Historia

Las chimeneas del progreso. Cádiz, 1853

  • Los dibujos del artista francés Alfred Guesdon, que recorrió España en 1853, muestran un Cádiz con las primeras fábricas que se apuntaron al futuro usando la máquina de vapor

Litografía de un dibujo de Alfred Guesdon de 1853. Litografía de un dibujo de Alfred Guesdon de 1853.

Litografía de un dibujo de Alfred Guesdon de 1853.

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El artista francés Alfred Guesdon (1808-1876) recorrió España en 1853 realizando una serie de dibujos sobre vistas de ciudades, que posteriormente se fueron editando con impresión litográfica hasta 1855. Pero estos dibujos, de sorprendente precisión, estaban realizados con una técnica muy especial que consistía, básicamente, en elevar muchísimo la línea del horizonte hasta terminar pareciendo que los dibujos se habían tomado desde el aire (o desde un globo aerostático) a cien o doscientos metros sobre el suelo (asunto al que dediqué el artículo Una imagen demasiado perfecta. D.C. 20 julio, 2014).

Sobre la ciudad de Cádiz Guesdon realizó dos dibujos y, como tienen una precisión reproductora contrastada, nos parece de especial interés, en esta ocasión, fijar nuestra atención en las chimeneas que en la ciudad se representan echando humos. Ya que aquellas chimeneas, en aquel año, eran el progreso, la revolución industrial, la modernidad, el cambio de época. Eran la llegada a Cádiz de las máquinas de vapor que en el mundo desarrollado estaban cambiando la industria, la economía, la forma de trabajar, de viajar y de vivir.

En el casco urbano de Cádiz en las vistas de Guesdon se observan solo dos chimeneas, una en el barrio del Balón y la otra en el de Santa María. La primera se corresponde con una gran fábrica de tejidos y la segunda pone en evidencia la primera fábrica de gas montada en la ciudad.

El edificio y la chimenea de la fábrica de tejidos se construyeron, en un terreno antes conocido como el Huerto de la Tinaja, entre el teatro del Balón y Hospital Militar, por la Empresa Gaditana de Hilados y Tejidos de Algodón al Vapor, S. A. Una de las primeras sociedades anónimas creadas en España en el sector textil (si no la primera), formada por catorce comerciantes con un capital de 2.400.000 reales, dividido en 96 acciones, con Juan Escribano y Juan Antonio Fernández como máximos accionistas, que se inscribió en la notaría el 1 de mayo de 1846.

Dicha empresa, después de arrendar los terrenos a los hijos del marqués Carlos Martínez de Irujo (que en terrenos próximos, años antes, había construido el molino de harina a vapor de San Carlos, de tan moderna maquinaria como efímera existencia), mandó construir un edificio de ladrillos sobre una base de 83 cm de cantería, de cuatro plantas, con una superficie aproximada de 46 X 18 metros, y una chimenea con una base cuadrangular de 7 metros de altura y un cañón de 40 metros.

En dicho edificio se instaló una moderna maquinaria, con una potencia de 30 caballos de vapor, que impulsaba el movimiento de 100 telares. Instalaciones que se pusieron en funcionamiento en 1847 y donde en 1853 trabajaban 230 personas, incluyendo mujeres y niños (pequeños Oliver Twist gaditanos). De sus instalaciones, en las que se elaboraban toda clase de tejidos, salían semanalmente sobre 300 piezas. Una productividad que puso en jaque a las otras empresas textiles de la ciudad.

La otra chimenea corresponde a la primera fábrica de gas instalada en la ciudad, tras varios años de gestiones por parte del Ayuntamiento. Primero para elaborar el pliego de condiciones, después para que una empresa asumiera la concesión del servicio y, finalmente, para que esta construyera la fábrica e instalara la red de suministro.

Las empresas que, tras la subasta, se hicieron realmente con la concesión fueron Lebón, Grafton y Goldmidt, firmándose el contrato el 23 de mayo de 1845. La fábrica se construyó en pocos meses en la plaza de la Merced, en los terrenos que había ocupado el convento de los Mercedarios, conteniendo dos gasómetros de 16 metros de diámetro por 5,30 de altura, además de la maquinaria necesaria para producir gas de hulla que posteriormente se purificaba mediante una máquina de vapor. Dicha maquinaria estaba cubierta por una techumbre de hierro y tejas, y se complementaba con una chimenea de ladrillo de algo más de 30 metros. Según el prestigioso diccionario de Pascual Madoz, “la mayor de su clase que hay en España”. Posteriormente, no sin grandes problemas operativos, hubo que instalar una red de tubos de hierro colado levantando el empedrado de las calles y, tras su reposición, retirar los faroles de aceite e instalar las 200 nuevas farolas (mínimo establecido en el contrato) por las calles y plazas de la ciudad, así como acometer las instalaciones a los particulares que lo solicitasen, siempre que sus viviendas o comercios estuviesen a menos de 30 metros de la red general. Todos los materiales vinieron del extranjero y el Ayuntamiento consiguió una reducción en los impuestos de importación.

