Laurel y rosas

Historia de la viña al lagar

La vendimia es un viaje. Así la he visto siempre. De la viña al lagar. Pero, realmente, encierra multitud de viajes en busca de un misterio: “El vino que irradia soles en lo oscuro”, como escribió Fernando Quiñones. Un viaje en el tiempo que en mi memoria comienza de niño, cuando asomaba el sol, y me veía en un Seat 850 camino a la viña de mi padre. Era septiembre. Y allí en Los Llanos esperaba los capachos, la tijera recién engrasada, las cepas de Palomino Fino, el sudor y el mosto impregnándolo todo. Pero un viaje que mi padre relata –cuando él también era niño– con la recua de mulas y burros con los serones aún vacíos atravesando otro Puente Grande en busca de Miralamar, del origen y la identidad de Chiclana. Un viaje como, a su vez, lo contaba mi abuelo con jornal de cuatro pesetas y un cuarto de hora el cigarro, vendimia en canasta hasta completar la carretá. La uva que daba de comer aún a principios del siglo XX a toda Chiclana. Al jornalero, al viñista, al mostero, al bodeguero. Y todos los demás, porque era el dinero del año.

Un viaje que hago ahora, de nuevo, hacia el Marquesado, Los Llanos, El Pozo de los Frailes y Miralamar. Entre el Cordel de los Marchantes y el Pinar de María, la Chiclana de barro y bujeo que aún esconde la mayoría de las viñas, donde aún nuestra historia se sostiene con las manos recias del viticultor, su pasión y su empeño en mantener la tradición familiar. Un viaje que tiene música de zarzuela. Un coro de aldeanos a los que Antonio García Gutiérrez les hizo cantar: “La alegre vendimia propicia ya empieza:/ no puede el viñedo con tanta riqueza./ Cantando y riendo contentos venimos/ colmadas las cestas de frescos racimos./ ¡Bendito el que manda con tanta largueza/ sus bienes al hombre! ¡Bendito sea Dios!”. La zarzuela “La vuelta del corsario” (1863), que García Gutiérrez escribió con música del maestro Emilio Arrieta para darle continuidad al éxito de “El grumete”, y donde el coro de jornaleros entona: “Larga es la cosecha./ Con el grave peso/ ríndense las cepas,/ de apretadas uvas/ que el lagar ya espera”.

El viaje a la viña es siempre una lección forjada durante siglos: de historia, de dureza, de pasión, de sabiduría, de paciencia. Pero más en vendimia. “Bendito sea el sudor y la fatiga/ del viñador: que Dios bendiga/ sus manos y sus pies y su cabeza/ y premie su trabajo con largueza”, que canta el poeta Manuel Avezuela. Y que culmina sus “Bendiciones” así: “Viñadores andaluces,/ dóciles como juncos, tañedores/ de vides, soñadores/ de peces, chiclaneros,/ hombres de cuerpo entero, bendecidos por Dios cada mañana/ desde la ermita de Santana”. Así es. En el horizonte de Los Llanos reluce la ermita y con ella surge todo aquel pago, todos los que lo rodean, hasta el mismísimo Cortijo del Inglés, donde hace apenas medio siglo verdeaba de vides y era un sinfín de tractores, de pascualis, en un ir y venir constante, hacia ese el lagar con las uvas bronce y luminosa de la vendimia.

Porque este viaje sigue hacia ese lagar. Yo voy hacia la Bodega Cooperativa, hacia la Unión de Viticultores Chiclaneros, uno de los dos o tres que sobreviven, y a donde llega la uva Palomino Fino recién cortada. Ya ha pasado la Pedro Ximénez y se hará de esperar un par de semanas aún la Moscatel. Y pienso en las prensas en desguace con sus tornillos secos y oxidados, que todavía en algún casco bodeguero abandonado dan testimonio del esplendor de los años setenta, los años donde llegaron a prensar la uva Palomino, Rey y Moscatel vendimiada en 3.436 hectáreas (1976). En el moderno lagar de la Cooperativa, esta vendimia transformará en mosto uva de apenas 200 hectáreas. “Bendito sea el pisador,/ bailaor,/ que pasado el agosto,/ pisó las uvas y las hizo mosto”, escribió Avezuela. Y vuelve esa imagen, cuando mi abuelo Juan aún era un niño, de la pisa a pie, el apretón de las pleitas en las marranas, el mosto por la piquera, las primeras prensas hidráulicas. Y veo que entre estas dos estampas –la de ahora y la de mi abuelo aún niño– transcurre el siglo XX en Chiclana y que ya solo vivimos un apéndice de aquellas vendimias, de aquella historia de una ciudad vitivinícola en extinción.

Pero aún el lagar sigue funcionando. El mosto yema de la Palomino Fino que pasará a los depósitos de acero inoxidable para la primera fermentación de lo que un día será el Fino. La segunda prensa, el “apretao”, el orujo… En la Bodega Cooperativa no se para: camiones, furgonetas, la báscula, capachos, coys, descargas. Ahí están los viñistas: arrojando la sangre, la suya y de sus antepasados, por la prensa continua. Esa uva que ha madurado temprano por el persistente Poniente y el rocío de la mañana. Formidable de grado baumé. Con el que el viticultor chiclanero seguirá haciendo historia. Hasta que esta generación de rostros machadianos, enjuntos y secos, desaparezca. Falta el relevo. Pero la uva en Chiclana no es ningún negocio. Es un empeño en que la historia continúe. Por amor, por orgullo, por dolor, por valentía.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios