Ultramarinos

La ley

Dos niños al salir del colegio. Medellín. Colombia.

Dos niños al salir del colegio. Medellín. Colombia. / L.A.

Cada uno de los mandatos ordenado por la autoridad competente es una ley. En estos preceptos se decide o se prohíbe algo según lo que se cree es justo y garantiza el bien de todos los que componemos la sociedad. Saliéndonos del derecho, son leyes todos los procesos fijos, inmutables, que intervienen en un fenómeno de la naturaleza, como los que Newton enumeró y describió. La religión también tiene sus leyes en el culto a lo divino, para así, juzgar lo humano. El oro y la plata pueden ser de ley o no serlo. Sea como fuere, para garantizar el bienestar de los seres humanos, es necesario que las leyes reinen sobre los hombres y no lo contrario. No debe haber poder alguno por encima de ninguna ley.

En donde yo estoy la ley está para saltársela. Cada ciudadano cree solo en su interpretación de las leyes y si no, siempre hay a quien culpar, desde que se impusieron las de Indias. En el Palacio de Justicia de Bogotá reza una frase del General Santander: “colombianos las armas os han dado la independencia, pero solo las leyes os darán la libertad”. Y por eso hay tantas. Quizás porque se piensa que así será mayor la libertad también. Pero no, no es lo que pasa. Cuantas más leyes, más trampas. Muchos son los formularios, las esperas, los decretos, los soportes y las trabas. Poco es el respeto hacia estos procesos y hacia la autoridad que define y aplica la ley. Por eso son aquí más efectivas las leyes que firman dos manos que se estrechan para siempre o los trámites que, día tras día, la rutina afirma hasta hacerlos innegociables.

De dónde yo vengo la ley cada día se respeta menos. No se toma en serio. Como casi todo. Como casi nada. Dejaron de escribirse en piedra y ahora se las lleva el viento olvidando aquello de la generalidad, la obligatoriedad y la permanencia. Las únicas leyes que nos ordenan de buena manera son las que dictan las cabañuelas. No hay ley más fiable que la acordada en familia. Dime, si eres tú de ley y solo dices la verdad… Leyes inquebrantables que ordenan peñas y cofradías al guardar su rigor en alma de quienes las cumplen. Leyes de la mar, que siempre merece la pena respetar. O esas leyes del patio del colegio, en torno a la redondez de una pelota, que son reglamentos sagrados por encima de inventos y sofisticaciones absurdas.

Nos enseñaron a vivir agarrados a ciertos límites declarados por leyes, mas no a cuestionárnoslos con prudencia. Ortega y Gasset propone “qué cada uno en su ley busque en paz su luz”. Seguiremos buscándola.

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