Cádiz

23.00 horas. Cádiz se queda sin Cádiz

  • Un recorrido por el sábado noche de una ciudad sumida en el toque de queda

Un hostelero ultima el trabajo de cierre de su local mientras un ciudadano se dirige a su casa, poco después de las 23 horas del sábado.

Un hostelero ultima el trabajo de cierre de su local mientras un ciudadano se dirige a su casa, poco después de las 23 horas del sábado. / Lourdes de Vicente

La cantinela se repite todas las noches. “¿Podemos tomarnos la última?”. No. Es imposible. Hay mucho en juego como para ser generosos y poner una última ronda de bebidas. Y no son las tantas de la mañana ni hablamos de una discoteca; apenas son las diez y cuarto de la noche, pero la hostelería cierra el grifo. En pleno prime time de las cenas, en pleno sábado, cuando más demanda de mesas en una terraza o de centímetros en una barra. Y, para colmo, en pleno partido del Cádiz contra el Atlético de Madrid, uno de los peces gordos de la ansiada Primera División.

La vida en los últimos meses es una continua adaptación del día a día para cumplir las normas y los límites que van imponiendo los distintos gobiernos. Hemos vivido 24 horas al día siete días a la semana confinados en una casa, nos hemos puesto las calzonas y unos tenis con tal de echarnos a la calle a la hora fijada para hacer deporte, habíamos recuperado la normalidad casi plena, y ahora volvemos a casa a las once de la noche, a la espera de que este domingo Moreno Bonilla o la próxima semana Pedro Sánchez puedan indicar otra cosa.

Son las diez y media de la noche del sábado, y Cádiz empieza a preparar el cierre, su recogida. Las mesas, sombrillas y sillas empiezan a desaparecer de las plazas; las conversaciones tornan en despedidas, la gente anda ya apresurada camino de sus casas. No hay sirenas por las calles, ni alarmas en los relojes, ni avisos policiales a diestro y siniestro; pero se acercan las once de la noche y todos los saben. El toque de queda no necesita más, porque en el fondo todos somos conscientes de lo que nos jugamos con esta epidemia.

Faltan cinco minutos para las once de la noche del sábado, y Cádiz ya no es Cádiz. No es que la ciudad fuera un hervidero en una noche que la Ley Antibotellón, los límites horarios a la hostelería y la falta de apuestas de ocio han dejado malherida; pero a las once de la noche de un sábado en el que las temperaturas aún son agradables había vida en las plazas, reuniones de amigos, cenas. Y ahora cruzamos por San Francisco o San Agustín completamente vacías, o pasamos por una Canalejas con las aceras totalmente expeditas.

A las once de la noche sólo quedan por la calle los más rezagados que se dirigen a paso ligero a sus casas, y el interior de los bares donde se apura la limpieza, recogida y colocación de todo para reabrir mañana las puertas. Sorprende pasear por una plaza de San Juan de Dios desértica, o por una calle Plocia que nada tiene que ver a la revitalización que ha experimentado en los últimos años. La plantilla de la Bodeguita es casi el único signo de vida en esta calle, esperando a que el último compañero termine de pasar la fregona por el interior del local para echar la baraja. Y allá se van los cuatro compañeros buscando la Cuesta de las Calesas.

Trabajadores de La Bodeguita de Plocia, nada más cerrar el local. Trabajadores de La Bodeguita de Plocia, nada más cerrar el local.

Trabajadores de La Bodeguita de Plocia, nada más cerrar el local. / Lourdes de Vicente

La misma escena se repite en El Pópulo, donde el único punto de luz se adivina dentro del Teniente Seblón donde están terminando de recoger para echar el cierre. Y en la Catedral, donde a las once y diez de la noche no hay signo de actividad alguna.

Han pasado apenas veinte minutos del toque de queda, y ahora sí la ciudad se ha quedado sin alma. Es Cádiz, pero sin Cádiz en sus calles. Todos recluidos en sus casas. Con muy contadísimas excepciones, como cuatro personas que pasean de lado a lado de Cristóbal Colón sosteniendo dos de ellos la gran borrachera de un tercero al que el límite horario le va a venir bien, o un joven cruzando en moto por Villalobos y Cobos que ya que no cumple el toque de queda para qué va a hacer caso a las normas de tráfico. De perdidos al río.

San Francisco arriba, Columela a la izquierda, el Palillero, Novena, la Plaza de las Flores… No hay señales de vida en una ciudad que impresiona recorrer a la luz de la noche y sin nadie por el camino. Un coche de la Policía Nacional hace la misma ruta, con idéntico resultado. Y es que desde el Ayuntamiento de Cádiz aseguran que la incidencia en estos días del toque de queda está siendo mínima. “La gente en general se está comportando”, afirman. En la avenida Cuatro de Diciembre sí hay un patrullero de la Nacional que ha parado a dos jóvenes por saltarse el toque de queda, de lo que parece que están levantando acta los agentes.

Los minutos van pasando y el silencio va cobrando cada vez más protagonismo. Uno no sabe si pasear la ciudad en esta soledad es un privilegio, un placer inmenso, o una preocupación enorme. Solo alguna conversación que se escapa de un balcón, muchos de ellos abiertos todavía por las buenas temperaturas; y el cri cri cri de los grillos. Nadie en la Alameda, por donde pasa un autobús urbano. Vacío, lógicamente.

La Punta de San Felipe parece uno de esos polígonos industriales abandonados que hay en tantas ciudades. Los pubs y discotecas no tienen la impresión de que hayan cerrado a las once, sino de que llevan semanas sin abrir sus puertas. Quién le iba a decir a la Punta que un sábado a la medianoche iba a tener ese estado mezcla de paz y de abandono.

La Avenida principal, sin apenas tráfico en sus cuatro carriles este sábado. La Avenida principal, sin apenas tráfico en sus cuatro carriles este sábado.

La Avenida principal, sin apenas tráfico en sus cuatro carriles este sábado. / Lourdes de Vicente

En extramuros tampoco cambia nada. Por el Paseo Marítimo no se ve absolutamente a nadie, ni paseando por las aceras, ni por el carril bici ni por la calzada. Un camarero de La Sureña barriendo la terraza es el único signo de vida que encontramos. Y la Avenida principal regala un recorrido absolutamente en solitario; ni un solo coche ni moto circulando en ninguno de los cuatro carriles desde las Puertas de Tierra hasta donde alcanza la vista. Nadie por las aceras. Sólo hay dos taxis en la parada junto a Residencia a la espera de algún cliente o aviso, como había tres taxis en Diputación o uno en San Juan de Dios. La noche del taxi es un ejercicio contra la desesperación, en otro de los sectores más sacudidos por estas limitaciones a la movilidad y recortes horarios. "El otro día empecé a las cinco de la mañana y no hice el primer servicio hasta las siete y media; dos horas y medias para una carrera", explica un taxista.

La madrugada empieza su recorrido por un Cádiz que no es Cádiz en un sábado que no es sábado. Ni un alma en las calles, ni rastro de vida. La ciudad ha regresado a casa a la hora ordenada, quizás deseando dejarse camino a casa un zapato de cristal que mañana reclame un príncipe que devuelva la alegría y la esperanza, que ya está bien de madrastras y brujas con berrugas y prominente nariz.

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