Ultramarinos

La máscara

Cabezas blancas en el MAMBO, Bogotá. Cabezas blancas en el MAMBO, Bogotá.

Cabezas blancas en el MAMBO, Bogotá. / L.A. (Colombia)

La figura con la que nos cubrimos la cara para no ser reconocidos es la máscara. Puede representar un rostro humano, animal, o la fantasía que guarda toda imaginación. La máscara nos permite convertirnos en otro, por eso es pieza clave de rituales ancestrales que hacen presentes, de alguna manera, a quienes están ausentes. La máscara es el emblema del teatro. A veces, en vez de solo ser careta, la máscara cubre todo el cuerpo disfrazándolo ante el mundo. Pero, por encima de todo y por voluntad propia, la máscara es pretexto para dejar de ser quien se cree que se es.

En donde yo estoy la máscara es una segunda piel llena de colores vivos con una variedad de formas muy sugerente. Unas se colocan sobre el rostro, entonces la tela, el papel o la madera esconden la identidad, sin dejar de lado el animal que fuimos y que no hemos dejado de ser. Otras, con las que se puede bailar, salen de hombros firmes y ombligos esféricos para adornar las calles y así volverlas otra cosa que no eran. Estas máscaras son perecederas, caducan cada carnaval y no por ello son menos verdaderas. Aquí la máscara cubre, disimula, camufla, eso que alguna vez no quisimos ser, sin poder borrarlo de lo que somos. La importancia no está en qué muestra esta máscara, sino en todo lo que simboliza. La máscara viene a liberarnos de códigos fijos que establecen lo que es correcto, para así poder seguir adelante.

De donde yo vengo la máscara es ilusión y por eso confunde la tristeza con la alegría, la realidad con el sueño. Allí la máscara puede pintarse sobre la cara con dos coloretes o puede fabricarse con toda la sofisticación dorada de los astros que giran relumbrantes. La máscara se muestra pura y quieta hasta que alguien se la pone, entonces suena y se contamina de realidad. Los ojos abiertos y brillantes de quien la lleva puesta la animan y la llenan de emoción. El lado oculto de la máscara roza la piel del enmascarado. Prohibidas y confusas, las máscaras, mientras cantan, contienen ese misterio propio que rodea a la verdad. Estas fachadas singulares que ocultan la identidad, hacen más fácil que se cante lo que se piensa con menos vergüenza. Habitar esta máscara es vivir dos veces.

Siendo un objeto de risa, como su etimología revela, la máscara guarda toda la profundidad de lo que somos como seres humanos. Al fin y al cabo, todos necesitamos en algún que otro momento ocultar la realidad. Así que, con libertad y sin obligaciones, pongámonos la máscara y bailemos y cantemos para seguir buscándonos.

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