas que llaman al timbre del monasterio cuyas puertas están siempre abiertas para atender con su vida de amor y su entrega al prójimo. Son sal en el mundo, testimonio de pobreza, de humildad, de vida religiosa íntegra y coherente.

Ahora más que nunca las hermanas, al igual que el fundador de la orden, se han convertido en servidoras de los más necesitados, entregando comida y exponiendo su propia salud sin dudarlo como heroínas de la caridad. Ahora con las aulas del colegio clausurado por el Estado de Alarma y con su actividad cotidiana aparcada debemos los portuenses reconocerles el merito de su labor, que aunque para ellas forme parte de su ministerio no por ello debe ser menos valorado.

Considero que muchos portuenses estarán de acuerdo que se merecen el máximo reconocimiento por parte de la ciudad, solicitando desde estas líneas al ayuntamiento y una vez concluida la pandemia, la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad por su desinteresada labor, que aunque no sea novedosa nunca se ha valorado hasta ahora. Su caridad y valor al exponerse desde su clausura a una enfermedad de tal magnitud sin tratamiento y teniendo en cuenta la existencia de hermanas de una edad muy avanzada que podrían sufrir un contagio indirecto por la labor que sus hermanas realizan, son motivo suficiente para otorgarle dicho reconocimiento.

Ellas viven el seguimiento a Cristo cada día en la pobreza, en la radicalidad del Evangelio, sirviendo a la gente, con la participación en la santa misa y su vida monástica. No resulta sorprendente que los portuenses amen a estas religiosa porque ven en ellas a Cristo. Que vuestra labor continué por siempre, gracias.

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