El goloso en llamas, nuevo blog de Antonio Hernández Rodicio

15 de diciembre 2019 - 02:38

El goloso en llamas

A ver si me explico bien en este primer post porque cuando uno se dedica a la comunicación profesional le cuesta saltarse las barreras y abrirse en canal, dejarse ver por dentro. El difícil ejercicio de ser uno, sin las barreras del del oficio, que nos protegen, camuflan y trazan el perímetro exacto de seguridad con el oyente o el lector. Pero intentémoslo: vamos allá. Se come, se bebe y se ríe para ser feliz. O se hace precisamente por eso, porque se es feliz. No se trata de alimentarse. Hablamos de otra cosa. El deleite de poner en juego los cinco sentidos, el placer de compartir y la alegría de multiplicar lo compartido hablando y riendo. Pocas cosas me hacen (¿nos?) tan feliz como la experiencia en torno a la mesa, sorprenderse por el nuevo sabor, emocionarse con la sabiduría del cocinero: el sabor, el olor, la textura. El rito. Va de eso. Eso es. Va del ritual de vivir el tiempo libre que nos deja la vida para vivirla. Y va de la memoria, siempre agazapada pero infalible. Testigo de lo que hemos sido y vivido, de dónde venimos, de los aromas de la casa familiar y de la miga de pan tierno y caliente con aceite de oliva y azúcar. De unos calamares rellenos que olían desde la calle.

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De esto va este blog, con un nombre sin más pretensiones que estimular y compartir. El goloso en llamas. En llamas: lo que la modernidad llamaría on fire. Eso: ¡encendidos¡ con pasión¡ Siempre dispuestos a incendiarnos, a arder de placer en un fogón. Homenaje al gran Paco Leal, marqués de La Perola. Mítico, Paco. Un crack a fuego lento.

Goloso. Pues sí. Muy goloso en el sentido del disfrute, del apetito, de la excitación ante los estímulos del yantar . Goloso en proceso de contención permanente y razonable. Ni foodie, ni gourmand ni crítico ni gastrónomo ni nada de eso. Para llevar a gala tales apelaciones hay que saber mucho y yo carezco de esos conocimientos. Soy disfrutón, curioso y torpe cocinillas, aunque gran lector y tozudo practicante de esta religión sin pecados, porque soy muy autoindulgente con los pecados veniales: me absuelvo a diario. Y también tolero muy bien todo el catálogo pecaminoso en el que sucumbimos los bípedos siempre que no se haga daño a nadie. En fin, ma confieso gran aficionado a las cosas de comer, de beber, de charlar, de cantar y de disfrutar. Y en este Goloso (que no coloso) no necesitamos ni a un Paul Newman ni a un Steve McQueen que nos salven del incendio que ocasiona el chile habanero en el paladar. De esto va este blog. No hay aspiraciones raras: ni ejercer dicterio alguno, ni apostolar, ni puntuar platos ni suspender una ensalada templada porque llega a la mesa con dos grados menos de lo que dicta la ortodoxia. Tampoco va El goloso de cosas impúdicas como contar calorías: decía el sabio Emilio López Mompell que todos los regímenes son totalitarios, pero sobre todo los de mil calorías. El que la lleva la entiende. ¿Cómo perder el tiempo en esas cosas cuando tenemos a nuestro alcance unas sardinas asadas? Hay que centrarse en lo trascendente: lo felices que somos hablando de las cosas que nos hacen felices, de la buena gente que comparte estas satisfacciones. Emocionémonos, disfrutemos y compartamos. Estáis invitados. Gracias por vuestra compañía. Ojana para todos. Pero pagamos a escote. PD. Profundos agradecimientos y convidá para Paco Gómez, quien diseñó el blog definitivo, lo puso en marcha y tuvo la paciencia de adiestrarme en lo básico. A Iñigo Sastre, cómplice de la primera etapa. Y al gran Jaime Pandelet, siempre presto para que una ilustración oportuna ilumine cualquier propósito. Os debo una o dos.

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