Ultramarinos

El ayer

Una casa en San Diego. Cartagena de Indias. Colombia. Una casa en San Diego. Cartagena de Indias. Colombia.

Una casa en San Diego. Cartagena de Indias. Colombia. / L.A.

El día que precede al de hoy es el ayer. También se refiere al tiempo pasado, a lo que ocurrió antes, a eso que ya sucedió. El ayer se viste con un velo misterioso que borra la nitidez de lo que no importa y aclara y saca brillo a todo lo que se hace fuerte por el paso del tiempo. El ayer resuena en esa canción única mientras se construyen escenarios que hoy ya no existen. Hay ayeres de todos los colores, unos incitan al amor y a la paz y otros cuando se reviven parece que están ocurriendo justo ahora, sin saber cómo detenerlos. El tiempo, siempre en marcha, nos confunde en su falsa linealidad.

En donde yo estoy el ayer es un fantasma que asusta con solo verlo pasar. Está grabado en el fondo de las cosas y no desaparece. Ese ayer se asoma por todos los sitios, en los taxis, las casas, en las esquinas, los templos, … Cuando menos te lo esperas, todo lo que ayer pasó, aparece para argumentar de alguna manera lo que hoy somos. Cómo si todo eso que pasó no pudiera refrescarse para darle sentido a la vida que sigue. Como si el hoy no fuera solo un discípulo aventajado del ayer, que puede contradecirlo y decidir su propio camino. Este ayer huele a guiso de montaña y a chimenea recién apagada. Un ayer espeso que no deja ver todo lo que está por delante y así, tropezamos torpes con las piedras y entre nosotros, también.

De donde yo vengo el ayer es la razón de ser de todo lo presente. Allí ese ayer se actualiza, de manera natural, casi sin querer. El polvo que acumula se sacude a golpe de trapo y de risa. Este ayer va y viene como si tal cosa, tan pronto es mañana como ahora mismo. A veces es más incierto que el futuro que está por llegar. Allí el ayer se canta con una fuerza que se vuelve hoy y mañana. Este ayer es largo, se extiende entre generaciones que aún beben de la copa, como se bebió ayer y nunca dejará de beberse. Las olas saladas traen un ayer fresco que se arremolina para atrapar lo que hoy no nos convence y llevárselo donde nadie sabe.

El maestro Germán Téllez, citando al dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill, repite en clase que no existe el futuro. Ni el presente. Sólo el pasado, que regresa, una y otra vez. Qué difícil nos queda mirar atrás. Nuestro cuerpo está orientado al mañana.

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