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El fiscal pide 2 años para los acusados por el robo de 360 libros antiguos

Un limpiador admite que sustraía ejemplares de la biblioteca Celestino Mutis y los vendía a un anticuario

Imagen del interior de la biblioteca Celestino Mutis, donde tuvo lugar el robo.
Julia Alarcón Cádiz

27 de septiembre 2016 - 01:00

El juicio por el robo de más de 360 libros antiguos cometido entre finales de 2010 y mediados de 2011 en la biblioteca Celestino Mutis sentó ayer en el banquillo a dos acusados: un limpiador, que admitió haber sustraído los ejemplares de más valor, y un anticuario, que reconoció haber contactado con el mozo para adquirir estas piezas de coleccionista, si bien dijo desconocer su origen ilícito.

El fiscal entiende que ambos procesados actuaron "de común acuerdo" y les imputa sendos delitos de hurto agravado, por los que solicita dos años de prisión para cada uno de ellos.

El representante del Ministerio Público especificó además que a raíz de la actuación ilegal de estos sujetos se llegaron a extraviar 360 volúmenes "de gran riqueza informativa" valorados en más de 39.000 euros. De estos 360 ejemplares, sólo se han recuperado 109 en el domicilio del anticuario.

El empleado de la limpieza declaró ayer que los domingos montaba un puesto ambulante en el mercadillo de Puerto Real. Allí vendía todo tipo de artículos, desde libros hasta televisores, "lo que conseguía", explicó.

Según la versión del trabajador, en ese baratillo conoció al anticuario, intercambiaron números de teléfono y empezaron a quedar asiduamente -por norma, los lunes- en un aparcamiento a las afuera de la ciudad, emplazamiento donde le entregaba tres o cuatro ejemplares a cambio de dinero, entre 25 y 50 euros.

El empleado de la biblioteca Celestino Mutis reconoció ante el juez que sustraía los libros más antiguos -de 1500, 1700 y 1800- a petición del coleccionista y que lo hacía antes de que otros trabajadores llegasen a las instalaciones municipales, aprovechando que el arco de seguridad no funcionaba siempre y que no había vídeovigilancia. Aseguró también que el anticuario con el que pactaba estas transacciones era consciente de su procedencia ilegal. "Los libros tenían el sello de la biblioteca, una estampa de tinta de gran tamaño. Además, en el canto de los libros estaba pegado un número de referencia para su identificación", señaló.

El mozo confirmó que estos intercambios se sucedían con bastante regularidad y afirmó que su supuesto compinche le advirtió: "Si algún día pasa algo, tu a mí no me conoces de nada y yo a ti tampoco".

De otra parte, el anticuario declaró que, efectivamente, conoció al otro acusado en el mercadillo de Puerto Real y se interesó por los libros que vendía en su puesto. Sin embargo, negó que estos ejemplares tuviesen el sello de la biblioteca municipal gaditana. Sólo admitió haber visto esa estampa en algunos volúmenes y aseveró que el vendedor ambulante le garantizó que la procedencia de los libros era legal. "Me dijo que eran de una señora viuda que se los estaba dando, que lo podía acreditar".

Cuando el fiscal le preguntó al anticuario por la "cantidad irrisoria" que pagaba por esas piezas de siglos pasados, éste contestó que "era el precio justo de los mercadillos".

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