— PRÓLOGO: Compilación de alabanzas encargadas a un segundo. Una colección de ojanas, infladora de egos, reunida con cierta habilidad literaria para vender lo que viene; aunque lo que venga, no te lo fumes ni en lo alto la Piera Barco.
— EPÍLOGO: Solución mal dada a dos compromisos de prólogos para quedar bien con ambos y darle su sitio a los dos, aunque, bien pensado, no se lo das a ninguno. El epílogo siempre será segundo plato del prólogo. Plan B. Banquillo de suplentes. Una cursilada gorda; un arcaísmo en desuso, ya en claro peligro de extinción. Un gang bang literario: ¡tú por delante y yo por detrás!
— RONEO DE SOLAPA: Texto que bajo una foto resume quién es quién, junto una trayectoria profesional, engordada como los pavos con afrecho académico, jalonada de excelsos premios literarios; distinciones, másteres y toda suerte de honores, roneadores de solapa, que es la pestañita que tuerce el ego, hacia dentro.
— RESUMEN DE LA OBRA. Generalmente no la ha escrito el autor y, generalmente también, luce en la contraportada. Suele ser un reclamo, tan lógico como lícito, para que el editor (que es el que ha arriesgado los «jurdores») venda libros. En esta sinopsis se resume todo, en apenas unas líneas, a veces con frases entresacadas de la propia obra.
— SÍNDROME DEL ENTREVISTADOR. Un entrevistador (sobre todo de radio), por lo general no se ha leído tu libro. Ni de coña, además, aunque él te diga lo contrario. Su sistema de trabajo y el ritmo vertiginoso del día a día, se lo impiden. To lo más, ha leído el resumen de la obra y con algunos párrafos del prólogo y del «roneo de solapa», con habilidad y oficio, sale airoso entrevistando a un autor, cuya obra (ni por asomo) se ha leído, aunque éste se vaya tan contento:
—¿Oye, esto cuándo lo emiten? (si es grabado).
—¿Me puedo luego bajar el poscatd, no? (si es directo).
— SÍNDROME DEL ESCRITOR. El primero de todos es que se siente escritor. Esto es, que no lo duda. Ha escrito un libro (o dos; o tres) y se siente ya escritor. Lo ha incorporado a su certeza y es tan impepinable como que habla o respira. ¿Acaso no es obvio que soy escritor? Refuerza lazos con otros escritores. Habla constantemente de literatura y cita a autores raros, como marchamo culto: Isak Dinesen; Jean Améry; Andréi Biely; Ernesto Bark; Steve Fatall; Sergey Decuellovuelto, Igor Chumbor... Y escribe (luego, es escritor). Como los notarios, que se note que somos escribanos y escribidores. Y su obra difunde y difunde, y tanto difunde, que a veces funde y confunde.
— SÍNDROME DEL POETA. Se siente poeta. Es poeta. Viste como poeta. Recita como poeta. Sus ademanes y sus hechuras son de poeta. ¿No lo sabes ya? ¿No ves, que soy poeta? El poeta es proclive a creerse su propia imagen, como una terracota viviente y más pronto que un «jaicu chinojaponés», se coloca una mascota y un fulá (cuando no, unas gafas de colores), que le refuerce el imaginario de poeta que tiene en el coco. Todo por montera: la mascota, el fulá, las gafas y el ideal.
— SÍNDROME DEL LECTOR. Así sea tu primer libro. Tu segundo. Sea prosa. Sea poemario. Esté editado en cartoné, en rústica. Sea la tirada corta, sea larga, tenga el número de páginas que tenga; sea un ensayo, una novela o una memorias… la pregunta del lector siempre será la misma: —¿Cuánto has tardado en escribirlo? La preguntita se repite, tediosa, como un salmorejo con siete dientes de ajo. Siempre la misma e importantísima duda; siempre la misma ecuación: el tiempo invertido. Da igual el método empleado, de qué va la obra, de qué viene el trabajo… En este punto, el autor se siente como si cada vez que le hablasen de sus hijo le preguntaran —¿Cuánto has tardado en hacerlo? ¡Nueve meses, picha, nueve meses tardó la madre en engendrarlo y varias noches yo para empujarlo! ¿No lo sabes ya?
— SÍNDROME DEL EDITOR. Quiere que firmes libros, en una feria de libros de la que te quieres librar, pero en una triste casamata, junto a un castillo hinchable, se te anuncia como gran escritor y un altavoz playero se encarga de amplificar que en tal casamata está fulano firmando ejemplares… ¡Y no viene nadie! Te visitan amigos, conocidos, curiosos, parejas de enamorados, gente que conoces de vista y jóvenes que te hablan de usted. Y allí te rebujas con pacientes de síndromes de escritores, de poetas, de entrevistadores y editores. Una fauna, cuando menos, curiosa y de la que, aún con sentido crítico, formas parte.
Dicho todo lo anterior: me encantan las ferias de libros desde la perspectiva anónima e individual, visitarla como público, fuera del circo mediático, y curioso y expectante, sumergirme en la adquisición de libros pendientes y otros muchos por descubrir.
No busquen la presentación del libro de Santa Cecilia en la Feria del Libro de Cádiz en su 38 edición. En 105 propuestas, repartidas en siete espacios diferentes de la ciudad, no ha tenido cabida, aún sido editado un 18 de mayo del corriente y por una de las entidades patrocinadoras de la feria, como es la Diputación Provincial de Cádiz; y eso que lleva la excelsa pluma de Luis Suárez Ávila, la mayor autoridad en investigación flamenca y la de Ramón Soler, otro coloso, erudito donde los haya. No. —¡Si hubiera habido 106 lo hubiéramos metido, Javi! Aro, aro. Algo parecido al Festival de Música Española de Cádiz que, no sólo no contó en otoño con el espectáculo de Santa Cecilia, sino que, en una pirueta inexplicable, le dedicó su edición —con calzador de Faly— al Concurso de Granada. ¡Las cosas de Cádiz!
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