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La educación modélica

Los centros buscan purgar la agresividad del menor.

Un menor del grupo de convivencia educativo de Puerto Real, jugando a la videoconsola.
Manuel Galvín Serrano Cádiz

29 de diciembre 2014 - 01:00

A menudo se entienden las condenas penales como castigos, pero se supone que el fin en sí mismo es la reinserción, la reeducación de mentes díscolas, que no son insumisas desde el lado positivo sino desde el lado negativo, desde la vertiente agresiva y violenta contra su entorno social. Las medidas judiciales entienden que al menor se le deben aplicar regímenes de internamiento de diferente índole.

Muchos de estos menores cuando internan deben acogerse a las normas de convivencia internas para conseguir recortar los tiempos impuestos por las sentencias penales. Entre algunas de las posibilidades de condena más pragmáticas se contempla la de entrar a formar parte de un grupo educativo de convivencia, una opción no privativa de libertad. Una iniciativa que Diario de Cádiz pudo observar recientemente con la visita a las instalaciones del grupo del centro 'Bahía de Cádiz' en Puerto Real, donde unos siete chicos cohabitan y deben comulgar con las dinámicas orquestadas por los profesionales.

En efecto, tal como recoge el informe del Defensor del Menor, un método muy hábil para integrar a los chicos es establecer un sistema de puntuaciones que les sirvan a estos menores para lograr salir más a la calle, recibir más visitas familiares, poder jugar a la consola, entre otras actividades balsámicas para la vida del menor. "Una hora o hora y media de estudio y a las cinco van saliendo a la calle o ven películas", explica el director del grupo de convivencia José Carlos Albert. "Sólo pueden acceder a las videoconsolas los fines de semana y según los puntos podrán acceder más o menos. Se les dan unos puntos a la semana con los que pueden canjear horas de videoconsola u otras cosas, un premio al comportamiento de algunos de ellos", reconoce. Aunque el riesgo de fuga siempre permanece y sólo en el centro de internamiento 'Bahía de Cádiz' masculino, que no en el grupo de convivencia, escaparon siete personas en 2013 y tres en el centro femenino de El Puerto. De estos, ninguno de los fugados volvieron a las instalaciones de los varones y del centro de mujeres regresaron dos de las tres huidas.

Los tiempos cambian, y los perfiles también. Si antes el estereotipo de violencia juvenil se ligaba a un núcleo familiar sin estudios, en la actualidad el estrato social del que proceden los menores internos andaluces es la clase media en un 52% y la baja en un 48%. Los centros precisan de la colaboración familiar para la recuperación del menor, en un 67% la implicación familiar se considera regular y en un 33% buena.El camino, en definitiva, es usar el papel del educador como modelo para que se olviden los gritos, los golpes, y así esquivar los malos hábitos a base de educación modélica.

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