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"Los diteros de hoy son las tarjetas"

A vueltas con la crisis Comprar a cuenta o 'fiao'

Miguel Barrios, un antiguo vendedor "a dita", recuerda los tiempos en los que se andaba medio Cádiz con un canasto ofreciendo artículos del hogar que luego cobraba a plazos como podía

Miguel Barrios en su establecimiento de confección en García Carrera.
J.m. Sánchez Reyes / Cádiz

07 de diciembre 2008 - 01:00

Corría 1963 cuando la chirigota 'Los nuevos atacantes', de Enrique Villegas, dedicaba un cuplé a una oleada de atracos que había sufrido Cádiz. La copla derivaba en su remate final: "A mi suegra la cogieron en vez de un atracador, siete diteros". La letra venía a parodiar el miedo que por entonces se tenía a la aparición de los diteros, que con sus libretas recordaban a sus clientes las deudas contraídas. Ahora, en época de crisis, estos personajes que formaban parte del paisaje urbano de Cádiz no han vuelto a florecer. "Los diteros son ahora las tarjetas de crédito para las compras a plazos". Lo dice Miguel Barrios, un antiguo ditero gaditano que operaba por las zonas de Trille, Lebón y San José. "Aquello vino a menos hace ya veinte años, por lo menos, cuando ya los comercios daban 'fiao' y facilidades de pago", apunta Barrios.

La fórmula utilizada por Miguel Barrios consistía en tener en casa una habitación llena de género para vender. Muselina, tela blanca, cortes de cretona para cortinas, platos, tazas, infernillos, ollas, cafeteras de aluminio. En definitiva, artículos para el hogar. "Llevábamos unos grandes canastos de mimbre con los objetos. Salíamos a la aventura y aprovechábamos los corrillos de mujeres en las puertas de las casas", recuerda. No había plazos fijos. "La dita era diaria, casi siempre, y te entendías con el cliente para que pagara a lo mejor una peseta al día", explica Miguel.

Los diteros llevaban las cuentas en unos libros cuyas hojas o papeletas se sujetaban "con tornillos y palomillas" y que reflejaban, con cuadrantes, lo que debía cada persona. "Yo tenía el libro más gordo de la zona y la papeleta se tiraba cuando acababa la deuda", señala Barrios.

En aquellos tiempos no era un trabajo agradecido. Armarse de paciencia era requisito indispensable para mantenerse en el oficio sin caer en el desánimo. Los diteros no contaban con ingresos fijos, de ahí que fuera un trabajo más sacrificado que otros. "Te hartabas de andar y te encontrabas con gente que más que miedo a los diteros tenían poca vergüenza. Se escondían al verme llegar, pero hay que decir que eran los menos. Casi todo el mundo cumplía con sus pagos".

La inmensa mayoría de clientes eran mujeres. Los hombres, entonces, no se preocupaban de las cuestiones del hogar. "A las que les tocaba un piquito en la lotería me pagaban todo o parte del tirón", cuenta Barrios. Como curiosidad, los diteros trabajaban "todos los días del año menos el Viernes Santo". La vida fue cambiando y el bienestar económico hizo que los diteros descansaran, después de muchos años, los domingos. "No sabía lo que era eso desde los 14 años. El primer domingo que libré me pareció increíble. La gente empezó a comprarse coches y a salir los domingos al campo o a la playa. Ya no tenía sentido salir a cobrar ese día".

Miguel Barrios dejó la dita y se estableció como comerciante en la calle García Carrera hace ya más de 30 años. En su tienda, Confecciones Mi Hogar, comenzó a vender 'fiao', "Poco a poco lo fui quitando", dice. La crisis no ha devuelto a la gente las ganas de pedir un pago "a cuenta". A los clientes habituales, Miguel les permite pagar días más tarde si al adquirir la prenda les coge en mal momento. "Si hay confianza, no hay problemas. Pero la mayoría de la clientela paga al contado y no creo que esta situación cambie ni siquiera por la crisis", asegura Miguel.

Los diteros son ahora de plástico e implacables los días 30 ó 31 de cada mes. "Hoy la gente compra con mucha alegría y luego vienen los recibos a fin de mes. Encima, algunos se llevan una sorpresa como si no supieran que habían hecho compras", dice el antiguo ditero. Los tiempos han cambiado, aunque el miedo que inspiraban los diteros es ahora propiedad de los bancos que, implacables, no suelen enviar a las casas a un señor con canasto y libreta.

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