No Sin Música

Ella marca el minuto

  • Mala Rodríguez pone a bailar al Muelle en la madrugada de la primera noche de la VI edición del festival

Mala Rodríguez, durante su actuación en el No Sin Música. Mala Rodríguez, durante su actuación en el No Sin Música.

Mala Rodríguez, durante su actuación en el No Sin Música. / Joaquín Hernández Kiki

Antes, mucho antes, de que el feminismo saltara a las camisetas, de que el #me too viniera a coger desprevenidos a más de los esperados y de que el 8-M rasgara las vestiduras del patriarcado, antes de la explosión y también de la mercantilización, estaba ella. Marcando el minuto cuando en los pavisosos finales de los 90 ni se sabía, ni importaba, que nos habían robado el reloj. Con sus vaivenes artísticos y con sus tonteos más o menos claros con la escena comercial, sí, también con una carrera larga, pero con el tacón y la lengua afilados para echarle arrestos a un universo donde mandaban ellos. Marcando el minuto, entonces y ahora,  la rapera Mala Rodríguez, con sus preguntas que andan buscando la misma respuesta: “¿Quién manda aquí?” “¿Quién me protege?”. ¡Yo! ¡Yo! Más que una reafirmación, una exigencia de nuestro lugar en el mundo. Qué buena que has sido, Mala, con todas nosotras.

Ella marca el minuto. También en el escenario del No Sin Música, al que regresa después de un par ediciones y, de nuevo, como reclamo de cartel, honor que compartió en la recta final de la primera jornada del festival gaditano con los madrileños de Sidecars, a tenor de la respuesta del público, volcado con ambas propuestas.

La emperatriz del flow patrio, lencería fina y bomber, hacía su entrada cuando el jueves se parecía más al viernes. A la una y media de la madrugada, Mala María  y su crew de bailarinas hacían la potente entrada sacando con orgullo sus raíces. Gitanas. “¿Quién me protege?, ¿Quién me protege?”.  Sexys y cabreadas, muy cabreadas porque no pusieron “las reglas”, pero se saben “el juego”, y si hay que meter, “se mete fuego”. María Rodríguez hace lo que mejor sabe hacer. Pisar con poderío, buscarse en las entrañas la sangre y escupirla en las historias de una niña, La niña, del barrio de la Paz,  o de una mujer salvaje que va dentro de una Caja de madera, o de las que no necesitan poder porque saben Quién manda. Aquí, en el Muelle, lo hace ella, al filo de los cuarenta, golpeándolos con el trasero o con la melena eterna, qué más da, todo se agita. Todo se tambalea cuando la de la mirada desafiante informa de que tiene un trato

“¿Dónde están mis brujas?”, “¿dónde estás Cádiz?, “¿dónde están mis hijas de puta?”. Ruge el Muelle y ellas se mueren por salir a escena con la rapera sevillana nacida en Jerez cuando pide voluntaria para acompañarla en Yo marco el minuto. “Pero tú que eres, ¿rapera o posturera?”. Cuidado, La Mala no tiene piedad con la espontánea que prefiere el contoneo que el rapeo. Busca nueva cómplice. “Eh tú, sube, dale a ésta una paliza. Tú, siéntate y aprende”. No hay piedad, “esto es para las reales”. La siguiente voluntaria hace lo que puede y satisface a la reina Mala que, al terminar el mítico tema, se torna buena y concede la gracia. Los abrazos, el beso, el perdón eterno.

La cocinera rompe en Cuando tú me apagas, Mátale con metralletas incluidas (de agua, de agua), apunte a capela retorcía en jondo de  Especias y especies ("sólo hay cabrones y cobardes"), mano en entrepierna para decir que Volveré y si no ahí están las Galaxias cercanas donde encontrar a la mc que se mueve como pez en el agua Por la noche y que culmina el show subiendo al escenario a todas las féminas del  chavalerío en el sinuoso Tambalea.

La Mala marcó el minuto para las mujeres en el hip hop sin proclamas explícitas pero sí con acciones. Hablando claro desde su punto de vista, que era el suyo, sin pedir permiso para tomar su trozo del pastel en la fiesta de la autoafirmación en la que se basaba buena parte de la escena rap nacional de un tiempo. Yo, yo, sí yo. Ella con su violencia y su amor. Marcando el minuto.

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