El 8 de diciembre de 1846, siendo alcalde el ilustrado académico Javier de Urrutia y aprovechando que, por tradición y ordenanzas municipales, se instalaban iluminaciones extraordinarias por el día de la Inmaculada, “después de las pruebas y experimentos hechos se estrenó por fin en las calles y plazas principales de esta ciudad el alumbrado de gas, que produce muy buen efecto y ha agradado sobremanera. Para celebrarlo ha habido iluminación especial del mismo gas en las plazas de Isabel II, de Mina y de La Constitución, dispuesta de tal manera que figuraban las cifras de nuestra Reina y su augusto Esposo, la corona Real y otros adornos y alegorías. También se ha estrenado el nuevo reloj de San Antonio, iluminado por transparencia y por medio del gas”.

A la vez que se desmontaban las luminarias de aceite, se fue extendiendo por la ciudad la red de tubos para el alumbrado público y privado, siendo las viviendas del número 21 de la calle Sopranis (a escasos 80 metros de la fábrica) las primeras con luz de gas. En 1849 en la fábrica se vendía, a los particulares, alquitrán, coque menudo, cal sucia y aguas amoniacales, y en 1852 la concesión del servicio pasó a las empresas Manby et Cie. y Zacheroni et Cie. En 1853 había, aproximadamente, 300 luces de gas en la ciudad y la demanda no paraba de crecer. La noche, tal como hasta entonces se había vivido dentro y fuera de las casas (con unas luces que alumbraban cuatro veces más), empezaba a desaparecer en Cádiz.

Pero además de estas dos chimeneas en las vistas de Cádiz de Guesdon se ven otras, humeantes, de barcos a vapor navegando o surtos en las aguas de la bahía (de una bahía-puerto, ya que, como puede verse en las litografías, un puerto con muelles y calado suficiente aún no existía y solo las pequeñas embarcaciones podían acercarse a la ciudad). Un enjambre de barcos a vapor que, efectivamente, respondía a la situación de 1853, ya que, al no haber llegado aún a Cádiz el ferrocarril (como vemos, aún no se había hecho ni el relleno para los terrenos de la estación, a la izquierda del Muelle Principal) la navegación en estas modernas embarcaciones era, con diferencia, el medio de transporte más cómodo, rápido y seguro.

A Cádiz llegaban o de Cádiz salían regularmente los Vapores-Correos Trasatlánticos de S.M. a Canarias, Puerto Rico y La Habana (uno al mes) y los Vapores-Correos a las Islas Canarias (dos al mes). Existiendo otras compañías, españolas y extranjeras, cuyos Vapores cubrían numerosas líneas que regularmente partían de Cádiz o hacían en Cádiz escala. Unas hacia el Atlántico (con final en Santander, Southampton, Londres o Róterdam, con escalas en ciudades portuguesas, españolas e inglesas) y otras hacia Gibraltar y el Mediterráneo (con final en Marsella y escalas en numerosas ciudades españolas). También había una línea que, una vez al mes, conectaba Cádiz con Gibraltar para tomar la línea inglesa de Vapores a Hong-Kong.

Pero donde realmente se nota la primacía de los barcos de vapor en el transporte de viajeros y mercancías, en 1853, es en las numerosas líneas que regularmente conectaban Cádiz con Huelva, Sanlúcar, Sevilla y las poblaciones de la bahía. Concretamente en la bahía, tres Vapores, a distintas horas de la mañana y de la tarde, salían diariamente hacia el Puerto de Santa María, Puerto Real, la Carraca y San Fernando. Existiendo una línea de carruajes desde el embarcadero del Puente Suazo a Chiclana y dos carreras de góndolas desde el Puerto de Santa María a Jerez y Sanlúcar.

A estas transformaciones en las fuerzas de producción y sus correspondientes cambios en las relaciones de producción, se sumó el cambio en el tercer sector, el financiero, para configurar el nuevo esquema del moderno sistema capitalista: el 1 de noviembre de 1847 se celebró la primera junta general de accionistas del nuevo Banco de Cádiz, para proporcionar, con beneficios, los capitales que hacían falta para la renovación de la industria, el comercio y la agricultura. El 1 de diciembre se publicó la sanción Real del Banco de Cádiz, su reglamento, su dirección y sus autoridades.

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