El enemigo equivocado

Discurso leído por Pérez-Reverte en la sesión extraordinaria de la Real Academia Española en Cádiz

Arturo Pérez-Reverte

11 de noviembre 2012 - 01:00

FUE Cádiz la isla, naturalmente, cuando España se limitó a una isla de patriotismo y lucidez política. Y fue la sorpresa del mundo. De la Europa vencida y sometida a Napoleón.

No sabía, éste, con quien se jugaba la guerra y el futuro. Lo ignoraba todo de España ("esos campesinos dirigidos por curas, decía, y no sin razón"). No sabía, y lo supo pronto, que el español es un ser muy complejo. Un ser muy peligroso.

Y es que Napoleón estaba mal acostumbrado. Llegaba a Alemania o a Italia, por ejemplo, ganaba la batalla, llegaba el policía de allí y decía "a sus órdenes, emperador, dígame a quién tengo que detener ahora". El país derrotado se ponía al servicio del ocupante. Asunto resuelto.

Pero España, no. Napoleón no se dio cuenta de dónde se metía. Aquí cada uno iba (y todavía va) por su cuenta, la navaja era (y es) herramienta habitual, real o simbólica.

Derrotabas a uno y salía otro un poco más allá. Cuando uno lee a historiadores romanos como Apiano, por ejemplo, se da cuenta de que ya era así hace veinte siglos, y en cierto modo lo sigue siendo.

En la guerra de la Independencia, por supuesto, no había dos españoles de acuerdo en nada, como ahora a la hora de tomar café: solo, cortado, largo, corto, con leche, un menta poleo. Uno se rendía a Napoleón y el otro, aunque fuera por fastidiar, decía que él no se rendía.

Y claro. Esto era imposible de controlar, y España se convirtió en un calvario para el ejército más poderoso del mundo.

Además, estaba Cádiz. Un barco de piedra y murallas anclado en el mar. Inexpugnable. Refugio de patriotas, puerta abierta con América, protegida por la escuadra de los aliados británicos, una burguesía comerciante con dinero y cultura, magníficos artilleros e ingenieros, buenos mandos militares y un pueblo a defender lo suyo.

Nunca hubo hambre en Cádiz, y lo pasaron peor los asistentes, estancados ahí cerca, en El Puerto y Chiclana, tras los caños que servían a Cádiz de defensa. En el último rincón de Europa, acosados por la guerrilla y por las calamidades de la guerra.

Los bombardeos no lograron quebrar el espinazo de Cádiz, y la ciudad resistió. Determinada y heroica.

Y mientras, en este lugar se echaban las bases políticas del futuro. Hombres lúcidos, cultos e inteligentes (todavía no había mujeres en política, aunque eso cambió, por suerte para todos), esos hombres, como digo, alumbraban la Constitución.

Pero hubo un problema.

Los diputados constitucionales liberales, progresistas, eran demasiado soñadores. Demasiado modernos para su tiempo.

La Constitución era, para ese momento histórico, demasiado revolucionaria, por decirlo de algún modo, aunque leída ahora nos parezca de lo más moderada. Y cuando regresó el rey Fernando VII, en quien tantas esperanzas había, el hermoso sueño se fue al diablo.

Volvió la reacción. La oscuridad. Volvieron el confesor del rey y el de la reina. La persecución de quienes querían una España más libre, más culta y más justa. Muchos de los que aquí trabajaron en la Constitución acabaron en el exilio o en la cárcel.

La obra de Cádiz no se perdió, sin embargo. Marcó el camino del futuro. Pero aún esperaban a España muchos tiempos de reacción y de oscuridad. Que todavía hoy, a poco que uno se fije, siguen ahí. Afloran en cuanto pueden.

En mi opinión, en la guerra de la Independencia, dejando aparte el heroísmo y el sacrificio admirables de Cádiz, esta ciudad, como el resto de España, se equivocó de enemigo.

La paradoja es que aquellas fechas gloriosas, admirables en lo épico y patriótico, conmovedoras en lo social y humano, fueron nefastas en lo ideológico.

Al derrotar a los franceses, España se echó otra vez la losa negra encima. Devolvió el poder a quienes Napoleón estaba derrotando: la España oscura y reaccionaria (la de aquellos campesinos ignorantes regidos por obispos y reyes). La España analfabeta y brutal que al cabo acabaría asfixiándonos, de nuevo, durante mucho tiempo.

Nuestra guerra de la Independencia, paradójicamente, frustró la modernidad.

Y sin embargo, habíamos tenido un siglo XVIII de lo más prometedor: gente culta, militares que leían, marinos ilustrados, científicos, pensadores.

Ese mundo venía. De una u otra forma hubiera llegado, tarde o temprano, y estaba asomado tras la esquina. Había una modernidad que estaba en camino. Y esa gente, gente como Moratín, como Jovellanos, como el propio Goya, como tantos hombres ilustrados, cultos y sensatos, lo hubiera hecho posible tarde o temprano.

Pero esta guerra maldita obligó a elegir. Y la elección nos llevó al bando equivocado. A defender el atraso, la vieja tradición oscura, frente a las luces del futuro.

Esa fue, realmente, la gran tragedia española.

Paradójicamente, Napoleón, o lo que él representaba, era ese futuro. Y su invasión nos dejó inválidos para un par de siglos. La invasión francesa hizo imposible, retrasó de manera terrible, cierta clase de envidiable futuro para los españoles.

Cádiz y su Constitución se revelaron, al cabo, diques insuficientes ante el tsunami, el maremoto, de la vieja y siniestra España de toda la vida.

Y al final, esa España negra venció, y durante mucho tiempo los constitucionales fueron los perseguidos. Algunos de los más encarnizados perseguidores habían estado aquí mismo, y habían firmado la Constitución que ahora rechazaban.

Todo muy español, naturalmente. Muy nuestro.

Los estragos de esa persecución, de esa traición de los viles, los oportunistas y los cobardes, siguen teniendo sus consecuencias hoy.

Y es una lástima. De otro modo, quizá esta España nuestra habría sido diferente: más unida, más lúcida, más solidaria, más culta.

Por eso Cádiz, con la Constitución que alumbró hace doscientos años, fue una gran victoria, pero también una gran derrota.

Por eso mis sentimientos hoy al estar aquí son, al mismo tiempo, de orgullo y de tristeza.

Tristeza por lo que fuimos, por lo que pudimos ser y por lo que a veces todavía somos.

Orgullo por pisar el lugar donde los españoles sabios, justos y lúcidos se esforzaron, en tiempos heroicos y difíciles, por abrir de par en par las puertas al futuro.

Que hoy les rindamos este homenaje significa que, al menos en parte, lo consiguieron.

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