Teatro/'Réquiem por un campesino español'

Recuerdos de la Guerra Civil

  • La representación puso en la noche del sábado el punto y final a la programación de primavera del teatro municipal Pedro Muñoz Seca

Los actores, saludando al término de la función en el teatro Pedro Muñoz Seca.

Los actores, saludando al término de la función en el teatro Pedro Muñoz Seca. / D.C.

Seguramente la obra teatral que vimos el sábado en el teatro municipal Pedro Muñoz Seca, última del ciclo teatral de Primavera programado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de El Puerto de Santa María este año sea la más significativa y más personal del gran escritor Ramón J. Sender (junto a Crónica del alba), con un texto representativo del realismo social de posguerra y de hasta qué punto, según la tesis del autor, fue “civil” la guerra de España.

La novela en la que se basa esta obra teatral fue escrita por Ramón J. Sender en 1953, pero no se publicó hasta 1974. En 2021, con motivo del 120 aniversario del nacimiento de Sender en Chalamera (Huesca), Teatro Che y Moche (compañía, aragonesa igual que él), llevó a los escenarios el Réquiem, según una adaptación realizada por Alfonso Plou, que también se encargó de la dramaturgia junto a Joaquín Murillo y Marian Pueo, con la ayuda de los actores Joaquín Murillo y Saúl Blasco que se mueven como pez en el agua en un espacio escénico diseñado por Óscar Sanmartín con ilustraciones también suyas que, con pocos elementos, llenan el escenario.

Sería injusto no destacar la construcción del Cristo (desmontable) y de los títeres, realizados todos por Agustín Pardo. La obra no sería la misma sin el vestuario de Arantxa Ezquerro y la iluminación y la dirección técnica de Tatoño Perales, todo bajo la dirección y puesta en escena de Marian Pueo.

El párroco de un pueblo aragonés se dispone a oficiar misa por el alma de Paco el del Molino, un joven noble y sencillo al que bautizó, casó y también dio la extrema unción. El sacerdote nos revela los prolegómenos, sus lazos estrechísimos con la víctima, quienes lo hicieron ejecutar y quien propició, sin quererlo, esa muerte.

Sender puso su estilo sencillo y sobrio al servicio del drama y Teatro Che y Moche logró una adaptación muy aceptable aunque no todos los espectadores captan todos los fines previstos en la adaptación.

A fin de favorecer la acción teatral se incluye la figura de un sacristán que contribuye a vertebrar las transiciones entre unas y otras memorias, por el texto que se le ha concedido y porque el actor que lo interpreta (Saúl Blasco) hace lo propio asimismo con Paco el del Molino, el padre del campesino, con la bruja o los muñecos articulados por los instigadores del asesinato.

Los recuerdos del cura (Joaquín Murillo) llegan al espectador como un torrente y las travesuras del pequeño Paco como monaguillo, nos inspiran ternura al escuchar su primera confesión y su noviazgo con Águeda así como los últimos instantes recreados en el escenario con una austeridad y una crudeza impresionantes.

Presente y pasado se entrecruzan en el escenario, tanto de la mano de Mosén como por la escenografía sencilla, refinada y simbólica a base de una estructura de puertas y casetones donde se reproducen escenas de violencia, que nos ofrece escenas del interior de la iglesia, de la casa del campesino o de la cárcel.

Magnífico colofón de este ciclo teatral que gustó mucho a los espectadores que llenaban el teatro Pedro Muñoz Seca.

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