La opinión de Fran Quintana: No pasarán
Y llegó el día en que los poderosos, cansados de verse amenazados en su absoluta posición de privilegio a la que estaban acostumbrados, decidieron que ya era suficiente y no era necesario seguir disimulando que desprecian la libertad del pueblo, su legítimo depositario. Extendieron sus garras de poder por cuanta tierra hallaron, manejaron con sus tentáculos pegajosos la versión necesaria de medios afines, cancelaron la verdad hasta convertirla en mentira, y retorcieron la mentira hasta aparentarla verdad. Amos y señores de las redes, sus principales empresas de poder, no les fue difícil avalar consignas, con mecanismos propagandísticos tan antiguos como eficaces, tan simples y tan meméticos, hasta hacer creer a gran parte del pueblo que la libertad era otra cosa. Rescataron de entre los muertos a la intolerancia más básica, el odio más primitivo, el que se dirige al desposeído, al diferente, al disidente, al que viene de lejos… Presentarlo como delincuente y ladrón fue la perversa manera de desviar la atención y conseguir los apoyos necesarios. Como ya ocurriera en el pasado, tan reciente en generaciones (qué escalofriante que la memoria sea tan frágil…), el pueblo no tiene culpa de aceptar mensajes simples que le llegan en tiempos de mediocridad política, corrupción judicial y descrédito de la cultura. Ya se nos fueron las personas de Estado, aquellas con altura de miras que eran capaces de disentir sin atacar furibundamente, de mantener posturas firmes sin despreciar al contrario, las que dominaban la palabra hasta el extremo de no precisar la violencia. Un pueblo sin referentes éticos es un pueblo manipulable. Y la gente empezó a escuchar coplas de Carnaval de Cádiz, y empezó a molestarle la libertad, la más pura y real, la de cantar a aquello que no te gusta, que no te parece bien, o que te oprime. Y de forma inaudita, jamás vista en tiempos de democracia, se atacó al contenido ideológico de la copla, de un pregón, de unas mujeres que desde la sagrada libertad de nuestros carnavales usaban el escaso reducto limpio que nos queda a los pobres… la calle. Incluso a este mismo autor, insultado hasta el extremo en redes por la viralidad de una letra antifascista, se le pregunta al actuar con su comparsa en plena calle: “¿por qué no le cantas a Pedro Sánchez?”, o cualquier otra milonga, como si mi copla alguna vez hubiese estado a saldo de partido alguno. No, no les molesta lo que digamos, no se trata tanto de cancelar el contenido; se trata de cancelar la expresión. No les hiere lo que decimos tanto como QUE lo digamos. Aspiran a un mundo de mordazas, de expresión limitada y dirigida, de adscripción al ideario del poder. Les molesta terriblemente la disidencia y la libertad de expresión. Pero, ay, se han encontrado con un hueso duro, un hueso antiguo y muy jodido, el Carnaval de Cádiz. Porque si ya nuestros mayores pasaron por la represión más cruenta y despiadada, y aun así no consiguieron callarlos, no van a conseguir que sus legítimos herederos seamos tan infieles a nuestra memoria como para traicionarlos. No, no nos callarán. Algunos ya sospechamos que de esta saldremos algún día con los pies por delante, como ya me han dicho en alguna ocasión, o apuntado en alguna lista, como también me han dicho. Es lo que tiene el compromiso. Pero la copla permanecerá, siempre, limpia y pura, del pueblo para el pueblo, contra el poder y el poderoso, contra la imposición del odio. Los verdaderos carnavaleros no vamos a permitir que hagan de nuestros carnavales unas nuevas fiestas típicas folklóricas, de pescaíto en blanco y piropo adulador. El Carnaval de las Coplas, el Carnaval de la Calle, seguirá siendo la trinchera infranqueable para el fascismo. No, no pasarán.
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