Luis García Jambrina. Escritor "A Fernando el Católico, de las Indias, sólo le importaba el oro"

  • García Jambrina retrata en 'El manuscrito de aire' las vejaciones que sufrieron los indios taínos y la defensa que de ellos hicieron los dominicos

El escritor Luis García Jambrina. El escritor Luis García Jambrina.

El escritor Luis García Jambrina. / Juan Carlos Muñoz

Luis García Jambrina (Zamora, 1960), profesor de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, decidió un día novelar los días de Fernando de Rojas como estudiante. Era un giro inesperado en la trayectoria de este investigador, especialista en su paisano Claudio Rodríguez y responsable entre otros proyectos de una celebrada antología sobre La promoción poética de los 50, que se adentraba así en la narrativa histórica. Tras El manuscrito de piedra, García Jambrina volvió al autor de La Celestina en El manuscrito de nieve y El manuscrito de fuego, y ahora completa con El manuscrito de aire (Espasa) una serie que sobresale por su rigor y su amenidad. En esta nueva entrega, Fernando de Rojas viaja a La Española, aquel paisaje que Colón definió como "la más hermosa cosa del mundo", para investigar el trato que reciben los indios taínos por parte de los conquistadores.

-Empieza por una reflexión de Montaigne que ilustra muy bien lo que ocurrió en la colonización de América: "Podemos, pues, llamarlos bárbaros según los preceptos que dicta la razón, pero no si los comparamos con nosotros, que los superamos en toda clase de barbarie".

-Creo que además esa reflexión estaba motivada por la conquista de América. Es una paradoja que refleja muy bien qué es lo que pasó allí. Se ve sobre todo en estos primeros años con los taínos, un pueblo que no era belicoso. Ellos tenían su propia civilización, puede que no tan avanzada o tecnológica como la de los españoles, pero sí adaptada a unas condiciones de vida que eran las que ellos querían. Dejaban tiempo para el ocio, nadar, los juegos de pelota, el culto con los dioses.

-Y los dominicos son sus máximos defensores.

-Sí. Al final del libro hay una cita de un escritor cubano, Roberto Fernández Retamar, que dice que todas las conquistas tuvieron sus horrores, pero que las otras no tuvieron hombres como fray Antón de Montesinos o fray Bartolomé de las Casas. Yo quería mostrar esas dos caras de la colonización: por un lado está la parte terrible, la de la crueldad y explotación casi esclavista de los taínos, pero por el otro lado están los frailes dominicos, que van además desde Salamanca, desde el convento de San Esteban, y que enseguida se convierten en defensores de los taínos. Son los primeros que aseguran que los indios tienen un alma racional y que son iguales a los cristianos. Legalmente eran súbditos del rey y por lo tanto no podían ser esclavizados. Algo que me interesaba en la novela era plantear todo ese asunto desde la mentalidad de la época. Siempre se achaca a las novelas históricas que se juzgan desde la mirada del presente, y yo quería mostrar que esa crueldad y ese trato vejatorio a los taínos ya iba contra las propias leyes de la época. La corte y la justicia estaban muy lejos, y muchos delitos quedaban impunes. Y luego estaba el comportamiento de Fernando el Católico, que era muy ambiguo...

-En la novela se afirma de él que "tan pronto le llega el oro de las Indias, se olvida de todo".

-Cuando los frailes dominicos empezaron a decirle lo que estaba ocurriendo allí montaba juntas de teólogos y juristas que hacían leyes, pero esas leyes, a la hora de la verdad, eran papel mojado. El verdadero deseo del rey era que el oro fluyera cada vez más y en menos tiempo, y eso sólo podía ser a costa de los taínos.

-Por el contrario, usted define a Fernando de Rojas como un hombre modélico. En un pasaje le dicen que "nadie más en Castilla posee vuestra inteligencia y vuestro sentido de la justicia".

-En estas novelas lo fundamental es el personaje, con el que partió todo el proyecto. Yo veo en él rasgos que deduzco de La Celestina y de su actitud ante la vida, del hecho de que fuera converso y por lo tanto ya se moviera entre la ortodoxia y la heterodoxia. Es una persona inteligente, y por eso es capaz de resolver crímenes, pero también tiene la sensibilidad y lo que comentábamos antes, el sentido de la justicia.

"Los dominicos son los primeros que dicen que los indios tienen un alma racional y son iguales a los cristianos"

-Describe en el libro la figura de los encomenderos, que tutelaban y debían evangelizar a una cierta cantidad de indios, pero en realidad los tenían en un régimen de esclavitud. Y cuenta que fue Colón quien inauguró esa dinámica...

-Sí, fue Colón el que con los repartimientos que hizo de indios empezó algo que se convertiría en una especie de institución. Una cosa es la teoría y otra la práctica: en teoría, las encomiendas tenían el objetivo de encomendar unos indios a algunos españoles para que los cuidaran y cristianizaran, les encargaran algún trabajo remunerado y con unas condiciones mínimamente dignas. ¿Qué pasó en la práctica? Que los convirtieron en una mano de obra forzada y gratuita, los hacían trabajar de sol a sol y no los cuidaban si enfermaban. Eso es lo que hizo que los taínos a los que amparaba la corte española se extinguieran en muy poco tiempo. Los historiadores dicen que la mayor parte murió por enfermedad. Pero eso es media verdad: eso sucedió porque estaban debilitados y exhaustos. De unos 500.000 se pasa a unos pocos centenares. ¿Y cómo vas a cristianizar, además, a gente a la que tratas así?

-El viaje hasta las Américas que se narra en la novela dura casi 40 días, "lo más habitual cuando los vientos eran favorables".

-Yo no quería cargar las tintas con una tormenta o con un desastre de algún tipo. Un viaje normal tenía esa duración, y quienes se embarcaban iban hacinados e igual tenían que convivir con animales...

-Y con cucarachas y una extraña dieta basada principalmente en vino y en bizcochos...

-Lo peor era la sed. La comida se conservaba en salazón, y eso acentuaba las ganas de beber. Aparte, la convivencia resultaba terrible: compartir un espacio tan pequeño, con la sensación de encierro y la tensión de estar flotando sobre el mar, provocaba muchas disputas.

"Yo tengo una máxima: ‘Si quieres inventar, documéntate’. Casi todos los personajes del libro son reales"

-Cuando el protagonista llega a Santo Domingo se queda impresionado por la luz y el calor. Usted, que se trasladó allí para documentarse, ¿qué sintió?

-Sentí algo parecido. En Santo Domingo uno se puede hacer una idea de cómo era la ciudad. Se conservan la fortaleza, muchas viviendas en piedra, el Palacio Virreinal, aunque lo que ha perdurado hasta hoy es una reconstrucción. Y si vas río arriba te encuentras con la selva, con esa naturaleza exuberante que se encontraron los conquistadores, aunque hoy el río está contanimado. En Santo Domingo, en la Academia de la Historia, consulté todo tipo de mapas que me ayudaron a entender cómo era la isla, cómo fue naciendo la ciudad.

-Eso le iba a comentar: al final del libro incluye un amplio listado de referencias. Se ve que es una novela muy documentada.

-Yo tengo una máxima: Si quieres inventar, documéntate. Leí todo lo que tenía que ver con el sistema de las encomiendas, con la vida y las creencias de los taínos... Primero fui a las referencias originales, todas las crónicas de Indias, los documentos de esa época. Y después entré en los libros de los historiadores actuales, para ver qué contaban de ese mundo, y con algunos de esos especialistas me reuní. Casi todos los personajes de este libro son históricos, reales, muy atractivos. Sólo en los secundarios tuve que tirar más de la invención.

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