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Ultramarinos

La distancia

Señalizadores viales en una calle de Barichara, Colombia.

Señalizadores viales en una calle de Barichara, Colombia. / L.A.

La longitud o la duración que media entre hechos, cosas o cuerpos es la distancia. Un alejamiento que a veces tiene que ver con el tiempo y la memoria y otras veces con el espacio y los lugares. Si hablamos de distancia, tenemos que hablar de geometría, dimensiones, segmentos, puntos y hasta de rectas. La distancia entre las personas no solo depende de sus cuerpos, también se da entre pareceres. Hasta hace poco hablábamos de distancia de seguridad para referirnos a vehículos en movimiento, hoy la aplicamos con normalidad en nuestra relación con los demás, ya sean extraños y sospechosos o cercanos y saludables. La distancia no se fija para siempre, no es estática, está en constante movimiento, se modifica a cada paso, se aprieta con sutileza o se agiganta hasta hacernos insignificantes en función de las dos partes que, en tensión, juegan a mantenerla.

En donde yo estoy, la distancia es escasa entre los cuerpos y es inmensa en un territorio vasto que abarca continentes y mares. Depende de quien la mida y de cómo la cuente. Sobre todo, se percibe cuando se acorta hasta desaparecer. El contacto aquí es inevitable, es parte de una forma de ser auténtica que no cambiará. La distancia no se respeta en los restaurantes a la hora de disponer las mesas y los comensales; tampoco en los andenes, al cruzarse con quienes comparten este espacio y se arriman como si quisieran llevarse tu aroma. En casa, las distancias las marca el quehacer, por eso las manos se unen para bendecir la mesa y se separan cuando toca lavar la loza. Aquí, las distancias son flexibles y su adaptación tiene que ver con la necesidad y el deseo; solo se pierden para sobrevivir.

De donde yo vengo, la distancia se guarda para permanecer a salvo, con más miedo que vergüenza. Mezcla de cálculo e intuición, de mecánica e instinto, Paquiro apostó por que esa distancia se midiera por los pies. A cierta distancia justa las cosas se vuelven bellas, esa separación las sacude de todo lo que sobra para poner a brillar solo lo valioso. Todavía existen quienes, con atrevimiento, estiran esta distancia o se la pegan al cuerpo y la manosean hasta despeinarla para poner bocabajo cualquier ley clara que pudiera estudiarse. Alejarnos de lo que alguna vez quisimos ser, puede ser una buena oportunidad para seguir buscándonos. El tiempo hace que esa distancia a priori inquebrantable, se resquebraje y de ella broten flores salvajes llenas de desparpajo.

Es fácil ser valiente desde una distancia segura, decía en sus fábulas griegas, Esopo. Si aceptamos que la distancia es dinámica, ¿por qué no correr el riesgo de acercarnos lo justo para así sentirnos a salvo?

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