Crítica de Cine

'El niño salvaje' en versión zombi

Una escena de la película dirigida por Colm McCarthy. Una escena de la película dirigida por Colm McCarthy.

Una escena de la película dirigida por Colm McCarthy. / d. s.

Lo primero que me llama la atención en esta película es que hayan dejado actuar en ella a menores. Salvo, cosa que no creo, que sus espasmos en las sillas o sus luchas para comerse unos a otros sean recreaciones digitales. Lo segundo es su estupidez disfrazada de austera seriedad oxidada, de hondura reflexiva -incluso con citas de los clásicos griegos- sobre los males que pueden afligir o afligen hoy ya a la humanidad, como si fuera una supuestamente vigorosa denuncia del miedo a los otros que genera actitudes patológicas (hay quien la ha visto hasta como una metáfora sobre Guantánamo o sobre la América de Trump) o una divagación sobre la represión y la educación. O como si esta cascarria fuera El niño salvaje de Truffaut en versión zombi. Porque sí, se trata de otra de zombis, los no-muertos que si algo reflejan es el carácter no-muerto, pero tampoco vivo, del cine comercial actual (y de la televisión: recuerden la aclamada basura de The Walking Dead).

Una vez más la humanidad está amenazada por los zombis. Una vez más hay un reducto de humanos supervivientes, un arca de Noe militar y herrumbroso en el que unos niños zombis pero no del todo, porque pueden mantener actitudes humanas a condición de que no les acerquen un apetitoso y palpitante cuerpo humano vivo, son la única esperanza de regeneración. Para ello tienen que estudiarlos y de vez en cuando diseccionarlos. Se encarga de ello una Glenn Close asombrosamente parecida al difunto Robin Williams. Por qué haya aceptado este papel es cuestión que dejo para Iker Jiménez. Es difícil contener la risa, sobre todo a partir de la conversión de la enfermera en zombi apenas pasada media hora de película, cuando parece abandonar toda pretensión de originalidad para sumarse al carnaval zombi. Por cierto, esta basura que ha recibido buenas críticas y algún premio -¡vaya semana de churros glorificados!- le copia a Chicho Ibáñez Serrador la mejor y más escalofriante idea de ¿Quién puede matar a un niño?. La dirige un escocés experto en series televisivas. Que vuelva a ellas.

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