Santa Cueva de Cádiz, 25 años de la recuperación de una joya
Un cuarto de siglo de la rehabilitación del espléndido Oratorio y de la parroquia del Rosario, un trabajo coordinado por el arquitecto José Ignacio Fernández-Pujol
El Colegio de Arquitectos y Cádiz Ilustrada, los valores de la Santa Cueva
El Oratorio de la Santa Cueva es, por muchas razones, una de las grandes joyas patrimoniales de Cádiz. Uno de los testimonios más valiosos del gran siglo de oro gaditano, el XVIII, cuando la ciudad fue la tercera capital española en importancia y cuando el provisional traslado de la Casa de Contratación le permitió prosperar y florecer como nunca ha vuelto a hacerlo. Y testigo de aquella eclosión económica, y también cultural, es la Santa Cueva, el oratorio ideado e imaginado en la mente del marqués de Valde-Íñigo, financiado en su mayor parte por el conde de Reparaz y ejecutado, en diferentes momentos, por los arquitectos Torcuato Cayón (hasta su muerte en 1783) y Torcuato Benjumeda. Un edificio sacro ligado, además, a los grandes nombres de Francisco de Goya y Joseph Haydn, y que este año está de aniversario porque se celebran los 25 años de la profunda restauración a la que fue sometido, junto a la anexa parroquia del Rosario, y que fue coordinada por el arquitecto gaditano José Ignacio Fernández-Pujol Cabrera.
De la mano del Colegio de Arquitectos de Cádiz y de la asociación Cádiz Ilustrada, Fernández-Pujol ofreció en la sede colegial, ante 150 personas, una conferencia en torno a esta rehabilitación de hace un cuarto de siglo. Al tiempo, Cádiz Ilustrada ha organizado ya dos visitas guiadas en las que el arquitecto ha compartido explicación con María Luisa Rodríguez.
Una intervención la de hace 25 años trascendente y no exenta de responsabilidad que se produjo justo dos siglos después de la apertura del edificio, en 1796, y que el arquitecto gaditano recuerda para este periódico: “Fue muy emocionante. Que te toque como arquitecto una restauración como esta, con toda esa cantidad de elementos arquitectónicos y artísticos en los que intervenir, con varias instituciones implicadas, con la participación de expertos muy buenos de los que aprendí mucho, pues fue una maravilla, muy bonito y entrañable. Y me tocó coordinarlo”.
Aunque la restauración en sí del conjunto comenzó en 1998 y se prolongó hasta 2001, Fernández-Pujol comenzó a plantear la restauración casi una década antes, sobre 1989. De hecho, en 1992 firmó junto a su hermano Manuel, que falleció poco después, un proyecto que se convirtió en la base de la futura rehabilitación. Una reforma que no solo se centró en la Santa Cueva, sino que se extendió a la parroquia del Rosario, casi un siglo más anciana que el Oratorio, y que, por tanto, trató a los dos edificios como un conjunto unitario que, pese a sus diferencias constructivas por sus diferentes etapas (barroco para la iglesia y neoclásico para el oratorio), gana en riqueza patrimonial cuando se interviene de manera integral sobre ambas edificaciones.
Y es que la parroquia del Rosario, levantada sobre una antigua ermita, fue construida en torno al año 1700, posiblemente con una sola nave en su origen, mientras que el Oratorio se construye a finales ya del siglo XVIII partiendo de una especie de cueva subterránea junto a la iglesia, en un Cádiz aún esplendoroso, como recuerda Fernández-Pujol, con varios periódicos, tres teatros, óperas, una treintena de cafés y unos 70.000 vecinos de diferentes nacionalidades. “La tercera ciudad del país”, resume.
Con todo este poderío no fue extraña la enorme riqueza artística con la que se dotó el conjunto, donde destacan los frescos de Goya y la impresionante pieza musical, ‘Las últimas siete palabras de Cristo en la cruz’, expresamente encargada para la Santa Cueva, donde tantas veces se ha interpretado junto al conjunto escultórico del Calvario, a uno de los mejores músicos contemporáneos, el austriaco Haydn.
