Sueños de los días de verano

Cuando las estrellas se acercaban

Cuando las estrellas se acercabanSueños de los días de verano Cuando las estrellas se acercabanSueños de los días de verano

Cuando las estrellas se acercabanSueños de los días de verano / miguel guillén

No es raro que salga en la conversación, cuando se toca el tema de los "viejos buenos tiempos" -la mayor parte de las veces, no nos engañemos, simplemente viejos- el tema de los cines de verano. De los cine de verano, a entendernos, de los de antes, esos que hace décadas perdieron la razón de ser. Si internet mató al vídeoclub, el cine de verano fue la primera víctima mortal de los blockbusters a precio tirado. Porque eran unos cines, a entendernos, de segunda: ¿quién iba a estar interesado en pagar más por ver una copia de peor calidad? Con lo cómodo que es bajar al vídeoclub (qué frase más de los Alcántara, ¿eh?).

Como tantos, yo era una de las impenitentas, de las que seguía acudiendo al cine de verano aun en sus últimos estertores. Y no éramos pocos: cualquier sala convencional daría ahora un cacho de hígado por llenar las butacas que reunía el cine de rollos desgastados.

El por qué quienes lo vivimos le seguimos teniendo tanta fe al recuerdo de esas crujientes proyecciones tiene bastante de misterioso. El topicazo hacía recurrir al principio a aquello del romanticismo del cine bajo las estrellas: algo que no tiene mayor sentido una vez el cine estival fue recuperado como atracción playera por muchos ayuntamientos -muchas de las citas que se proyectan a pie de mar tienen, literalmente, ese Cine bajo las estrellas como título-. El relente era el mismo, la comida también te la puedes llevar a la arena, también puedes comprar porquerías y las sillas de playa pueden resultar, también, bastante incómodas, a poco que se lo propongan.

El cine de verano mantenía, sin embargo, cierto sentido de lo especial: raramente una sala de vídeo podía sostener el fondo perdido que hoy dan plataformas y bahías piratas. No sabías cuándo ibas a poder ver de nuevo lo que veías en pantalla grande -de hecho, un gran pequeño placer era pensar cuánto tardarían en echar esa película en el cine de verano, y lo que ibas a volver a disfrutarla. Qué ternurica-.

No sé qué tipo de mecanismo emocional podían activar las pantallas estivales, pero sin duda la sensación de cercanía era mayor, por ejemplo, que cuando ves cualquier capítulo de cualquier serie agusarapado en el sofá. Quizá porque no era perfecto: la imagen estaba muchas veces desgastada y el sonido tenía vocación acúfena -estamos hablando, por supuesto, de una época muy anterior a lo digital-.

Las estrellas de la pantalla eran entonces, también, más estrellas: mucho más inalcanzables que los famosos de hoy, pero el cine de andar por casa te las ponía al lado. La sensación era similar a la que produce esa foto viralizada de Jane Fonda tras la fiesta, haciéndose unas tostadas, con el maquillaje corrido y con el modelito de lentejuelas aún puesto y sin desabrochar. Indy podía romper la cuarta pared en cualquier momento y sentarse al lado con una lata de cerveza.

Tras años de vacío, alguien pensó que el tema del cine al aire libre tenía su potencial, que todas las elegías a sus muchas muertes no habían sido en vano, y que era perfectamente razonable recuperarlos. Además de las convocatorias playeras, aquí hay citas como el Cine Republicano en Puerto Real (en los jardines de la Casa de la Juventud) o el ciclo de cortos de Alcances fuera de Alcances, en el Baluarte de Candelaria.

El efecto Cinema Paradiso es potente y ha mutado en modernez necesaria: en Sevilla, la Diputación Provincial organiza Asómate al patio; la Casa Encendida, en Madrid, programa en verano su Terraza Magnética. Son muy conocidas las iniciativas de cine de azotea en Nueva York y Londres (rooftop), ambas surgidas de proyectos de andar por casa que, bueno, se fueron de las manos: la primera, concebida como un festival de cine independiente; la segunda, con una programación que incluye clásicos contemporáneos de ayer y hoy.

¿Ver otra vez Thelma & Louise en pantalla grande? ¿Cantando bajo la lluvia y La La Land? ¿La boda de Muriel? ¿Con muchos farolillos? ¿Con un gintonic en una mano y gominolas en la otra? Incluso para servidora -lo más parecido a Morticia Addams en Copacabana- ese es el sinónimo de felicidad absoluta.

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