Póker de Reinas | Crítica La textura de un siglo

  • Se reúnen aquí las semblanzas de los cinco hermanos del emperador Carlos V, todos ellos reyes, en su mayoría mujeres, y protagonistas, en gran medida, del siglo XVI

Juana I de Castilla, llamada 'La loca', pintada por Juan de Flandes Juana I de Castilla, llamada 'La loca', pintada por Juan de Flandes

Juana I de Castilla, llamada 'La loca', pintada por Juan de Flandes

Una oportuna atención a las mujeres de la Historia se une, en este Póker de Reinas, a cierta mirada familiar, dirigida a la progenie de Felipe el Hermoso y Juana I de Castilla, conocida como Juana la Loca, cuyos hijos capitanearían, en buena medida, los destinos del siglo XVI; esto es, el destino de la Modernidad, en su compleja y angustiosa trama. El acierto de Márquez de la Plata sería, pues, la presentación de estos personajes, no sólo como efigies capitulares de numerosos reinos, sino en su relación, política y humana, con la familia. ¿Y qué familia era esta que protagoniza el siglo de Miguel Ángel, de Cortés, de Erasmo y de Clemente VII? Aquélla que formaron el césar Carlos y sus hermanos: Fernando, Leonor, Isabel, María y Catalina de Austria.

Todos ellos fueron reyes en un siglo que vino acuciado por tres factores de crucial importancia: la amenaza de la Sublime Puerta, La Protesta de Lutero y el descubrimiento de América. Fernando fue rey de Hungría y Boemia, Emperador del Sacro Imperio Romano; Leonor, reina de Portugal y de Francia; Isabel, reina de Dinamarca, Suecia y Noruega; María, reina consorte de Hungría; Catalina de Austria, reina de Portugal, tras de haber compartido el cautiverio de su madre en Tordesillas.

Todos ellos, como digo, actuaron de un modo u otro en las cercanías de ese vasto polo de atracción que fue Carlos I de España. A veces, con docilidad; a veces, con reticencia; a veces, en abierto desacuerdo. En cualquier caso, seguir el pormenor humano de esta familia no es sino atender a un drama donde, a los condicionantes personales, se unen los intereses políticos y el credo religioso de aquella hora; credo que, como sabemos, habría de fragmentarse perdurablemente, a pesar de Trento.

Quiere decirse, pues, que buena parte de la configuración actual del mundo -de Magallanes y El Cano a Copérnico y Loyola- toma forma durante los años en que los hijos de Felipe y Juana ejercieron el poder. Fue entonces cuando Cortés escribía al césar Carlos que no hallaba palabras para describir la maravilla y la extrañeza del Nuevo Mundo.

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