Javi Osuna sobre Yuyu

31 de marzo 2016 - 05:43

No tengo más que bonitas palabras para Jose Guerrero Yuyu, con el que mantengo lazos profesionales y sentimentales indelebles. Ya ha llovido desde que conociera a aquél joven largo, estudiante y vigilante de galerías de personajes urbanos. También conservo ligadura con la pandilla de 'golfos' que le secundan, de dos de los cuales (Bienvenido Sena Pérez y Luis Lara) guardo recuerdos inenarrables de risas, de pocavegüenza y de profesionalidad extrema. Si a ellos les va bien yo sonrío. Si ellos triunfan, una parte mía también lo hace. Si abarrotan salas, teatros y espacios escénicos, haciendo una radio de humor exquisito, yo 'chorreo'. Literalmente además. Están a punto de publicar un libro (el segundo de Yuyu). Comparto el prólogo que le hice a su primer retoño bibliográfico. Eso sí, ¡qué más quisiera él seguir teniendo 38 años! Del resto, junto a que ya no fuma, no borren ni una coma. Sigue tan vigente como su talento: "Me toca prologar el libro de un viejo amigo y compañero al que admiro, de modo que advierto que voy a ser subjetivo. Con él tengo mucho de escudero. No sólo porque él es alto y yo soy más bajo, también porque en lo laboral me corresponde, ciertamente, intentar equilibrarle, disuadirlo de algún molino y comprenderlo cuando habla de su Dulcinea. Prometo, no obstante, no soltar un babetazo literario. José Guerrero Roldán “Yuyu” es gaditano por la gracia de sus ancestros. Vino al mundo en el hospital de la Misericordia enclavado en la calle divisoria que separa al viejo Pópulo del castizo barrio de Santa María, más o menos cuando los Beatles se comían los tripis en la India y se fumaban las trócolas a orilla del Ganges, entre acordes de sitar. Más allá de creencias, magníficamente desmentidas por el antropólogo Julio Caro Baroja, en su obra La selva de los tópicos, José posee el halo divino de la chispa gaditana, destellos frantásticos de gracia que le acompañan desde la cuna, que iluminan su vida cotidiana y que en él son harto tangibles y naturales. En el libro que tienes en tus manos sucede lo propio, a través de una narrativa sencilla que sólo pretende –y no es poco– divertir. Cuando Yuyu cuenta o escribe cualquier ocurrencia, con auditorio o sin él, asoma su parte más gaditana y con la rapidez de una bala certera, coloca una frase en el aire o en el folio, precisa y tocada por la más fina ironía. Sin embargo no es un gracioso al uso. Al menos a mí no me lo parece. Sí que tiene un punto de timidez, a veces bien disimulada y que sólo los cercanos a él advertimos, junto a una fácil y proclive tendencia a la porfía que con lo anterior, quizá sean dos de sus rasgos más característicos. Una mirada despierta y picarona contempla la vida desde los dos metros de altura. Pese a tamaña ventaja física jamás le he visto mirar a nadie por encima del hombro. Tiene, como todo gaditano, un rasgo diferenciador, ya advertido en tiempo por Fernando Quiñones: “una combinación de equilibrado clasicismo desbordado por una vocación de luminosa alegría vital, a la que, a su vez, moderan una vieja experiencia y una indiferencia burlona, indolente, que en ocasiones llega a ser enojosa”. Si él accede a algo no significa que vaya a hacerlo inmediatamente, significa que ya lo hará; si te dice: ¡a ver si nos vemos!, equivale a que no tiene ninguna intención de verte a corto plazo. ¡Esto es Yuyu… y aquí hay que entender! Con la edad febril de 38, ha conseguido reunir en la vida un puñado de buenas certezas. Cree en la ginebra Zafiro, en los grandes inventos de la humanidad, como la cama o la siesta, en los pocos y buenos amigos, en las galeras llenas de coral, en La flauta mágica, en la inteligencia sarcástica de Groucho, en la Venecia que le llama, en un puchero con sus avíos y en el humor intransferible de Tony Reguera y su inseparable Agustina (a los teclados). Hay un lado piterpanesco, bien visible en su personalidad, que se resiste a crecer; de ahí su apego a videojuegos y su fascinación por EMULES, MEGAPIXELS y PHOSKITOS. Es un ladrón compulso de mecheros baratos, que lleva a rajatabla y con periodicidad aquella vieja máxima, adaptada a su particular cosmos, de “deja para mañana aquello que puedas hacer hoy”. Maniático del desorden, el cual, paradójicamente no soporta en ocasiones: si en su mesa reina un caos absoluto, que pondría cardíaco a cualquier “normal” de los mortales, en la distancia privada de la proximidad, no tolera un cuadro torcido. Es el orden en el desorden. El desequilibrio equilibrado. Jamás ha vaciado un cenicero pero sabe apreciarlo limpio y vacío; o sea, que también es un flojo confeso, otro rasgo revelador; otro endemismo de su Cádiz natal, quién sabe si heredado del cantaor Ignacio Espeleta. Odia una conversación en la que se esté analizando, con tono y trascendencia suprema, la Ley Electoral de Castilla la Mancha. Desconfía de “culturetas” de gafas apoyadas en la napia que te perdonan la vida mirándote un centímetro por encima de la montura. No alcanza a entender por qué el del butano le cambia la goma naranja… ¡a las cuatro de la tarde en punto! y para qué ponen los créditos al finalizar una película, si éstos van a una velocidad que el ojo humano del telespectador es incapaz de leer. Detesta las colas por naturaleza, los despertadores, los aparcamientos para cojos sin coches de cojos aparcados, y la cantidad de datos y explicaciones que hay que darle por teléfono a la niña de la pizzería para pedirle una simple cuatro estaciones. Todo eso y algunas genialidades más definen la personalidad de un grande, que forma parte de la generación de chirigoteros más fértil de toda la historia del Carnaval gaditano. Por eso participa en los guiones y conduce con éxito diario el programa El Pelotazo; por eso en febrero de 2006 está llamado a ser uno de los mejores pregoneros que hayan pasado por el tablao de San Antonio; y por eso ha escrito este libro con el que el lector se reirá de las ocurrencias, del absurdo, de las comparaciones hipérbolas y de las situaciones cotidianas, tamizadas por el humorismo de un niño grande y magistral en su inventiva. Hay una galería de personajes yuyianos, que forman ya parte de su acervo y que el lector incorporará a su vida con el convencimiento y la certeza lingüística de que la raíz etimológica de la voz brasileña FABELA, corresponde a la contracción de FABADA CON HABICHUELAS. Desde el musulmán OMAR NO ME ESPERES PA ALMORZAR, pasando por el inglés STEVE FATAL, el griego LIBEROMÓVILES ADOSMILKALAS o los futbolistas que participaron en el encuentro contra la droga: el francés PAPEN DE PLATINÍ; los belgas VAN DER TRIPI y VAN DER BAR EN BAR; o los chinos PIN SHAO y EN GAN SHAO. EL Yuyu en estado puro. El surrealismo de un grande."

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