Crítica de teatro/'Rojo' Pasión, corazón, vino, rosas, pintalabios... ¡Rojo!

  • Lleno en el teatro Muño Seca para ver la obra 'Rojo', protagonizada por Juan Echanove y Ricardo Gómez

Juan Echanove y Ricardo Gómez, sobre el escenario. Juan Echanove y Ricardo Gómez, sobre el escenario.

Juan Echanove y Ricardo Gómez, sobre el escenario. / Juan Ayala

El pasado sábado 27 de abril se representó en el teatro municipal Pedro Muñoz Seca la obra Rojo,  ganadora de seis premios Tony y uno de los mayores éxitos teatrales actuales en la escena internacional.

Marcus Rothkowitz, conocido como Mark Rothko, fue un artista nacido en Letonia, que vivió en los Estados Unidos y formó parte del movimiento artístico “expresionismo abstracto” cuya vida y obra, le sirvieron a John Logan, para componer el montaje de Rojo, función reconocida en todo el mundo con el mensaje de que “la identidad de los individuos viene dada por su pertenencia a determinada generación…con sus épocas de ascenso y de decadencia”, aunque durante toda la función la sombra de Caravaggio, Picasso, Pollock, Van Gogh y Warhol planea sobre la escena y sobre los personajes.

Las crisis de los artistas, las coyunturas en las que se ven implicados y su forma de superarlas o fenecer en ellas son un recurso recurrente en la narrativa actual, ya sea novela, teatro o cine. Podemos verlo en la película de Pedro Almodóvar Dolor y Gloria, actualmente en nuestras pantallas o en la obra vista hace poco en este mismo escenario, Señora de Rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes con José Sacristán de protagonista.

Rothko y sus compañeros de generación hicieron evolucionar el arte de la pintura, desde el surrealismoimponiendo el expresionismo abstracto, pero también ellos vieron llegar el momento de como sus cuadros eran dejados de lado por las obras de una joven generación liderada por Andy Warhol y el “arte pop”.

Y ese enfrentamiento generacional, es la base de la historia que nos ofrece John Logan enfrentando al famoso pintor, con su joven ayudante Ken, también pintor, interpretado muy convincentemente por Ricardo Gómez.

La obra iba a ser dirigida por Gerardo Vera, pero problemas de salud le hicieron abandonar el proyecto por lo que Juan Echanove, el protagonista de la función, le sustituyó sumando a su faceta de actor, la de director, tarea que ya había asumido anteriormente en varias obras como Conversaciones con mamá en 2013 o La asamblea de mujeres en 2015.

La escenografía realizada por Alejandro Andújar, muy efectiva, recrea el taller de pintura del artista que nunca trabajaba expuesto a la luz del exterior, buscando la luminosidad en sus propias obras, al estilo de Caravaggio, del que era un profundo admirador.

Los cambios de escena en los que pasamos de ver un cuadro a otro, se hace en la mas completa oscuridad con una duración que al espectador, en algunos casos, le resulta demasiado larga.

Está muy conseguida y eso es mérito del director, la escena en que artista y ayudante trabajan al unísono en el mismo cuadro a manera de dos bailarines que interpretaran un ballet, como si de un concierto de piano a cuatro manos se tratase, en el que ambos se comportan como los intérpretes de un ballet de movimientos perfectamente estudiados y sincronizados.

Muy acertada también la música que, cuando aún iba a ser director de la obra, eligió Gerardo Vera, que suena desde un viejo tocadiscos, rodeado de discos desparramados desordenadamente por el suelo.

Magnífica interpretación la de Juan Echanove, sobre todo en el desenlace, cuando, olvidando su “pose” de genio, se nos muestra como un simple ser humano, con sus limitaciones, sus miedos, sus contradicciones su frustración y su fijación con el rojo que utiliza en casi todos sus cuadros. Para él, el “El rojo es el latido del corazón. El rojo es pasión. Vino rojo. Rosas rojas. Pintalabios rojo".

Juan Echanove disfruta siendo Rothko y se siente protagonista, con razón, de la función, tanto como actor, como director. No interpreta al personaje, él es el personaje, como si un actor del “Actors Studio” o un discípulo del método de Stanislawski se tratara, mostrándonos de forma cruda al pintor que se expresaba como hombre y como artista, de una forma que daba la sensación de seguridad, pero que no hacía mas que ocultar su fragilidad. Orgulloso, petulante y egoista, pero consumido por la duda y la indecisión, entregado a su trabajo en cuerpo y alma, soñando siempre con una meta inalcanzable que al comprender que nunca conseguiría alcanzar, le hizo tomar la decisión de acabar con su propia vida algunos años después de la época de su vida que nos muestra la función.

Noche de gala para los numerosos aficionados al teatro de El Puerto que pudimos disfrutar de una función difícil de olvidar.

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