Laurel y rosas Chiclana y los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós

La vida, como la literatura, es disonante, ambigua y ambivalente. Estos tres adjetivos –exactos sin duda– los enumera el filósofo Joan-Carles Mèlich es un librito extraordinario, “La lectura como plegaria” (Fragmenta Editorial). “En la literatura no hay ideas claras y distintas, no hay principios que nos digan cómo y de qué forma hay que leer, ni cuál es la forma correcta de lectura. En la literatura, como en la vida, tampoco hay señales inequívocas que nos muestren la interpretación correcta”. Para Mèlich, la literatura es, ante todo, un juego de infinitas interpretaciones. Me acordé de Mèlich por asociación con una relectura reciente de Galdós: “Misericordia”, en la magnífica edición de la Real Academia Española con un texto introductorio de Antonio Muñoz Molina. Un Galdós desengañado políticamente y que en esa novela, acabada en 1897, abandona el anticlericalismo por un misticismo en cierto modo necesario. “No hay religión sin misterio, sin angustia, sin vértigo”, dice Mèlich en su libro de aforismos. Frase muy propia conmemorar el centenario de Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920), escritor portentoso como saben, y de una revisión que, desde hace tiempo, tenía pendiente acerca de cómo Chiclana aparece en varios de sus volúmenes de los «Episodios nacionales», al menos en cinco: en los titulados “Trafalgar”, “Cádiz”, “Mendizábal”, “De Oñate a la Granja” y “O’Donnell”.

La presencia de Chiclana en las 47 novelas que componen la gran serie histórica decimonónica, para ser más concreto, es también la de personajes fundamentales de la Chiclana del XIX, siglo que ya se ha dicho que es, particularmente, nuestro siglo de Oro. “Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí sólo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos”. Párrafo que Galdós pone en boca de Juan de Dios Méndez Álvarez, Mendizábal. En esa misma novela, “Mendizábal” (1898), también otorga protagonismo a otros dos chiclaneros –esta vez, sí nacidos aquí– figuras del momento: una taurina, el “afamado” Paquiro; la otra, literaria y emergente, Antonio García Gutiérrez. Los tres aparecen también en “De Oñate a la Granja”, protagonizada por un Fernando Galpena de oscuro pasado y aún más extraño presente.

De Chiclana es, también, José del Milagro, compañero de Galpena en la secretaría del primer ministro –el propio Mendizábal–, con quien “platicaba de política y literatura contemporánea”. Galdós llega incluso a afirmar que el propio José del Milagro, “todo franqueza y espontaneidad comunicativa”, acoge en su casa a un García Gutiérrez. “Y en casa puede usted ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; sólo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula ‘El Trovador’ o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno, que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo”. Curiosamente, ya en “De Oñate a la Granja” (1876), Galdós inserta en la narración una carta dirigida a Fernandito Galpena por su madre hablando de

aquel estreno memorable de García Gutiérrez, a quien Galdós admiraba: “¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al estreno de El Trovador en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los Santos”.

Chiclana aparece como parada del embustero Malespina dirección a Algeciras en “Trafalgar”, como escenario de “la célebre batalla del Cerro de la cabeza del Puerco” en “Cádiz”, como residencia del taimado Tuste durante su adolescencia en “O’Donnell” o ciudad natal, también, de “un tal Méndez, que en su día se las había visto más gorda, pues ni latín sabía, y se pasa el tiempo derribando vacas”, pariente de Mendizabal, y a quien el entonces ministro había enchufado en “De Oñate a La Granja”. Ministro al que, por su origen chiclanero, según Galdós, uno de los personajes, Víctor Ibraim, le llama “jormiguiya”, pero también por “su mucho moverse, mucho proyectar de fantasía, y poco chapitel”.

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