Fue, por tanto, una restauración compleja y costosa (con un presupuesto inicial de 164 millones de pesetas) que fue posible gracias a la suma de distintas instituciones públicas y privadas, sobre todo la Fundación Cajamadrid y la Junta de Andalucía, y que implicó a otras entidades, como el equipo de restauradores del Museo del Prado en la limpieza y recuperación de los frescos que coronan la capilla superior de la Santa Cueva, entre ellos las tres obras de Goya.
Recuerda José Ignacio Fernández-Pujol que el conjunto sacro presentaba un mal estado de conservación, tanto por el desgaste lógico de los dos siglos como por el escaso mantenimiento posterior. La restauración se topó, sobre todo, con graves problemas de humedad en la cripta y un pésimo estado de la cubierta y la cúpula de la parroquia. Como en toda actuación de este tipo, algunas de las reformas tuvieron que replantearse sobre la marcha cuando las catas y la realidad superaban lo previsto en el proyecto técnico y teórico.
Una restauración que, en todo caso, estuvo al servicio de la espléndida obra proyectada por Torcuato Cayón y continuada por su discípulo y ahijado, Torcuato Benjumeda. Una restauración destinada a recuperar la “sobriedad y suntuosidad” del conjunto sacro y, también, a resaltar aún más las “genialidades” constructivas de Torcuato Cayón, entre las que se encuentran ese ‘detalle’ de construir la nave izquierda de la cripta del oratorio bajo la nave derecha de la parroquia, lo que Fernández-Pujol explica apasionadamente con los planos por delante, o el descubrimiento de un color, el rojo, que domina el conjunto con la intención de unificar de alguna manera dos construcciones realizadas originariamente con unos cien años de diferencia. “Todo está muy ordenado y muy pensado”, comenta el arquitecto gaditano recordando aquella restauración que coordinó hace 25 años y que permite actualmente disfrutar del conjunto sacro como lo que es: una de las grandes joyas, visitable, patrimoniales de Cádiz.
El Prado restauró los cuadros, tres de ellos de Goya
Además de la rehabilitación arquitectónica de la parroquia del Rosario y del oratorio de la Santa Cueva, una parte importante de aquella intervención de 1998-2001 se centró en la restauración del rico patrimonio artístico del conjunto, tanto de los grupos escultóricos, de los que en su mayoría se hizo cargo el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, como de las pinturas que decoran la capilla alta de la Santa Cueva, la dedicada a la eucaristía, que se pusieron en las expertas manos del equipo de restauradores del Museo del Prado.
Hasta Madrid viajaron, por tanto, los tres frescos de Francisco de Goya y las otras pinturas originales de José Camarón Bononat y Zacarías González Velázquez. En la web del Prado aún es posible encontrar un tríptico en el que se explica el origen de las pinturas y la intervención realizada sobre ellas hace también ahora 25 años.
“Mientras que los cuadros de Camarón y González Velázquez evidencian el estilo clasicista de los artistas del último tercio del siglo XVIII formados en la tradición académica italiana, con modelos de belleza idealizada y una técnica elaborada y preciosista, para la que utilizan un colorido sencillo, de tonos puros y esenciales, los tres lienzos de Goya revelan por el contrario la personalidad única de un artista genial”, explica el Museo en este folleto.
Y añade: “El estado de conservación de las pinturas presentaba algunos problemas graves, ya que al haber estado en el mismo emplazamiento desde su colocación han sido afectadas por la humedad y la contaminación ambiental (...). La conservación de las pinturas bajo los barnices oscurecidos se puede considerar como excelente, y la limpieza ha dejado al descubierto las transparencias de las preparaciones utilizadas por los artistas, especialmente interesantes en el caso de los tres cuadros de Goya”.
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