Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
Fernando Torres jugó el último partido con el equipo de su vida, el Atlético de Madrid, al que lo une un vínculo inquebrantable, de emociones, pertenencia, corazón y sentimiento, como aficionado y como futbolista, ligado por siempre por un amor inusual en el fútbol moderno.
De Torres hacia la hinchada y de la hinchada hacia Torres, cuya imponente carrera -campeón de casi todo a nivel de equipos y selección- no se entenderá sin las rayas rojiblancas.
Desde niño, cuando fue por primera vez de la mano de su abuelo al Vicente Calderón o cuando probó en categoría alevín en el campo de Cotorruelo, cuando sobresalía por encima de todos. Hasta la despedida, cuando con el sueño cumplido de haber ganado un título con el Atlético, la Liga Europa.
Desde que el club lo reclamó para el primer equipo, como un impulso indispensable para un conjunto que viajaba en Segunda División; desde que debutó con el número 35, el 27 de mayo de 2001 en un Atlético-Leganés en el Calderón, o desde que, una jornada después, cabeceó su primer gol en Albacete y elevó las ilusiones de ascenso.
Ese año, el objetivo se escapó. No al siguiente, con la vuelta al banquillo del Atlético de Luis Aragonés, un entrenador del que aprendió muchísimo el 9, con el que ascendió a la máxima categoría y con el que debutó en Primera el 1 de septiembre de 2002 ante el Barcelona en el Camp Nou.
Torres ya era el ídolo del Calderón. Ahí permaneció durante siete temporadas. A las dos en Segunda -la primera desde el tramo final- le siguieron otras cinco en la élite, entre los mejores, como el alma de un equipo que aún se recuperaba tras el descenso.
Era la figura, el motor y el goleador indiscutible del equipo año tras año. Desde la 02-03, su presentación en Primera con 13 goles, hasta la 06-07, el último curso antes de poner rumbo al Liverpool, con 14 tantos, pasando por la 03-04 (19), 04-05 (16) y 05-06 (13). En total 75 goles, 18 de penalti, en 174 choques de Liga.
De ahí se despidió el 4 de julio de 2007. Había fichado por el Liverpool. Después fue al Chelsea, con el que ganó la Liga de Campeones (2012) y la Liga Europa (2013). Y luego al Milán, en el inicio del la 14-15, sin intuir quizá entonces que el destino lo dirigía hacia el lugar más deseado, hacia su origen, hacia su felicidad, al reencuentro con el Atlético.
Ahí inició su apasionante segunda etapa atlética. "Entré en el Atleti con 10 años. Para mí es mi casa. Tuve la suerte de jugar muchos partidos y marcar muchos goles. Uno puede tener muchas casas, pero sólo un hogar. Pude volver y ahora estoy disfrutando de un soñado Atleti campeón que disputa a los poderosos", dijo en abril cuando anunció su adiós.
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