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Chiclana Velatorio por dos hombres buenos

Sostiene el catedrático Juan Fernando Ortega Muñoz que uno de los rasgos distintivos de la cultura andaluza ha sido –es todavía– “el drama de la muerte”. Hay muchas maneras de evocar todos los rituales de muerte, duelo, funeral que hemos ido heredando como parte de la tradición, esa misma de la que está ahíta el refranero y el decir popular: “Ni muerte sin llanto ni boda sin canto”. Toda esta cosmovisión andaluza no solo surge del arraigo del cristianismo –hay quien la asienta en la influencia de siglos andalusíes, aunque es muy anterior–, sino que ha tenido un particular asiento antropológico en el que confluyen múltiples escenarios que van desde el clima a aspectos sociohistóricos “que han conformado unas peculiaridades culturales, difíciles de definir pero que, en conjunto, estructuran una visión del mundo que hacen de Andalucía una comunidad singularizada en el conjunto de la cultura española”, al decir del antropólogo Salvador Rodríguez Becerra.

La muerte y su duelo “percentible y público” –como lo describió Phillipe Ariès ya en 1975 en su imprescindible “Historia de la muerte en Occidente” (Acantilado)– ha ido, sin embargo, desapareciendo también en Andalucía, entre nosotros. “En el mundo occidental, en las últimas décadas, los ritos funerarios han ido simplificándose y escamoteándose a los tradicionales actores, fundamentalmente la familia, para dejarlos en manos de profesionales en nombre de la sanidad, la eficacia y el bien común”, añade Rodríguez Becerra, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Sevilla. Y no es nada que haya escrito ahora, confinados por el virus y el estado de alarma, en el que los velatorios se han suspendidos y el duelo se vive apenas en las redes sociales.

No. Silenciar la muerte, transformarla en tabú, es una consecuencia también de la sociedad consumista y contemporánea, que en Andalucía ha ido también incorporándose en los últimos veinte años a ese tabú. A ese exilio de la muerte de todo ámbito doméstico y público. Como ya apuntaba Ariès: “Ya no se muere en casa, entre los deudos, se muere en el hospital, y solo”. Muchos aún tenemos en nuestra propia memoria, en nuestra vida, huellas de aquel ritual de la muerte que era un velatorio de un día, con finado sobre la cama vestido de negro, la familia siempre cerca y unida, la casa llena de mujeres, los hombres en el portal, tertulia y silencio, memoria y a veces un vaso de vino. Que aún continuaba después en el funeral y la travesía hacia el cementerio de San Juan Bautista, que acababa en la plaza del Retortillo. El camino de la Soledad solo lo recorrían la familia, los más íntimos. “Definitivamente/ duerme un sueño tranquilo y verdadero”, que escribió Antoni Machado al “Entierro de un amigo”.

Ahora, estos dos meses, esta semana mismo, ni las familias, ni esos íntimos, ni los amigos pueden decir adiós. Aunque sea, sencillamente, ese “te acompaño en el sentimiento”, que lo dice todo aún diciendo poco. Por eso quiero, silenciosamente, decir hoy y aquí adiós a dos amigos que un día hallé en el camino del deporte y la literatura. Estos días se han ido Manolo Vázquez Cañas y Pedro González Tuero, que para mi fueron dos hombres buenos que, cada uno en su ámbito, hicieron un poco mejor Chiclana. “El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia”, afirmó Milan Kundera en La insoportable levedad del ser.

Qué remedio, porque recordamos de quien ya no está lo que cuanto vivimos a su lado. Y lo que aprendimos, y lo que reímos.

A Manolo Vázquez Cañas lo conocí con apenas doce años, en esa otra vida que nos unió en el Club Baloncesto Chiclana. Fue uno de mis entrenadores, y siguió durante muchos años después siendo parte de esa gran familia que es el baloncesto en Chiclana. De Manolo, que solo había cumplido 60 años, uno podría contar muchas anécdotas de los apenas seis o siete años que convivimos en el Poli, a la sombra de la ermita de Santa Ana. Pero debe bastar con insistir en esta estampa de un hombre curtido a sí mismo, trabajador incansable, honesto, entrañable, una persona extraordinaria… en todos los sentidos, fuera y dentro de una cancha de baloncesto.

Manolo me enseñó a mi, y a otros muchos jugadores de varias generaciones, que el talento importaba, pero el trabajo duro infinitamente más. Y a reírse, que había que reírse. Manolo sabía siempre cómo tenía que tratarte. Sabía ver en los demás. Dejó huella, por supuesto, más allá del baloncesto. En los Talleres Parrita. Y ya como empresario también en Rectificados Chiclana, junto a Agustín González, atleta también fallecido el pasado enero. El atletismo era otra de las pasiones de Manolo, atrás siempre de su hija Amanda. A Paco, a Chema, a Jesús, los hermanos de Manolo va ese abrazo.

“Vivimos y morimos muertes y vidas de otros”, escribió José Hierro. Y eso lo sabía muy bien el profesor Pedro González Tuero, a quien conocí en los primeros días del Círculo de Autores de la Editorial Navarro, allá por 2012. Publicamos juntos en “19 huellas” y en otras aventuras editoriales impulsada por la imprenta-papelería. Nos unió, sobre todo, la pasión por Antonio García Gutiérrez, cuya obra tan bien conocía, y no solo como profesor de Lengua y Literatura que era del IES Isla de León. Porque aunque Pedro nació en San Fernando –había cumplido ya 69 años– hacía más de treinta que vivía en Chiclana. Si en San Fernando tuvo una breve aventura como concejal –lo fue de Fiestas y Turismo– y dejó además un notable eco en la vida cultural, carnavalesca y cofrade, en Chiclana fue siempre un activista cultural que participaba en todos los eventos.

Pedro siempre acudía, y cuando lo llamaban, fuera para lo que fuera, siempre estaba. Ya fuera para hablar sobre el Camino de Santiago, el habla andaluza o el Romanticismo de García Gutiérrez. Era miembro del Ateneo de Chiclana y coincidimos aquí también en las páginas del DIARIO donde publicó los lunes “Desde mi cierro”, afilados artículos sobre la Isla y Chiclana, sus dos ciudades. “Pueblo de buena gente, ciudadanos activos y emprendedores –escribió, por ejemplo, de Chiclana–, que ha sabido sustituir a aquella afamada capacha por la empresa previsora y boyante. Que siempre he pensado que entre una y otra ciudad, La Isla y Chiclana, no ha habido fronteras y que si las hubo fue por mor de algún acomplejado que no lo ha sabido entender”. Conmigo siempre fue exquisito, conversador infatigable, apoyo necesario.

Descansen en paz.

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