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Ultramarinos

El reloj

El brillo de lo antiguo. Mercado Calle Feria. Sevilla.

El brillo de lo antiguo. Mercado Calle Feria. Sevilla. / L.A.

El instrumento que usamos para medir el tiempo es el reloj. Ese que marca las horas y que a veces miramos sin ver, sólo por completar un gesto que acompaña la espera. Apreciados por su precisión, algunos relojes tienen dentro un cristal que regula los vaivenes del mecanismo para garantizar una puntualidad siempre deseada. Hay otro reloj, el biológico, que se prende cuando el cuerpo propio, por costumbre, se sincroniza con otros fenómenos cotidianos, como el amanecer. En los de arena, ésta se mueve ordenada, pasando una y otra vez por el mismo embudo estrecho que hace que todo ocurra sin prisa, pero sin pausa. Solo unos pocos confunden el reloj con el tiempo, como si las manecillas no corrieran más o menos en función de la felicidad o el desamparo. Tenemos el reto de darle sentido a ese tic-tac que nos ordena y nos rige.

En donde yo estoy el reloj se para y toca darle cuerda, sin que el tiempo deje de pasar imperturbable. Estos relojes se derriten en los silencios acompasados de quienes pregonan el aguacate y la fruta fresca. El himno de la República de Colombia marca la hora dos veces al día y, aun así, en la calle los desorientados preguntan la hora con calma. En sus vueltas mañaneras, hay quienes van como un reloj y otros a los que se les paró el reloj uno no sabe cuándo. Aquí los relojes de pulsera se llevan en la muñeca, amarrados, amarrándonos; se venden en las esquinas -¡la copia importada del original!- y se arañan contra paredes que muerden a quienes se atreven a acercase. El sol bravo sostiene al reloj sin pila y hace posible la sombra que además de marcar el paso del tiempo, refresca bendita.

De donde yo vengo el reloj ha desaparecido y los pocos que quedan dicen ser inteligentes. La hora se mira en el teléfono móvil, en el salpicadero del coche o en la esquina de la pantalla del ordenador. Con o sin relojes, la vida sigue siendo a contrarreloj. Por eso resplandecen quienes, con arte, saben pararlo y hacen que el mundo se detenga conteniendo la respiración, para unos instantes después ser ya otros, distintos a lo que éramos antes. Todavía puntuales, vigiladas por cigüeñas escandalosas, suenan las campanas que nos recuerdan el tiempo que queda. Allí el reloj atómico sofisticado del Real Observatorio de la Armada custodia la hora oficial del país, sin cansarse de mirar al cielo para poder dar sentido a lo que ocurre en el suelo.

El reloj nos marca los minutos, pero ¿y la eternidad? ¿Qué marca la eternidad?, escribió Walt Whitman en Canto a mí mismo. De pronto un día logramos dejar de preocuparnos por lo urgente para hacerlo por lo verdaderamente importante.

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